02. Su Majestad

Supongo que para cualquiera Louvier es un golpe de suerte, pero ¿cenar con ella?, eso es imposible, ¿qué le voy a decir? Mi experiencia relacionándome con otras personas es casi nula y yo la escuché durante hora y media exponer lo mucho que ha conseguido en la vida, ¿qué tengo para contarle? Me crucé con ella por accidente, ni en mis mejores sueños el destino colocaría a una persona de su nivel en mi camino.

02. Su Majestad

Los sonidos se vuelven débiles. La rubia no tarda ni dos segundos en poner sus ojos sobre mí, y aunque es ella la que está en el escenario, se las ingenia para hacerme sentir expuesta. Su participación no es como la del resto, se sienta al lado de un hombre muy agradable que le realiza varias preguntas relacionadas con sus proyectos. Escucharla hablar me revela algo que ya todos saben. Su majestad es una maldita genio. Louvier no fanfarronea, sus respuestas son precisas y están acompañadas por gestos sutiles. Aún lleva la pelota antiestrés y varias veces noto que se acaricia la barbilla con el pulgar, como una manía involuntaria, luego de hacerlo me estoquea con la mirada, y cada vez que eso ocurre me reduzco un centímetro. Sobre todo, porque lo enrojecido de su mejilla reproduce una y otra vez la bofetada.

Cuando la entrevista concluye, suelto el aire de mis pulmones con la certeza de que acabo de escapar del infierno. Por suerte todos intentan acercarse a Louvier y yo aprovecho para escabullirme.

—Una diva —suelta Hanna alcanzándome— pero una diva genio. 

—Satánica combinación —mi voz no suena calmada.

—¿Notaste que te miraba? 

—¿A mí? —ser idiota me sale natural cuando estoy nerviosa. 

—No te quitaba los ojos de encima. 

Me encojo de hombros, con el ceño fruncido. 

—Tal vez porque no llevo vestido —naturalmente idiota

Nos detenemos junto a una larga mesa con todo tipo de bocadillos. Nora no tarda en acercarse. 

—Es increíble, ¿notaste que la doctora Louvier no te quitaba los ojos de encima? — dice con rapidez. 

¿Acaso fue tan obvio? 

—Están confundidas —digo con el mismo tono de desconcierto. 

—¿Cómo es que no lo notaste? 

—Hasta yo me di cuenta, y eso que estuve dormida la mitad del tiempo —sentencia Hanna. 

—En serio, Valeria, es imposible que no notaras esa mirada asesina. 

—Alucinaron. 

Me haré la loca y hasta la muerte negaré que esto pasó. 

—¿Qué le hiciste para que te viera así? 

—Alucinaron —repito cogiendo un cannoli de chocolate y mordiéndolo apresurada.

—¿Intentaste asaltarla o algo...? 

—Joder, les digo que paren —exploto con la boca llena— no noté que me miraba, pero si así fue es comprensible, algunas personas experimentan nervios al hablar en público y tienen que fijar la vista en un punto... 

—¡Valeria, Elena Louvier te estuvo mirando durante toda la charla! —llega diciendo Laura. 

Maldición, maldición, maldición. 

—Eso intentamos decirle —explica Nora tratando de quitarme la comida. 

—¿Qué tienes de especial? —cuestiona Hanna y me lanza una mirada despectiva. 

—Aparte, todo el mundo se dio cuenta —declara Nora y por fin deja que siga probando mis rollos de chocolate. 

Sí, estas imbéciles son mis amigas.

Comienzan a discutir locas teorías como si yo no estuviera presente.

—Propongo pasar frente a ella con Valeria y así...

—¡Le di una bofetada! —si me van a joder que sea por la verdad y no por sus deducciones dementes. 

—Estamos hablando en serio —me regaña Nora. 

—Le di una bofetada —repito blanqueando los ojos. 

Las tres me miran como si fuese un maldito fantasma. 

