07. Es El Amor Que Pasa

—Oigo flotando en olas de armonías, rumor de besos y batir de alas; mis párpados se cierran... ¿Qué sucede? —Es el amor que pasa.

07. Es El Amor Que Pasa

El director se pasea de un lado a otro como león enjaulado.

Vero y yo estamos sentadas una al lado de la otra, pero mientras ella mira al techo yo me analizo el largo de las uñas. Estamos evitado hasta el más mínimo contacto desde que salimos del baño. El bullicio que se armó en el pasillo es tal que atrajo la atención de los profesores, « dos chicas haciendo COSAS en el colegio » y en « cosas » insinúan todo lo imaginable. El maldito chisme se regó como polvo, obviamente terminamos aquí, en la oficina del director y nuestros padres se vienen hacía acá.

— ¿Hay algo que quieran decirme? —pregunta el anciano con su característica voz ronca.

Verónica y yo seguimos cada una sumida en nuestros propios pensamientos.

— ¿No van a negar los rumores? —insiste él.

Para defendernos tenemos que estar del mismo lado y eso de momento es imposible, una enorme muralla crece a cada segundo y a pesar de tenerla sentada junto a mí la siento muy lejos.

—Bien, bien —dice el director sentándose detrás del escritorio— esperemos a sus padres.

Los detectives no tardan en llegar, ambos haciendo gala de prepotencia. ¿A quién rayos se le puede ocurrir darle problemas a su pequeña? La madre de Verónica también entró casi detrás de ellos y fue directo hasta su hija poniéndole las manos sobre los hombros para hacerle saber que no está sola.

El director explica lo ocurrido ante mi madre que tiene las manos en la cintura y resopla molesta y mi padre que se ha convertido en el nuevo león enjaulado dentro de la oficina.

— ¡Pruebas! —escandaliza papá colocándose detrás de mí— a mí hija se le va a expulsar de esta escuela con evidencias suficientes...

—Detective Orozco, tenemos el testimonio de una docena de estudiantes que las...

—El testimonio de niños hormonados no es una razón de peso para acusar a dos personas de... de lo que usted está tratando de acusar a mi hija y a su amiga.

El director suspira rascándose la frente.

—Detective necesito que se calme. Las señoritas actuaron mal, no sé qué tan ciertos son los rumores, pero estos existen, y si yo paso por alto este evento todos van a creer que tienen permitido andar de romance por los rincones del colegio.

Mi padre está fuera de sí.

—Déjeme hablar con sus estudiantes y verá como los rumores se apagan en dos segundos... tranquilo, no le cobraré por hacer su trabajo...

Esas palabras son como una bofetada para el director.

—No puede intimidar a los alumnos —dice arrastrando las palabras.

—¿Al menos ya escuchó a las señoritas?

El viejo suspira y niega despacio con la cabeza.

— Ana, ¿qué estaban haciendo en los sanitarios? —pregunta de pronto.

Me quedo de piedra.

Inesperadamente mi padre gira la silla sobre la que estoy para que lo encare.

—¿Se estaban besando?

Niego rápidamente, es verdad, no nos estábamos besando... aún. Pienso en lo que pudo haber pasado si esos chismosos no hubiesen estado cotilleando, ¿Besar a Verónica? Jamás hubiera querido besarla. Todo eso me trastornó, fue más de lo que pude soportar y por eso le vomité encima... aún puedo escuchar las risas estridentes de todos cuando comencé a vomitar sobre mi amiga.

—¿Ve?

El director suspira de nuevo, evidentemente cansado.

—Quiero que sepa que hay antecedentes —murmura señalándonos con un regordete dedo índice— desde primer año han corrido rumores sobre sus hijas que yo he pasado por alto porque consideré que se trataba de una muy buena amistad. Pero hoy en la mañana ambas llegaron tarde a la primera clase, estaban despeinadas y con las ropas mojadas por haber estado, según ellas mismas « jugando » en el sanitario.

La respiración de mi papá cada vez es más escandalosa.

Marcela Navarro se ha ido de la lengua con el director. Es la única forma de que él esté tan bien enterado sobre lo acontecido esa mañana.

Mi padre y el director de nuevo se enfrascan en una discusión sobre nuestro destino. Lejos de preocuparse por mí, sé que él está defendiendo su propio ego, no va a perder contra un profesorsucho de quinta. Es un experimentado policía, ha tratado con delincuentes de la peor calaña, por eso no me sorprende que el director, un tanto harto de darle vueltas al asunto, le ponga fin a la discusión.

—Tiene razón detective, carezco de pruebas para hacer de la expulsión de las señoritas algo justo, pero creo que está de más advertirle a ambas que no volveré a tolerar una escenita como la del hoy.

—Bien —es todo lo que dice mi padre y sale de la oficina.

—Hablaremos con las chicas —garantiza la madre de Verónica.

Ella y mi mamá estaban en silencio observando como los hombres discutían, pero ahora que mi padre se ha marchado la calma poco a poco regresa a la oficina.

—No dude que este incidente tendrá severas consecuencias —le dice mi madre estrechándole la mano— y una disculpa por el comportamiento de mi marido.

Al salir de la oficina ella y la mamá de Verónica intercambian un par de palabras amables. Luego cada una toma a su hija y la arrastra en dirección opuesta.

—Mamá... —comienzo vacilante mientas ando a su lado.

—Hablaremos en casa —es todo lo que dice mientras se pone sus gafas tipo aviador.

Suspiro. Estoy en problemas.

