12. Ella Juega Contigo

La distancia nos estorba, estamos lejos de dar un paso atrás, hemos cruzado un punto sin retorno y no puedo esperar más. Un sólo movimiento es suficiente para cruzar los universos que existen entre nuestros labios. Ni siquiera sé quién ha gemido al sentir el primer roce. Sólo sé que este beso completa todas nuestras piezas.

12. Ella Juega Contigo

— ¿Es una daga esto que veo ante mí con la empuñadura hacia mi mano? Ven, déjame tomarte. No te tengo y aun así te estoy viendo. Visión fatal, ¿acaso no eres tan perceptible al tacto como a la vista? ¿O no eres más que una daga del sueño, una falsa invención producto de una mente febril?

Se pasea entre las hileras de escritorios con un libro abierto en las manos. Lee, pero he notado que muchas veces se queda mirando a sus alumnos sin detener la narración y eso me indica que dicho texto lo tiene aprendido de memoria.

Este día cocina su especialidad: Fingir que nada pasó.

Marcela Navarro me confunde al punto de enloquecerme y la sombra de un beso que nunca llegó está adherida en mis labios y sabe a deseo.

Suspiro y dirijo los ojos al frente. De nuevo, sin darme cuenta, me quedé mirándola hipnotizada; tengo que aprender a controlarme o todos se darán cuenta de eso que no soy capaz de admitir ni ante mí misma.

El tiempo que dura la clase es ridículamente corto.

Guardo los libros despacio, de manera que cuando me llevo la mochila a los hombros todos se han marchado.

La profesora Navarro está al frente, borrando de la pizarra las anotaciones que se hicieron durante la clase; no puedo creer lo cerca que estuvimos, siendo honesta incluso cuesta creer que es real.

Se gira y por un segundo mi presencia la desestabiliza, tal como ella hace conmigo desde que entró por la puerta.

— ¿Desea…? —pregunta alzando la ceja y con un tonito despectivo.

« A usted. »

Respiro profundo.

—Me gustaría saber cómo quedamos —digo mordiéndome el labio.

Me mira como la tonta que soy, pero mi atención se centra en el debate interno que tengo entre golpearla o besarla.

Dirige los ojos a la puerta que permanece abierta.

—Hablaré con usted después.

Entiendo su preocupación y también volteo a ver la salida, algunos alumnos cruzan veloces el pasillo para llegar a tiempo a sus respectivas clases.

—Nadie va a venir...

Me muevo despacio hacia ella.

—Hablaré con usted después —repite formal.

—Nadie va a venir —la imito acercándome más.

—Señorita Orozco por favor, salga de aquí —pide en voz baja.

Me mira fijamente. En sus ojos hay nervios, preocupación, deseo, incluso miedo... pero ninguna emoción que sea acorde a sus palabras, no hay nada en su mirada pidiéndome que la deje, así que no lo haré.

De nuevo sus ojos van hasta la puerta, el pasillo ya está casi desierto. Es muy temprano para que la energía de los alumnos se propague afuera de las aulas.

—Nadie va a venir —y lo repito una y otra vez porque sé que eso es lo que ella necesita escuchar.

De nuevo nuestros ojos hacen contacto.

— ¿Qué quieres, Ana? —susurra, porque no hace falta más que eso para que yo la escuche. Estamos demasiado cerca una de la otra.

« A usted. »

Una vez más ahogo mis pensamientos.

—Ya le dije que quiero saber cómo quedamos. Si nos vamos a ignorar, o si vamos a seguir siendo...

¿Qué somos? Una alumna y su profesora almorzando, coqueteando, viéndose a escondidas, forcejeando... a nada de besarse...

¿Qué palabra resume todo eso?

— Seguir siendo ¿qué?

Su mirada me reta. Me acorrala. De pronto me siento pequeña. Ella ha tomado el control de nuevo y siempre que lo hace un muro aparece entre nosotras.

Me encojo de hombros.

—Amigas...

Pone los ojos en blanco.

Aquí está, el puto muro.

—Usted y yo no somos amigas...

—Tiene razón —la interrumpo— considerando que el sábado estuvo a punto de besarme y luego salió huyendo, creo que hay que buscar una palabra más adecuada...

Los papeles se invierten, ahora es ella la acorralada.

—Ana, siento que te diera esa impresión, forcejeamos un poco y eso es todo lo que pasó...

— ¿Trata de decirme que aluciné? ¿Eso se dijo a usted misma todo el fin de semana?

—Señorita Orozco...

Bajo la vista, no soy tan fuerte para seguir, para ganarle en su juego. Si continúo presionándola me quedaré con las manos vacías.

Dando un ligero asentimiento retrocedo con la idea de largarme cuando siento su mano atrapar mi brazo y con brusquedad me obliga a mirarla.

— ¿Ahora quien huye? —pregunta en un susurro.