—No puedo creer que tú…

—Ella empezó, yo llegué muy tranquila, pero su majestad tenía que dar cátedra de arrogancia —muerdo un cannoli y continúo explicando— no pude contenerme, es más, me quedé con ganas de soltarle otra... 

Pierdo el control de los labios, al notar que mis amigas están viendo a alguien detrás de mí. 

—¿Otra qué, señorita Hernández? — interroga una mujer con acento francés a mis espaldas.

Siempre he sido un personaje de relleno y justo ahora que todo es una macabra comedia me dan el protagónico.

Esperen, ¿cómo es que ya sabe mi apellido?  

Antes de girar le dedico a mis amigas una mirada asesina.

—¿Alardeando? 

—Para nada —de cerca es mucho más alta— yo solo decía… —frunzo el ceño— usted empezó.

Si no me hubiese estado viendo durante toda la entrevista, nadie tendría que haberse enterado de la bofetada. 

Louvier esboza una sonrisa altiva. No solo mis amigas nos están observando, hay muchas personas atentas a nosotras y su majestad nació para ser el personaje principal. Pero nadie se atreve a acercarse porque a mi enemiga número uno la escoltan un par de guardias, de esos que te pueden matar con una mano. 

—Ahora ya sabe quien soy— presume su poderío con cinco palabras. 

Me siento como una cucaracha a la que le han arrancado la cabeza y corre desesperada de un lado a otro, consciente de que cualquier movimiento puede ser el último. 

—¿Viene aquí por una disculpa? —mi voz presume más valentía de la que en realidad siento.

—Está en lo correcto —me mira fijamente— Le debo una disculpa, señorita Hernández, mi actitud con usted no fue apropiada.

Desearía no tener los dientes llenos de chocolate. La mujer que tengo enfrente no se parece en nada la perra arrogante que me encontré hace unas horas. Sin embargo, mi intuición me sugiere que desconfíe, aunque también se me antoja dejar las cosas por la paz.  

—No se preocupe por eso… —me muerdo el labio, muerta de nervios— yo igual estaba de…

—Por suerte, todo fue un terrible malentendido —se entromete Nora y aprovecha para acercarse a Louvier— Doctora, sepa que esta cabra loca es nuestra amiga. Que detalle de su parte venir a pedir disculpas, pero me apuesto un brazo a que Valeria, con su enorme bocota, dijo algo inapropiado... 

Realmente la odio cuando es una lambiscona y cuando es una metiche, y en este momento está siendo ambas. Sin mencionar que me ha pellizcado el brazo disimuladamente.  

Vete directo al maldito infierno, Nora Montalvo. 

—Sé que con disculparme no corrijo el mal rato que le hice pasar —Louvier la ignora por completo— Quiero invitarla a cenar, señorita Hernández.  

Trago en seco. 

—No es para tanto — murmuro en voz muy baja, consciente de que tenemos público.

La belleza de su mirada me paraliza.

—Permita que yo limpie mi conciencia llevándola a…

—Valeria no te hagas del rogar —se entromete de nuevo mi amiga. 

Nora necesita un disparo, ¿dónde mierda están los francotiradores?

—¿Espera que le ruegue? —los delgados labios de Louvier se curvan dibujando provocadora sonrisa— Porque créame que lo haré, de lo contrario la culpa no me dejará vivir.

¿Rogar? ¿A qué quiere jugar conmigo, Elena Louvier? 

Esta situación difícilmente puede ser más extraña e incómoda. 

—Tranquila doctora Louvier, mi amiga se reunirá con usted. Estamos en el hotel central, habitación 142. 

—Perfecto, entonces es una cita —la rubia no necesita más detalles, y me guiña el ojo antes de alejarse con sus enormes guardias detrás.

¿Una cita? 

—¿Una cita? —Laura piensa lo mismo. 

—¿Eso qué significa? —es más bien una pregunta interna.

—Maldita sea, Valeria ¿Cómo es que de pronto tienes tanta suerte? 

