10. Y Entonces Lo Supe

Mientras camino rumbo al salón de literatura me siento como un estúpido muñeco vudú. Posiblemente, me gritará, me va a reportar, recibiré como castigo un jodido ensayo. Quizá me baja la nota o manda a llamar a mis padres… pueden ocurrir un sin fin de cosas y ninguna será buena; sin embargo, le respondí « Ok » por el simple hecho de que cualquier castigo vale la pena si es saciada mi necesidad de verla. 

10. Y Entonces Lo Supe

Presiono responder. 

Escribo y borro mensajes con manos temblorosas y el corazón latiéndome de prisa. 

« ¿Vienes? » esa es una pregunta  

« Ya estoy sola » ¿acaso esto es un ofrecimiento? 

No parece molesta por haberme sorprendido invadiendo su aula, incluso participó en la mentira al director. ¿Qué es lo que quiere? Tratándose de Marcela Navarro resulta imposible adivinar, esa mujer es un misterio dentro de otro. 

¿Qué debo responderle? Lo mejor sería mentirle, decirle que estoy en clases o ignorar su mensaje y fingir que nunca lo vi. 

Respiro hondo. ¿A quién intento engañar? Muero por verla. 

Mi respuesta únicamente requiere dos letras. 

« Ok » 

Mientras camino rumbo al salón de literatura me siento como un estúpido muñeco vudú. Posiblemente, me gritará, me va a reportar, recibiré como castigo un jodido ensayo. Quizá me baja la nota o manda a llamar a mis padres… pueden ocurrir un sin fin de cosas y ninguna será buena; sin embargo, le respondí « Ok » por el simple hecho de que cualquier castigo vale la pena si es saciada mi necesidad de verla. 

Apenas voy a golpear la puerta cuando esta es abierta dejándome con el puño en el aire. 

Navarro me escudriña con sus desquiciantes ojos oscuros por una fracción de segundo e inesperadamente me jala y cierra la puerta del aula. 

Yo tengo un mini infarto, todos mis sentidos cayeron presas de su arrebato. 

—Tú no sales de un problema y ya estás buscando meterte en otro. 

Aquello es un regaño a todas luces, pero la profesora no parece molesta en absoluto. Lo repito, es una mujer muy extraña. 

Abro la boca con la intención de disculparme, pero ella me da la espalda para caminar hasta su escritorio. Dudo por un segundo, antes de seguirla. 

—Usted me pidió que viniera... —comienzo a pensar que me envió ese mensaje por error. 

Sí, posiblemente pretendía citar a otra estudiante. Siento como mi estómago es rociado con ácido y de nuevo tengo el impulso de alejarme. 

—Yo te lo propuse —dice con un falso tonito de inocencia. 

En mi cerebro se dibuja un enorme signo de interrogación. 

— ¿No quería que viniera? 

—Me inquieta saber ¿Qué no tiene otra clase, señorita Orozco? 

Con esos arranques bruscos que tiene se gira y mediante un gesto me indica que tome asiento en su silla, mientras se recarga sobre el escritorio y sus ojos me bombardean. 

No le obedezco. Me quedo de pie, a su lado, mirándome las uñas. 

—Álgebra —susurro dudosa— pero iba a llegar tarde así que... 

— Claro, que perdiste un libro ¿Ya lo encontraste? 

—No estaba buscando un libro... 

Si juego a mentirte a la cara se pondrá de malas. 

— ¿Perdón? Es que no te escuché bien... 

Me ha oído perfectamente. Bien, yo entré a sus dominios motivada por un impulso estúpido y ahora lo pagaré caro, ella está jugando conmigo. Me torturará antes de matarme. No debí esperar menos de Marcela Navarro. 

—No estaba buscando un libro —le digo en voz alta y enfrentándome a sus ojos. 

Navarro arquea las cejas interrogante. 

— ¿Qué buscabas entonces? 

Le ha mentido al director, no puede retractarse y decir que yo andaba husmeando en sus cosas. Así que el asunto solo es entre nosotras dos, nada me salva de un ensayo, pero prefiero eso a una nueva visita de mis padres. Está claro que mi mamá y la profesora no se soportan y no quiero ser la causa de un altercado entre ellas, está visto que ambas tienen un carácter bastante explosivo. 

—La buscaba a usted… 

Vuelve a indicarme con un gesto que me siente. Pero me permanezco como una estatua de mármol en el mismo lugar. 

— ¿A mí? 

Casi hacen eco en el salón los engranes de mi cerebro trabajando al doble de su capacidad para encontrar una excusa coherente. 

—Quiero invitarla a almorzar. 

Levanta más las cejas 

—Usted me ha invitado dos veces —continuo— me parece correcto que la tercera corra por mi cuenta. 

Aquí está, la odiada profesora de literatura, completamente muda. Lleva muchos años trabajando en la docencia, se sabe todos los pretextos, pero apuesto a que nunca esperó que una excusa viniera cargada de tan buenos argumentos, ni una actitud tan decidida. 

No planee mis palabras, pero cuando estas salieron de mi boca entendí que lo que le había dicho era verdad. Desde el inicio esas fueron las intenciones de mi subconsciente. 

—Siéntate. 

El tono de su voz me advierte que lo mejor es obedecer. 

Ocupo su lugar. Se necesita más valor para sentarse ahí cuando Marcela Navarro te está mirando atentamente. 