La oscuridad de sus ojos encadena mi alma, sus manos suaves y frías envuelven mi cintura, su pecho sube y baja al mismo ritmo acelerado que el mío.

Este es el infierno. Ninguna de las emociones que Marcela Navarro despierta en mí puede ser digna del paraíso.

Jamás la he visto fumando, pero a esta distancia percibo el olor del tabaco mezclado con su perfume; cierro los ojos y respiro profundo atrapando en mis pulmones la deliciosa fragancia de su cercanía, completamente embrujada por ella. Si antes llegué a pensar que era la dueña de mi muñeco vudú, ahora estoy segura. Yo haré cualquier cosa que Marcela Navarro me pida.

—No voy a ninguna parte —alcanzo a responder con voz débil.

La distancia nos estorba, estamos lejos de dar un paso atrás, hemos cruzado un punto sin retorno y no puedo esperar más. Un sólo movimiento es suficiente para cruzar los universos que existen entre nuestros labios. Ni siquiera sé quién ha gemido al sentir el primer roce. Sólo sé que este beso completa todas nuestras piezas.

Su legua hábil se adentra en mi boca, al mismo tiempo que siento a sus manos apretarme las caderas; como si mi cuerpo fuera lo que la mantiene sobre este mundo.

Cada segundo que paso sobre sus labios me aleja más de la cordura y ella se encuentra tan ansiosa como yo, pero todo termina repentinamente y sus ojos van hasta la puerta.

—Aquí no —susurra sin soltarme.

Mis manos acarician su mejilla y con suavidad la hago girar para depositar otro beso sobre sus labios.

—Ana... por favor...— implora sobre mi boca— Hablemos luego...

— ¿Hablar de qué? —pregunto con suavidad— dirá que aluciné de nuevo.

Se pone muy seria.

—No esta vez. Pero por favor sal de aquí...

Se aleja, pero la tomo de las manos.

— ¿Cuándo es luego?

—Entra a clases, y en cuanto termines me buscas...

De nuevo camino hasta ella para besarla, pero una voz me detiene como si hubiesen puesto una pared invisible en mi camino.

—Ana.

Ambas giramos hacia la puerta.

Allí está ella.

La conozco tan bien que casi puedo ver el veneno burbujeando en su interior.

—Vero —mi voz suena rara.

Camino hacia mi amiga sintiendo que me va a dar un ataque. Crucé la línea, su mirada recriminadora me lo dice a gritos.

—La profesora de Historia te está buscando.

Mira por encima de mi hombro, hacia la profesora Navarro. Comienzo a caminar lejos del aula para hacer que Verónica me siga, bastante nerviosa debe estar Marcela para todavía aguantarse a mi amiga.

—No voy a entrar a su clase —susurro mientras ella camina tras de mí cabizbaja— No tuve tiempo de hacer la tarea.

—Ni siquiera yo tengo tareas atrasadas aún —su voz suena como si me estuviera hablando desde el otro extremo de un túnel.

—He tenido problemas para adaptarme este nuevo curso...

Ella hace un sonidito raro.

—No en literatura.

Mi corazón da un vuelco.

¿Qué tanto vió?

— ¿Por qué lo dices? —esa pregunta es la más difícil que he formulado en la vida.

—No sé —de pronto se detiene— me doy cuenta que tú y la profesora son muy amigas.

Me lo pienso dos veces antes de girarme hacia ella.

En su mirada hay rabia contenida.

—No somos muy amigas. No sé de qué hablas...

— ¡Deja de fingir! Si aquí hay una estúpida, te garantizo que no soy yo.

Doy un paso atrás. Mi amiga es diez centímetros más alta que yo, va al gimnasio desde hace dos años y ya la he visto enojada antes; pero nunca conmigo, no de esta manera.

— ¿Qué rayos te pasa? Actúas como si yo hiciera algo malo.

— ¿Y no es así?

—No te estoy entendiendo. Ve al grano.

— ¿Qué haces con la profesora Navarro?

—No tengo porque darte explicaciones.

—Soy tu mejor amiga.

—Y ahora mismo te estas comportando como una loca.

Pone los ojos en blanco.

—Has estado saliendo con ella —asegura— te estaba tomando de las manos —tiene los dientes apretado y la mirada encolerizada— y... alguien vio que... que...

Parece demasiado horrorizada con la idea y eso le impide seguir hablando.

— ¿Qué vieron? —la cuestiono impaciente.

—Estuvo en tu casa el sábado.

Lo dice como si fuera un delito, un pecado. Habla con tal expresión de horror que más bien parece haberse enterado que estoy consumiendo drogas o que participé en una orgia. Aunque de alguna manera me alivia que no haya visto algo más.

—No tengo por qué darte explicaciones.

— ¿Entonces es verdad? —pregunta con desilusión.

