09. Necesito De Ti

Miedo, cariño, ansiedad, deseo, rencor... soy un manojo de emociones incontrolables que irremediablemente terminan posándose sobre mi profesora de literatura.

09. Necesito De Ti

 

No puedo mover mi cuerpo, o más bien no quiero. Siento que estoy en una nube demasiado alta cómo para arriesgarme a caer. Tengo miedo, pero también estoy feliz. Es una combinación absurda. Pero si uno lo piensa bien, todo en este mundo es absurdo, las razones de nuestra propia existencia son demasiado ridículas para ser tomadas enserio y contra todo pronóstico aquí estamos, flotando en un universo sin fin.

Paso el resto de la tarde suspirándole a mi vacía habitación, recordando el almuerzo junto a mi profesora, recordando sus gestos, su sonrisa, su mirada... Dios, es demasiado perfecta para ser real.

Y saldrá esta noche, no quiero ni pensar en qué plan, con la estúpida meserita de pacotilla. Mis pensamientos comienzan a dirigirse por un camino que me trastorna.

Como único escudo busco mis auriculares y dejo que las canciones me envuelvan, es imposible que la profesora salga de mi mente, pero al menos consigo deshacerme de su amiguita.

Cierro los ojos, escucho dos álbumes enteros de Melendi antes de que se abra la puerta de mi habitación con la fuerza de un tornado.

—... tengo un buen rato llamándote —alcanzo a escuchar su reprimenda mientras me quito los audífonos.

—Perdón, yo...

Mamá se sienta en la cama a mi lado.

—Necesito saber qué pasa con Verónica.

Vaya, otra que no se andaba por las ramas.

—Nada mamá. Ya lo dije en la oficina del director, yo no la besé.

Ella suspira tratando de apaciguarse.

—No hay nada malo si lo hiciste...

—No la besé.

—Confía en mí...

—No, mejor tu confía en mí, no la besé... ella y yo... somos amigas, nada más. No me interesa de otra forma.

—Bien, te voy a creer, solo quiero que sepas que tu padre y yo te apoyamos, incondicionalmente en cualquier cosa. Vamos Ana, puedes contarme lo que quieras...

El fugaz recuerdo de Marcela Navarro me nubla la vista.

—Ya lo sé mamá.

Ella no se va, me mira en silencio, hay algo en su forma de verme que no me gusta para nada.

— ¿Qué tienes? —se decide a preguntar.

—Nada —respondo rápido.

Se levanta y comienza a caminar por mi habitación, ni siquiera pone mala cara al ver manchas de pintura sobre la alfombra, por lo que concluyo que está buscando algo, algo que le diga lo que yo me niego a confesarle.

Contempla la pintura sin terminar.

—Llevas mucho tiempo con esté ¿no?

Asiento.

—Casi no he tenido tiempo de pintar... ya sabes, mucha tarea.

—La profesora de literatura—lo dice como si esa fuera la explicación a los problemas del mundo entero.

Asiento y recuerdo el extraño encuentro en el colegio.

—¿Ya la conocías? —pregunto casi sin pensar.

Mamá continúa mirando el cuadro, como si no me hubiese escuchado. Estoy a punto de formularle la misma pregunta cuando me responde.

—No.

Hay tantas cosas dichas en ese « no » que me pongo nerviosa. ¿De dónde conoce a mi profesora? Y ¿Por qué lo niega?

—Hace rato me dio la impresión de que no era la primera vez que se veían.

Tras escuchar esas palabras gira hacia mí.

—La gente se pone nerviosa cuando ve a un policía, y más los criminales...

¿Qué está tratando de decirme? De cualquier forma, Marcela Navarro no parecía nerviosa, más bien las dos se miraban con el mismo nivel de intenso odio.

Cada vez que hablo con alguien sobre mi profesora de literatura surgen nuevas dudas. Esa mujer es un completo misterio.

—Recuerda lo que dijo el director... no más escenitas de esas con nadie. Ya hablaré personalmente con Verónica para que se ande con cuidado.

Está saliendo de la recamara cuando me atrevo a preguntarle:

—¿Qué pasa si resulta que me gustan las chicas? —las palabras salen atropelladas.

Pero ella lo entiende y regresa sobre sus pasos para sentarse de nuevo junto a mí.

—¿Quieres hablar de alguien en particular?

Bajo la vista avergonzada, tal vez es demasiado pronto para formular esa pregunta, pensándolo bien ni yo misma sé lo que quiero.

Me encojo de hombros.

—Solo pregunto.

Mamá suspira.

—Ana. Si tuvieras una relación con una chica tu padre y yo tendríamos exactamente el mismo conflicto que si fuera un chico —me toma de la mano— No estamos preparados para verte con alguien. Sea hombre o mujer. Pero tú felicidad siempre va a estar por encima de todos nuestros prejuicios.

Tengo el impulso de volver a dirigir la conversación hacia Marcela Navarro. Me invade la necesidad de saber más sobre ella, durante todo el almuerzo habíamos hablado de mí, como la vez anterior. Pero insistir con mi profesora encendería los focos rojos en mi madre, después de todo es detective, tiene un sexto sentido que la hace atar cabos con suma facilidad.

Se despide plantándome un beso y de nuevo fijo la vista en el techo, me siento flotar hasta muy tarde en la madrugada, cuando el sueño me atrapa, al día siguiente, sin embargo, soy la primera en despertar, y no tengo una pizca de hambre.

