01. Espinas y Café

01. Espinas y Café

Cosas que no debes hacer cuando asesinas a un hombre:

1: Cogértelo dos horas antes.

2: Vomitar sobre el cuerpo.

3: Tropezar dramáticamente con una enorme maceta que adorna el jardín de tu sexy vecina y caer sobre su colección de cactus crestados.

3: Que tu vecina te descubra.

3: Que tu vecina sea agente federal.

—Buenas noches sexy —saludo atropelladamente y me echo el cabello hacia atrás, como si estuviese sentada sobre un enorme puf y no gateando mientras las espinas se clavan en mi…

¿Qué mierda acabo de decirle?

Vamos Briana, respira profundo y cuenta hasta diez. ¿O es hasta 5? ¡Joder me ahogo!

3: No decirle a tu sexy vecina que es sexy.

¿De qué hablo?

¿Ya dije tres?

Muevo la cabeza de izquierda a derecha en cámara lenta.

 

Cosas que no debes hacer cuando asesinas a un hombre:

1: Cogértelo dos horas antes.

2: Embriagarte.

3: Vomitar sobre el cuerpo.

4: Ir a casa de Emma Prats.

 

Así está mejor.

Al menos la lista, ¿y yo? Bueno, yo estoy jodida.

Cierro los ojos por un momento y siento que la cabeza me va a explotar, debo mantener la boca cerrada y todas mis neuronas trabajan en ello. Vamos Briana, puedes salir bien librada de esto, Emma no tiene porqué sospechar algo, solo soy su increíblemente atractiva y joven vecina que ha bebido de más y cayó sobre sus ridículos cactus.

—Buenas noches, señorita Franco.

—Quiero un abogado —solicito y me tambaleo al ponerme de pie— he visto Law & Order, y sé que tengo derecho a…

Pone su mano en mi hombro para ayudarme a mantener el equilibro.

—No la denunciaré por arruinar mi jardín— comenta despreocupada.

—Cactus… ¿quién tiene cactus en su jardín? ¿Bruce McArthur? —señalo el desastre que he dejado y mi cuerpo se va hacia un lado provocando que nuevamente Prats me sujete, esta vez por la cintura.

—Fueron un regalo.

—Debió enviarlas un idiota…

—O algún vecino muy creativo —dice Prats mientras me empuja lentamente, alejándome de las espinas, no se arriesga a soltarme de nuevo para que no continué  arruinando su presuntuoso jardín.

—Debieron enviarle rosas.

—También tienen espinas.

—Yo le enviaría algo… — no puedo terminar de hablar, mi cerebro se bloquea y una densa nube gris viaja hacia mí. Cierro los ojos por un momento, el mundo parece girar más rápido.

¿Voy a morir?

No imbécil, solo estas ebria.

Cuando abro los ojos la sensación de que voy a morir me golpea nuevamente con determinación.

¿Estoy en prisión?

Me levanto de un salto y observo la habitación en la que he despertado.

No soy una santa. Muchas veces he abierto los ojos sin una puta idea de donde me encuentro o cómo llegué ahí. Pero esta recamara no apesta a licor, tengo puesta ropa limpia, hay vendas en mis heridas y huele increíble. Me llevo las manos al estómago notando lo hambrienta que estoy, siguiendo mis instintos abro la puerta y bajo las escaleras. No conozco la casa, pero el aroma del café matutino invade mis fosas nasales y cuando llego a la cocina quien está sentada con una taza en las manos es nada más y nada menos que Emma Prats.

La mandíbula se me cae al piso y veo la ropa que traigo puesta, se trata de una ligera pijama de satén. ¡Traigo puesta ropa de Emma Prats! Claro, como si esas cosas pasarán. Diablos, no sé qué consumí, pero debe ser la mejor mierda del mundo si tengo esta clase de alucinaciones.

—Buenos días, señorita Franco.

Me adentro en la cocina dando largos pasos y tomo la cafetera abriendo los estantes superiores para buscar una taza.

Emma gira el cuerpo hacia mí y entrecierra los ojos analizando mis movimientos. No le presto atención, yo a ella me la sé de memoria.

Nació 23 de noviembre de 1978 en Dinamarca. Según el zodiaco, ella es Sagitario. De altura 1.68, entre los 57 y 60 kilos segmentados dentro de un cuerpo con proporciones casi perfectas. Cabello marrón oscuro, labios delgados, una impresionante mirada que me pone de rodillas y por las mañanas sale a trabajar portando un impecable traje sastre de lana.

Camino para colocarme al otro lado de la isla y sus ojos me siguen atentos hasta que tomo asiento frente a ella. Doy un sorbo a mi café y entonces le dirijo una mirada retadora.

—Esto no es real.

Estira el brazo para colocar su mano en mi mejilla. Me es inevitable abrir mucho los ojos y contener la respiración al sentir que me toca, hasta que…

—Diablos —grito, alejándome de la isla para evitar que vuelva a tocarme y me acaricio la mejilla, notando que tengo una herida allí, fue justo el lugar que Prats presionó para provocarme esa punzada de dolor.

—¿Se sintió como un sueño? —pregunta mirándome atenta por encima de sus anteojos.

—Más bien pensé que me había fumado toda la dimetiltriptamina que trafico.

—¿Si sabe que no puede decir esas cosas frente a mí?

—Me tienes en tu casa en contra de mi voluntad, me has llevado a tu habitación, desvestido, herido… y sabrá Dios que otras cosas—(ya quisiera yo), a medida que hablo las cejas de Prats van ascendiendo cada vez más— esto no luce bien para ti.