Respiro profundo. La conozco perfectamente, sé qué clase de pensamientos están desfilando por su cabeza y lo que más me preocupa es que Navarro tenga problemas por mi culpa.

—Vero, déjame en paz, lo digo enserio, no tengo por qué darte explicaciones de nada.

— Ana si se supone que soy tu mejor amiga entonces debes confiar en mí.

—Y confió en ti —le garantizo— pero últimamente no te conozco. Te has estado comportando muy raro...

—Me pasa lo mismo contigo —confiesa— pero te quiero y quiero recuperarte.

—No sé de qué hablas.

Se acerca y coloca sus manos sobre mis hombros. Como un padre que debe hablar con su hijo rebelde.

Debo confesar que su cercanía me provoca nauseas después de lo que ocurrió en el sanitario.

—Aléjate de Marcela. Ella no es quien tú crees.

La miro sin entender nada, actúa como si estuviera ebria o enloqueciendo. Y empiezo a creer más en la segunda posibilidad.

—Te juro, Verónica, que ignoro el problema que tuvo tu hermano con ella o los motivos que te hacen odiarla; pero es una persona sensacional, me agrada y lo que yo haga con ella, a ti no te incumbe.

— ¿Ya hicieron algo?

—Si. Almorzamos juntas —le suelto— Fue a mi casa por unos libros de mi madre. Ahora lo sabes ¿contenta? Pues largo.

—Me parece que Navarro tiene segundas intenciones.

—Estás histérica.

—¿Qué tan bien la conoces? —exige saber, sin soltarme.

No sé a dónde quiere llegar, pero esa es una buena pregunta, durante los almuerzos hablamos de libros, de mí, de mis padres, de mis habilidades artísticas, de mis gustos musicales, de mi desempeño escolar, incluso de mi gato. Pero yo solo sé que se llama Marcela Navarro, que da clases de literatura y que estuvo trabajado en una universidad.

Doy un paso atrás, alejándome antes de vomitar de nuevo sobre su ropa.

—Yo no te debo explicaciones de nada Verónica...

— ¿No te ha dicho que es una zorra?

Eso es más de lo que puedo soportar

—Ya basta de estupideces, cuando te controles me buscas...

Doy media vuelta para alejarme.

— ¿Te dijo que estuvo en la cárcel?

La ignoro.

Pero corre hasta mí y me sostiene del brazo, cómo lo hizo Navarro minutos antes. Aunque esta vez intento liberarme, pero el agarre de Verónica es firme y sus uñas se entierran en mi piel.

—La querida profesora de literatura está jugando contigo. Como lo ha hecho siempre con sus alumnas, ¿No te ha dicho por qué perdió su trabajo en la universidad?

—Déjame en paz —susurro amenazante y esta vez Verónica entiende que ha llevado mi paciencia al límite.

Camina alejándose por el pasillo, pero repentinamente se gira y suelta la última gota del veneno que trae cargando.

—Puedes no creerme, pero busca en internet...

La conozco desde siempre. Hace años que tiene una copia de la llave de mi casa. Es mi mejor amiga, sin embargo, ahora mismo la estoy odiando como a nadie.

¿Qué rayos le ocurre? A cualquier persona le puede caer mal un profesor, por ser flojo o demasiado exigente, pero no al grado de inventar una historia absurda sólo para que tu amiga lo odie también.

El resto de la mañana es una tortura, ni siquiera tengo valor para caminar por el pasillo que conduce al aula de literatura, por temor a que Verónica ronde por ahí. Marcela ya la tiene sentenciada por el director, yo lo escuché perfectamente, una sola falta y quien sabe cuál sería su suerte. No quiero ser la alumna buscona que puso una mancha negra en su expediente y menos quiero verla enfrentándose a mis padres.

Un millón de catástrofes pasan por mi cabeza, no logro concentrarme en ninguna materia y al final más de un profesor me regaña. Al concluir la última clase hago lo que me parece más prudente. Camino a casa.

Sigo molesta por mi altercado con Verónica, pero ahora que he dejado a mi profesora a salvo, lejos de mí, consigo escuchar más allá de los reproches de mi amiga.

Siempre ha alardeado acerca de saber cosas sobre Marcela Navarro, pero ahora prácticamente me ha gritado que la profesora hizo algo realmente malo para que la echaran de la universidad. Dijo que había jugado con sus alumnas y que estuvo en la cárcel.

« Veneno, te quiere envenenar en su contra eso es todo. » Me advierte la voz de mi conciencia.

Pero al llegar a casa movida por un impulso desconocido camino dando grandes zancadas hasta mi habitación y enciendo mi laptop.

La página principal de google tarda una eternidad en cargar y otra más para mostrar los resultados de la búsqueda incluyendo las palabras « Marcela Navarro. »

La información de la que Verónica alardea está en la página web de un periódico. Específicamente en la sección policiaca.