Quiero ir lo antes posible al colegio, pero la idea de reportarme enferma también me tienta. ¿Cómo reaccionará Marcela Navarro al verme? Ayer evidentemente quedó en shock cuando le dije que no me interesaba Verónica con una mirada bastante significativa, ni siquiera sé por qué lo hice, me sentía envalentonada, ella hablaba sin tapujos y quise, por un instante, ser igual de directa, pero el tema no fue el más indicado ¿cómo debo reaccionar yo al verla? ¿Fingir que nada paso para que sus pensamientos sobre mí y mi declaración pierdan fuerzas? ¿acaso eso quiero? ¿Retroceder? ¿Volver al inicio?

De nuevo siento nauseas.

Miedo, cariño, ansiedad, deseo, rencor... soy un manojo de emociones incontrolables que irremediablemente terminan posándose sobre mi profesora de literatura.

Pero es ella la que finge que nada ha pasado, durante su clase está igual de distante, apenas y me mira lo necesario para hacerme preguntas, como si fuera cualquiera dentro de ese salón y no puedo evitar cuestionarme ¿a cuantas chicas de mi clase ya se ha llevado a almorzar? El estómago se me encoge y aprieto los puños, inexplicablemente rabiosa.

Cuando literatura finaliza soy la primera en salir. No espero a nadie, dando grandes zancadas me dirijo a los cubículos y una vez adentro golpeo la pared con fuerza. Voy a estallar, de pronto siento que mi vida entera está de cabeza por cuestiones que se escapan a mi entendimiento.

—¿Qué estás haciendo conmigo Marcela Navarro?

Una chica de primero se acerca para lavarse las manos y me mira de reojo con cierto temor, como si fuera una cucaracha parlanchina que ha salido de las cañerías.

Genial, ahora soy la lesbiana loca del colegio.

Resoplo malhumorada al pasar por su lado y regreso sobre mis pasos hasta quedar frente a la puerta de literatura.

Golpeo con los nudillos antes de ponerme a pensar qué estoy haciendo aquí.

« Solo quiero verla » me justifico interiormente « Saber que ayer almorcé con ella... que no fue un sueño. Quiero que me mire »

Pero adentro nadie responde, he notado antes que cuando lee se queda ensimismada, como si el libro se la hubiese tragando.

Llamo con más fuerza, de nuevo sin resultados.

Respirando profundo, empujo la puerta y tímidamente me asomo al interior. No está aquí.

Sin medir mis acciones entro al salón cerrando la puerta tras de mí. Camino directo al escritorio.

Tomo entre mis manos ese libro que tanto lee y me acomodo sobre su silla… tiene su aroma. Respiro profundo y cierro los ojos dejando que la sensación de su cercanía crezca.

Me estoy convirtiendo en una desquiciada fetichista.

— ¿Qué estás haciendo conmigo Marcela Navarro?

Repentinamente la puerta se abre, me levanto como impulsada por una descarga eléctrica, pero ella me ve, aunque sólo de rojo. Está más atenta al director que es quien ha abierto sin dejar de mirarla mientras le dice.

—¡... pensé que eras más lista!

Me alejo temblorosa del escritorio sin perderme detalle.

El director no se ha dado cuenta que estoy aquí y Navarro lo miraba impasible.

—Discutí con toda la junta para tenerte aquí —sigue gritando con un pie adentro del salón y otro en el pasillo.

La profesora de literatura arquea las cejas y clava sus ojos en mí. El director sigue la ruta de su mirada y de pronto ambos me dedican su total atención. Yo estoy de pie en medio del salón, con la boca ligeramente abierta, temblando de pies a cabeza y mirándolos como una idiota.

— ¿Señorita Orozco que demonios hace aquí?

Ahora yo soy el blanco de su furia.

—Yo estaba... —mi cerebro no funciona del todo bien—Estaba buscando... un libro... yo creí que lo había dejado por aquí…

La profesora Navarro camina despacio hasta su escritorio, manteniéndose totalmente inexpresiva.

—Le envíe su libro con la señorita Hernández —comenta sin mirarme mientras se sentaba en el lugar que yo había usurpado dos segundos atrás.

—Entonces iré a... a buscarla... a Vero.

Agradezco al infierno que Marcela Navarro me ha seguido la mentira y paso junto al director que me obsequia su peor mirada.

Pero al cerrar la puerta no me alejo. Últimamente soy una imprudencia tras otras. Y permanezco inmóvil atenta a la conversación que se desarrolla dentro.

—De eso estoy hablando... No soy un hombre de segundas oportunidades y tú no te merecías ni la primera...

Hay un silencio. Supongo que Marcela es quien está hablando esta vez, pero como ella no se encuentra exaltada su voz me resulta inaudible.

—Es hija de policías...

Mi corazón vuelve a latir acelerado ¿hablan de mí?

De nuevo el silencio.

—Te tienen entre ceja y ceja. Un solo movimiento estúpido de tu parte y nada te salva. Estás en la cuerda floja, desde que se supo lo de...

—Podemos hablar después —la escucho decir— cualquiera podría estar cotilleando detrás de la puerta...

Salgo corriendo del pasillo sin pensármela dos veces. ¿Sabe que yo estaba escuchando o lo dijo al azar? Cada día son nuevas preguntas sobre Marcela Navarro y cada vez estoy más lejos de responder al menos una. ¿Hablaban de mí? ¿De mis padres?

Necesito pensar, al menos todos están muy concentrados en sus clases y no tengo que soportar miradas inquisidoras sobre mí.

Salgo al patio cuidando que nadie me descubra de ociosa en horas de clases y me regale una nueva visita de mis padres. Voy rumbo a mi refugio detrás de un árbol gigantesco cuando el móvil, en el bolsillo trasero de mis jeans, comienza a vibrar. Al consultarlo veo que ha entrado un mensaje de un número desconocido.

Curiosa lo abro.

« ¿Vienes? Ya estoy sola. Marcela Navarro. »

El corazón me da un vuelco.