01. ¿Quién Te Crees?

Algo no encaja aquí y es evidente que soy yo.  Ante mis ojos hay un desfile de trajes, corbatas y vestidos. Estos no parecen los frikis universitarios con los que me relaciono todos los días. Aunque siendo honesta, quizá quién no está preparada para la ocasión soy yo. Sé que no me veo mal, pero también admito que no luzco como parte de esto. 

01. ¿Quién Te Crees?

Soy un puto desastre.

Frente a mí desfilan los ingenieros más importantes del país. Lucen trajes costosos, beben champagne y mantienen conversaciones formales. No pertenezco aquí, en realidad este sentimiento me ha seguido de cerca durante toda la vida.

Convencida de ser la mayor estúpida del planeta, me muevo entre los invitados. A mi vena de inseguridad no le toma mucho llevarme hasta una zona apartada, donde se exponen diferentes esculturas. Empiezo a celebrar que no hay nadie cerca, cuando escucho la voz alterada de una mujer. Al parecer discute con alguien, pero no entiendo lo que dice, habla en un idioma extraño (quizá francés). No puedo intentar adivinarlo, soy pésima con el tema, así que bien podría ser el sindarin (lenguaje de los elfos grises), o está invocando al demonio en latín arcaico.

Al acercarme consigo escucharla mejor y la opción de que se comunica con el diablo es más probable. Está excesivamente molesta y su voz me provoca un escalofrío que se dispersa por mi columna vertebral. Si lo pienso bien, no es buena idea hablarle en ese tono a un demonio, excepto que uno quiera terminar girando la cabeza 180 grados a lo Regan MacNeil y por su aspecto tampoco la imagino leyendo religiosamente a Tolkien. Por tanto, determino que sí, está hablando en francés. 

La analizo manteniendo una distancia prudente. Con su mano derecha sostiene el móvil cerca de su oreja y la izquierda la abre y la cierra constantemente, apretando una pequeña pelota antiestrés. Ella tampoco porta un elegante atuendo. Usa leggins de piel, y un blazer azul sobre su blusa negra. Vale la pena anotar algo extra, un detalle imposible de pasar por alto, huele a dólares, miles de ellos.

Casi de inmediato descubre a mis curiosos ojos inspeccionándola y al verme los músculos de su cara dibujan una expresión de asco, como si fuese una babosa gigante arrastrándome en su dirección.

Lo que me faltaba.

Desvío la mirada sin alejarme, sé que puedo parecer un desastre, no tengo su elegancia, ni ojos verdes o cabello rubio, pero también pagué por estar aquí.

—Atiendo en una llamada importante— esto si lo dice en español y con un tono bastante engreído. 

Alzo la mirada, me ha hablado y lo interpreto como un permiso para continuar examinándola. Es alta, pero no impone únicamente por los centímetros que la acercan al cielo, ella tiene presencia, su cuerpo desprende una energía tan poderosa que por sí sola puede llenar la sala de eventos del Green Palace.

—¡Qué bien! —cruzo los brazos y finjo repentino interés en la estúpida escultura de un hombre con un agujero en el rostro— puede continuar.

Ahora la rubia me analiza, siento sus magnéticos ojos escaneándome y adivino la cuantiosa cantidad de defectos que enlista sobre mi aspecto. Dejo escapar un suspiro de fastidio y decido enfrentarla. 

—¿Qué?

Guapa. Es la característica que faltaba en mi descripción. Pero su belleza natural la opaca esa expresión arrogante que a todas luces es usual en ella. No se trata de una mujer joven, las pequeñas marcas cerca de sus ojos delatan un largo recorrido en el trayecto de la vida. 

—Vete de aquí, niña. 

Es una orden. Son las palabras del coronel a un soldado raso. 

Maneja perfecto el español, pero en su acento aún quedan rastros de ese otro idioma refinado y molesto que escuché mientras alegaba por teléfono. 

—Mira, no sé quién eres o quién te crees —la miro a los ojos— pero yo también pagué por estar aquí —bueno en un 20%, el resto lo hizo la universidad, lógicamente no mencionaré aquello frente a su majestad— y no veo ningún letrero que diga: Exclusivo para presuntuosos

Me observa atenta, soy un raro espécimen creado por sus sueños después de haber bebido mucho. 