—Ana no puedo salir contigo —para nada me gusta la forma en que lo dice. 

—Entiendo si tiene otros planes... —me apuro a decir— puede ser cualquier día... 

Suspira. 

—A muchas personas no les parece adecuado que regularmente esté saliendo a almorzar con una alumna... entenderás que hay normas en este colegio —empieza a contar con los dedos— No besuquearse en los baños, no faltar a clases, no entablar una relación que vaya más allá de lo profesional con los alumnos, no hurgar en las pertenencias privadas de un profesor, no... 

—Vale, ya entendí —la corto— ¿eso tenía furioso al director? ¿Qué no me pudo expulsar? Porque si es por eso yo misma me doy de baja... 

—Tú no lo molestaste, fui yo. 

—Porque salió conmigo —comprendo. 

—Hubiese tenido el mismo lío por cualquier otra. 

—Yo soy la hija de policías... 

Se quita los lentes y cierra los ojos, en un movimiento casi inconsciente comienza a frotarse el puente de la nariz. Por primera vez la veo agobiada. Después de todo mi profesora de literatura es humana. 

—Escuchar detrás de las puertas es otra falta al reglamento. 

— ¿Por qué no me acusó? —pregunto con timidez. 

Navarro se encoge de hombros. 

—No quiero meterte en problemas. 

Solo ella puede plantearme mil dudas con una respuesta. 

—Entonces me está bateando —bromeo. 

La sexy rubia frente a mi curva sus labios en una sonrisa cansada. 

—Sigues siendo mi alumna favorita. 

—Y por lo visto la más problemática ¿Tampoco almorzará con las otras? 

Expreso en voz alta la duda que me está carcomiendo el alma. 

Pero Navarro vuelve a ponerse sus anteojos y me mira como si quisiera leer mis pensamientos. 

— ¿Cuáles otras? 

—Con las que almuerza —le explico encogiéndome de hombros— Tiene un montón de grupos y no creo que yo sea la única que se lleva a... 

Ella ríe con ganas, interrumpiéndome y mis mejillas se encienden. 

— ¿Estás celosa? 

Se está burlando de mí. 

—Para nada —me apuro a decir y aparto los ojos. 

—Si te digo que eres mi alumna favorita deberías intuir que eres la única a la que he llevado a almorzar. No salgo con otra mujer. 

Primero me dice que debemos alejarnos y luego prácticamente me coquetea. Navarro me enloquece y no de la forma agradable. Realmente cada palabra que sale de sus labios provoca un hervidero en mi cerebro y cualquier día de estos terminaré con una camisa de fuerzas, en una habitación de paredes acojinadas susurrando « ¿Qué estás haciendo conmigo Marcela Navarro? » una y otra vez. 

—Ok —es lo más inteligente que puedo decir en estos momentos. 

—¿Ok? 

De nuevo me miro las uñas. 

—Tal vez deba irme, antes de que alguien vea que estoy aquí y el director... ya sabe... piense mal... 

Estoy a punto de abrir la puerta cuando ella dice: 

—Fue un placer haberte conocido. 

Como si nunca más nos fuéramos a ver. 

Y la realidad me golpea de esa manera nada gentil que tiene para hacerlo, es como esa sensación de caer cuando estás dormido. Por una fracción de segundo imagino no volver a ver a Marcela Navarro. Todo el terror, la tristeza, la rabia, la frustración... todo el remolino de emociones tiene un solo fundamento y entonces soy capaz de comprender cuanto se puede llegar a querer a alguien tan incondicionalmente que no necesitas invadir su mundo, basta con admirar los paisajes que quiere mostrarte. Mi cerebro no logra racionalizar nada de momento, únicamente la quiere y punto. De todas las formas en que se puede querer a una persona, tanto en cuestión de sentimientos, como de posesión... y más de posesión. 

Vuelvo sobre mis pasos hasta ella. 

—Allá afuera ya no es mi profesora. 

Perpleja. Esa es la palabra correcta para describir su expresión. 

—Ana... 

—Todavía me debe un almuerzo y el director no puede saber lo que pasa afuera, es lo justo —y entonces empleo una táctica de manipulación que aprendí de ella— ¿o acaso no quiere almorzar conmigo? 

Una vez más consigo que Navarro desvíe la mirada. 

Cuando vuelve a poner sus ojos en mí entiendo que he ido demasiado lejos. 

—Señorita Orozco la conversación ha llegado a su fin. Quiero para la próxima semana un ensayo de 3000 palabras, el tema central es: La manía de reincidir en acciones ilícitas. 

—¿Me va a castigar? ¿Eso responde? 

—Que sean 5000 entonces. 

—¿Qué? 

—A mano. 

Abro la boca para seguir insistiendo, pero con una mirada bastante dura me dice que deje de fastidiar. 

¿Yo la fastidio? 

Atravieso el salón dando grandes zancadas. 

—Una cosa más. La próxima vez que vaya a hurgar en mis cosas espero que realmente haya olvidado un libro o habrá consecuencias mucho peores. 

No me importa. Doy un portazo al salir del aula. 

Lo he arruinado. No somos nada, pero con mis estúpidos impulsos he conseguido arruinar incluso esa « Nada » especial que había entre ella y yo. 

— ¿Cómo pude ser tan imbécil?