¿Suerte? ¿¡Suerte!? 

Suerte es ver que se aleja. No quiero volver a saber de ella. Sin embargo, ahora puede meterse a mi cama y todo por culpa de Nora.

—¿Estás drogada? —exploto contra mi amiga— ¿Cómo se te ocurre darle detalles del hotel a una completa desconocida? 

—Ella es la mismísima Elena Lo… —da un paso atrás.

—No puedo creer que tú... 

Hanna nos toma del brazo para arrastrarnos fuera del auditorio. 

—Todo el mundo se está dando cuenta —susurra— dejen de dar un espectáculo. 

—Valeria se pone loca por tonterías…

Pero ante la mirada de Hanna, Nora se tiene que quedar callada. 

—Hablaremos en el hotel —le ordena estricta. 

—¿No han visto al profesor? —pregunta Laura cambiando de tema— ¿Y todo nuestro grupo? 

—Mejor vámonos de aquí, antes de encontrarnos con ellos y que pregunten por Eli —sugiere Hanna.

Durante el viaje en taxi nos comportamos con diplomacia, pero no puedo seguirme conteniendo una vez que llegamos al hotel y entramos a la habitación que compartimos.

—Yo no voy a salir con Louvier ni de chiste.

—¿Cuál es tu problema? —me cuestiona Nora— ¿Tienes idea de quién es?

—Quizá la maldita reina de Australia, para ser honesta, me da igual.

Pone las manos en su cintura y me mira como si creyera que auténticamente estoy perdiendo la cabeza.

—¿Sabes cuántas personas en el mundo quisieran tener una oportunidad así?

—Mejor di que tú quieres esta oportunidad y pídele una cita— levanto las manos y hago unas comillas con los dedos al decir la última palabra.

—Dame al menos una razón válida.

Abro la boca, ¿acaso no ve la lista en sus narices?

—Número uno, no la conozco.

—Bueno, para eso son las primeras citas… genio.

—Número dos, no me interesa conocerla.

—Sí que eres tonta, por Dios, es Elena Louvier. Famosa, multimillonaria, dueña de una gran empresa ¿quién no querría conocerla?

Me apunto en el pecho con un dedo.

—Mucho gusto… soy la chica que no quiere ser insultada por su majestad una vez más.

—La doctora Louvier fue muy educada contigo —interviene Laura.

Me cubro la cara con ambas manos, el mundo entero ha comenzado a girar más rápido, es la única explicación que encuentro para el mareo repentino que tengo. 

—No habrá una cita y no pienso cambiar de opinión.

—Sí que eres tonta— me insulta Nora.

—Suerte con ella —me dejo caer sobre el colchón.

¿Por qué las ridículas molduras de la habitación tienen el color de sus ojos?

—Está bien, perfecto —cede Nora— Pero no vamos a plantar a la doctora Louvier, si no quieres ir, yo la voy a acompañar. 

Tras decir esto sale dando un portazo.

—¿Dejarás que haga eso? —pregunta Hanna sosteniendo un enorme bote de helado. 

—Me da igual —declaro cerrando los ojos.

Siento que mi día ha sido contaminado por una rubia pedante.

—Eso es como ver un billete en la calle y dejarlo ahí para que sea de alguien más—sentencia Laura. 

Supongo que para cualquiera Louvier es un golpe de suerte, pero ¿cenar con ella?, eso es imposible, ¿qué le voy a decir? Mi experiencia relacionándome con otras personas es casi nula y yo la escuché durante hora y media exponer lo mucho que ha conseguido en la vida, ¿qué tengo para contarle? Me crucé con ella por accidente, ni en mis mejores sueños el destino colocaría a una persona de su nivel en mi camino.

—Nora definitivamente se verá mejor en una cita con Elena Louvier —digo sin muchos ánimos.

Mi amiga es guapa, tiene clase y sabe mantener una conversación. 

—Pero ella te ha elegido a ti —murmura Laura.