—No busques problemas conmigo — suena a amenaza, pero me es indiferente.

—Que miedo — enarco las cejas con cierto sarcasmo— Me producen náuseas los millonarios como tú, que creen que el dinero les da poder sobre lo que sea... 

Su majestad acaba de olvidar por completo que hay alguien al otro lado de la línea y se me acerca con el sigilo de una cobra que está a punto de escupir su veneno. Empleando el tono más vil, orgulloso y altanero que sus delgados labios rojos pueden pronunciar, declara: 

—Niñas con más temple, más presencia y más elegancia que la tuya se me han abierto de piernas por menos de lo que doy de propina al valet parking. 

La insinuación con la que sus ojos decoran aquellas palabras provoca que me arda el rostro, no puedo soportar esto de nadie y levanto la mano para dejar caer sobre su mejilla una sonora bofetada.

Vaya, pero que encanto de mujer.

Doy media vuelta y me alejo. Por suerte es una escena que solo existe para nosotras dos, los invitados se mantienen entretenidos con la suntuosidad del evento, y deseando que esa rubia no aparezca de nuevo en mi vida, decido distraerme admirando el enorme salón. Parece un banquete presidencial más que una conferencia para universitarios.

¿Estoy en el lugar correcto? Esta pregunta se reproduce varias veces dentro de mi cabeza y me coloco las manos sobre el estómago, respirando hondo en repetidas ocasiones para controlar mi ansiedad.

Toda la vida me he sentido el personaje de relleno en la historia de alguien más, uno innecesario que desaparece después de un par de capítulos. Soy de esos extras en las películas de terror que, nada más verlos, sabes que mueren.

Bien, quizá exageré con mi rebeldía esta vez. Por lo menos eso me queda claro antes de que Nora se acerque mirándome como una mosca que flota en su bebida. 

Mi amiga luce un vestido color crema, nada interesante, pero su largo cabello, el maquillaje resaltando sus increíbles ojos y la elegancia con la que se mueve, crean una combinación hechizante. 

—Tú nunca vas a cambiar —asegura con burla.

Suelto el aire por la boca y meto las manos en los bolsillos traseros de mis jeans mientras me miro los converse.

—Parece un circo —digo en voz baja.

—Estabas advertida —me recuerda— es un evento de gala… y yo te regalé un vestido.

—Sentía que me había puesto un disfraz —no tengo muchas ganas de justificarme.

Debo tolerar su mirada reprobatoria, un discurso sobre el buen gusto, las reglas de etiqueta y una sarta de estupideces de las que no tengo idea y, en cambio, ella conoce de memoria.

—… uno de estos ingenieros puede ayudarte a salir del nada deseado mundo de los desempleados, hay que dar la mejor impresión. Hacerles saber que estamos preparados para tener éxito en cualquier momento — concluye.

—Soy lo bastante lista, conseguiré un buen empleo sin disfrazarme —argumento con orgullo— Y si estos pedantes quieren ver modelos, pueden irse a pasear por Milán. 

Nora pone los ojos en blanco. Este tipo de discusiones sobre mi aspecto las hemos tenido desde el día uno. Bien, tal vez no soy la persona más elegante del auditorio, pero llevo la ropa adecuada para sentarme a escuchar conferencias durante todo el día.

Mi compañera no tiene tiempo de replicar, una voz gruesa suena por los altavoces, indicando que está a punto de comenzar el evento. 

Todos buscan sus lugares, la mejor opción son los últimos asientos porque evitas preguntas imposibles, cuyo único objetivo es ridiculizarte. Esa es una técnica muy usual en este tipo de charlas.

Trato de ganar un sitio y Nora va detrás de mí cuando ambas somos atrapadas por Laura, una chica pelirroja y sumamente pecosa. Con ella viene Hanna, cuya piel morena y aspecto fornido contrastan con la apariencia de su amiga.

—Vamos adelante —nos apremia Laura. 