—De nada.

—No te he dado las gracias y este café es horrible. Quiero un jugo de naranja.

Pone su taza a un lado y cruza ambos brazos sobre la isla, mirándome con atención. Prats es mi vecina desde que tengo uso de razón y esta es con diferencia, la conversación más larga que hemos tenido, ¿se puede decir que nuestra relación va progresando?

—Buenos días, señorita Franco— repite nuevamente.

Me acaricio la herida del rostro, acercándome de nuevo a la mesa.

—Buenos días, agente Prats —con la punta de mi lengua me humedezco los labios y suspiro— gracias por… —extiendo los brazos. ¿qué puedo decir? ¿Limpiar mis heridas? ¿no enviarme a prisión? ¿alojarme en su casa? Decido resumir— gracias por todo.

Prats se aleja de la isla y comienza a caminar por la cocina, no entiendo bien lo que hace hasta que abre la nevera y la veo servir jugo de naranja en un vaso que aproxima a mí, junto con una aspirina.

—No quiero molestarla más…

—Se lo debo —señala mi mano con varias vendas adhesivas— mis cactus provocaron eso.

Agacho la mirada, de pronto la pequeña pastilla blanca me parece muy interesante.

Después de un largo suspiro decido ponerla en mi boca y hasta terminar el vaso con jugo soy capaz de hablar nuevamente.

—Yo se las regalé —tuerzo la boca y miro hacia un lado— le regalé el cactus cresta hace cinco años.

Sí, era una niña ingenua que se armó de valor durante meses para hablarle a su vecina. ¿Qué pasó?

Dije: Hola, toma.

Le di una pequeña maceta con el cactus.

Luego simplemente me despedí y salí corriendo.

Esa tarde Prats arreglaba su jardín y yo esperaba a que mi padre sacara el auto del garaje para llevarme al taller de poesía, en mi defensa diré que a los 17 solía ser muy cursi.

—Gracias. Me gustó mucho —dice mi sexy vecina deslizando su dedo medio por el borde de la taza.

Me encojo de hombros sin saber que responder.

¿Quizá soy cursi siempre que ella está cerca? Y bueno, vive a un lado. El destino no fue justo conmigo.

—Anoche fue un desastre, ¿no? — pregunto avergonzada

—En realidad sí —confirma tras beber un poco de su café— me provocó mucha pena.

Dejo salir el aire por la boca y luego aprieto los labios analizando detenidamente la cocina, está impecable, es el reflejo de su dueña, y yo no pego en nada aquí.

—Pagaré por todo.

—No fue una noche muy agradable para usted —dice mientras su mirada regresa al documento que está sobre la isla— intenté llamar a sus padres, pero no tuve éxito, ya hay alguien que se comunicará con ellos para informales de…

—No — la interrumpo levantando la voz— ¿está loca? ¿por qué llamará a mis padres? Soy mayor de edad.

De nuevo me mira por encima de sus gafas y una ligera arruga aparece justo a mitad de sus cejas.

—Buenos días, señorita Franco —repite con parsimonia como si su tonta vecina no acabara de llamarla loca.

Me cruzo de brazos y decido que no tiene sentido ser borde con alguien como Prats.

—No quiero que le avise a nadie… —me muerdo el labio antes de añadir forzadamente— por favor.

Prats asiento despacio, yergue la espalda y comienza a buscar en su saco. La veo extraer un discreto teléfono negro y teclea un breve mensaje.

—Está herida —puntualiza con obviedad, guardando nuevamente su teléfono y me hace sentir como una imbécil descomunal.

—Puso un cactus en mi camino — respondo más calmada

—Los cactus se encuentran en mi jardín, detrás de una barda de 2 metros.

Suspira y coge su taza para tomar un pequeño sorbo de café.

¿Ya notaron lo exasperarte que resulta su serenidad?

—No es excusa…

La que no tiene excusa soy yo. El alcohol me jugó una mala pasada y terminé en el jardín de mi vecina. Solo quería verla por unos segundos, esos ojos me lanzan al espacio mejor que cualquier sustancia química.

—Y no puede llamar a mis padres ni avisar a nadie. No soy una niña —continuo, arrugando la frente, pero sin alterar el tono de mi voz.

Entrecierra los ojos un poco y luego estos regresan al estúpido papel que tiene sobre la isla.

—Sé la clase de heridas que provocan las espinas de mis cactus, lo que hay en su cuerpo no vino de mi jardín, señorita Franco —asevera sin mirarme.

—Bebí mucho —intento buscar una excusa tan rápido que, si Prats me viera, notaría humo saliendo por mis orejas— supongo que tropecé antes.

—Probablemente.

Lo dice en un tono de, no te creo una mierda.

Me da igual sexy, no necesito convencerte de nada. Pero si me vas a psicoanalizar con tu prodigiosa mente de poli condecorada, al menos ten la gentileza de mirarme.

Estiro el brazo para arrebatarle ese papel que tanto lee y mi semblante palidece a medida que voy uniendo las letras impresas en él.

¡Mierda!

 

Cosas que no debes hacer cuando asesinas a un hombre:

1: Cogértelo dos horas antes.

2: Embriagarte

3: Vomitar sobre el cuerpo.

4: Ir a casa de Emma Prats.

5: Salir corriendo cuando lees el reporte del hallazgo del cadáver.

 

Debí hacer esta lista antes. Pienso mientras cruzo a toda velocidad el pomposo jardín de la agente federal Emma Prats.

Pero matar a mi novio fue un evento no premeditado.