Es la primera vez que mandan a llamar a mis papás de la escuela y no sé cómo van a reaccionar una vez que estemos tras las paredes de nuestro hogar.

—¿A qué hora llegas a casa? —pregunta cortante.

—Pues termino clases a las dos...

—A las dos nos vemos entonces.

Asiento. Pero entonces recuerdo algo y me detengo en seco.

—No creo que llegue a las dos —dudo— es que tengo que ir a la biblioteca a buscar unos libros y luego pedirlos prestados... es un lío.

—¿A qué hora llegas a la casa? —pregunta de nuevo irritada.

Está molesta, pero tengo una cita y no la pienso perder, aunque tenga que lidiar con los gritos de mi padre por toda la noche.

—Yo les aviso cuando vaya en camino... —susurro con timidez.

Los alumnos comienzan a cuchichear al verme pasar y lo que menos quiero es que vean una escenita con mi madre.

Ella no parece muy convencida, pero se percata de mi incomodidad y se acerca a mí.

—¿Quieres que te lleve a casa ahora?

Niego rápido.

—Voy a estar bien —susurro mirando al suelo, nada convencida de mis palabras.

Me observa por unos segundos. Tengo 17 años, pero aún no está preparada para lidiar con esto, para que su hija ande de romance... y menos aún con una chica. En su entrenamiento jamás tuvo cursos para saber qué hacer en semejante situación.

—Cualquier cosa me llamas —es todo lo que dice y gira de golpe.

Pero en ese momento alguien más está de paso y prácticamente se estrellan.

Mi madre se quita las gafas dispuesta a echar bronca, pero se encuentra con una mirada fulminante.

Mis ojos van de una a la otra, da la impresión que quieren reducirse a cenizas con el poder de su mente.

Marcela Navarro no pierde una batalla de miradas, pero la detective Michelle Orozco tampoco. La guerra se prolonga por lo que parece una eternidad.

—Mamá —me acerco a mi madre tomándola del brazo— ella es la profesora Navarro de literatura...

Una última mirada asesina antes de levantar el brazo y estrechar su mano.

Tengo lo suficientemente medida a mi profesora para saber que todavía trae el humor de perros de esta mañana.

—Un gusto —susurra mi madre con un tonito de desprecio nada conveniente.

—El gusto es mío.

Vaya, las dos mujeres tienen una forma de hablar que lastima sin necesidad de gritos ni insultos.

—Nos vemos en casa Ana —dice mi madre.

La profesora continua con su camino como sin nada y mi madre se despide de mí con mala cara.

¿Qué demonios acababa de pasar aquí?

No tengo mucho tiempo para pensar en el encuentro de mi madre con la profesora, que dista mucho de ser el primero. Esas dos se conocen de algún lado y no bajo términos amables. Pero hay algo más complicado en mi situación, de pronto soy el blanco de miradas y señalamientos. Mi historia se está repitiendo, aunque la vez anterior Verónica estaba a mi lado, nosotras dos contra el resto del colegio y ahora parece ser que estoy sola contra el mundo.

Abochornada comienzo a caminar a ningún sitio en particular, solo me muevo por los corredores donde parece haber menos alumnos y sin darme cuenta voy a parar a la biblioteca. Tal vez es un buen escondite, en lo que planeo cómo superar lo ocurrido, hacer que todos lo olviden y yo misma borrarlo de mi cabeza.

Verónica ha intentado besarme.

No puedo creerlo. Ni siquiera puedo recordar desde cuando somos las mejores amigas y en todo ese tiempo ella jamás demostró tener sentimientos... « extraños » hacia mí.

La cabeza me da vueltas. Voy hasta los estantes y comienzo a sacar libros al azar, paso las hojas rápido y al no encontrar ilustraciones los coloco en su sitio. Para esta nueva actividad ocupo toda mi atención, necesito olvidar lo ocurrido este día tan loco. Debí haberme reportado enferma, quizás lo que hizo Europa fue una especie de señal para advertirme que no debía salir de mi cama este día. Durante mi tarea una página sale volando. Corro para recuperarla antes de que la bibliotecaria se dé cuenta y quiera echarme bronca, pero llego al mismo tiempo que alguien más.

— Así que, ¿Bécquer? —murmura cuando nos incorporamos.

— ¿Qué?

—Bécquer — repite y pone la hoja en mis manos.

La miro.

Se trata de la Rima X y justo debajo el nombre del autor "Gustavo Adolfo Bécquer"

—Estoy buscando un libro.

Doblo la hoja para guardarla entre las páginas.

—Ese poema me gusta mucho —susurra encogiéndose de hombros.

La miro por unos segundos, ¡Mierda, que guapa! Entonces, desdoblo la hoja y me recargo sobre el estante.

—Los invisibles átomos del aire, en derredor palpitan y se inflaman...

Leo despacio y ella se acerca para escuchar mejor. Inhalo su exquisito aroma antes de continuar.

—El cielo se deshace en rayos de oro, la tierra se estremece alborozada.

Trago saliva despacio, siendo consciente de su mirada atenta y de sus labios ligeramente entreabiertos.

—Oigo flotando en olas de armonías, rumor de besos y batir de alas; mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?

—Es el amor que pasa.

Mi profesora susurra el final del poema tan cerca de mi oído que siento el roce de sus labios.

Ninguna se mueve, nuestros rostros están tan cerca que nos repartimos el poco oxigeno que se cuela en ese escaso espacio. Siento una suave mano acariciar mi mejilla, alzo el rostro despacio para encontrarme con sus ojos...

Esta vez no siento nauseas.