—¿Adelante? ¿Estás loca...? —reclama Nora. 

—Tenemos que estar enfrente—comienza a empujarnos. 

—Olvídalo, hoy me vestí de tiro al blanco, me van a acribillar —declaro haciéndome a un lado. 

Volteo hacia el sitio que había elegido y encuentro que un chico me ha ganado. El idiota disfrutará riéndose cuando intenten obligarme a resolver un complicadísimo algoritmo. 

Suspiro derrotada y permito que Laura elija los asientos.

—Desde aquí no vamos a poder escaparnos si se pone aburrido —alega Nora, apretando los dientes. 

—Nos quedaremos hasta el final —asegura Laura— ¿Ya sabes quién viene? 

—Más te vale que sea el príncipe Félix de Luxemburgo.

Hanna comienza a revolver en su bolso hasta encontrar un papel, al parecer es el programa del evento. 

—Elena Louvier —le señala a Nora el nombre impreso en el tríptico. 

¿Quién? 

—Es obvio que no va a venir —dice Nora limpiándose la parte inferior del párpado— esa clase de personas siempre terminan enviando a un empleado. 

Seguro la tal Elena es el tipo de mujer que aparece en revistas, una de tantas celebridades sin talento. Si en realidad fuese importante, yo la conocería.

—No puedo con tu negatividad, ya pareces Valeria —la regaña Laura.

—Hubiese estado en el evento de bienvenida, todos los ponentes asistieron —le recuerda. 

—Pero... y si llega... 

Nora le deja caer un zape, Laura no tiene tiempo para reclamar, porque un hombre que luce un llamativo saco rojo, da inicio al evento. Es el mismo que ha estado dirigiendo las conferencias desde hace dos días, y siempre comete el atrevimiento de soltar una cháchara aburridísima, aun cuando eso no está en el programa, nadie se lo pide y absolutamente nadie le dedica ni la más mínima atención. Durante una eterna media hora da un discurso sobre lo gratos que han sido estos días, las valiosas experiencias que nos llevamos y el incomparable conocimiento que hemos adquirido. Puedo oír la mitad de lo que dice, ya que Nora, Laura y Hanna no dejan de murmurar sobre el paradero de Eli. Las apuestas están en que mi ausente compañera se ha quedado con un chico que conoció el primer día que visitamos la playa. De alguna forma sé que Eli no les preocupa, lo que las tiene estresadas es que el profesor se entere. Hemos acordado con él que después del evento nos quedaremos un par de días más, disfrutando de la playa y la vida nocturna. 

Ya me pesan los párpados cuando el hombre de saco rojo decide presentar al primer invitado del día. 

Es un chico que no pasa de los treinta y ha logrado trabajar en reconocidas empresas extranjeras, tiene una especialidad en diseño de software. Actualmente disfruta de los ingresos generados por su sitio web, que recibe miles de visitas y su discurso es más bien una charla motivacional. 

El siguiente en hablar es un hombre regordete que no aporta nada trascendental. Solo dice tonterías, y se convierte en mi segundo peor enemigo cuando me realiza una pregunta empleando términos informáticos que me suenan a chino mandarín. La cámara me enfoca y mi gesto de confusión empeora al aparecer en pantallas gigantes.

Trágame tierra. 

El payaso del día por fin termina su charla y se aleja, mientras permanezco de brazos cruzados, observándolo con ojos asesinos. A continuación, se hace un silencio sepulcral. Todos saben lo que viene y Laura se aferra a mi brazo como si estuviera a punto de desmayarse. 

Se recitan un par de docenas de títulos, entre los que se encuentran varios postgrados. Se recopilan un sinfín de logros y aportaciones, mencionando también premios y reconocimientos. Es la presentación más larga y todos en el auditorio están igual que Laura, conteniendo la respiración. Me encuentro a nada de echarme a reír, pero en ese preciso instante ella sube al escenario. 

Trágame tierra.

Se siente como si me echaran encima un balde de agua helada. ¿Casualidad? ¿Destino? No lo sé, pero está aquí y eso es lo que importa.

Así que ella es Elena Louvier.