40. Normal

Me agarra por la nuca silenciándome con un beso. Atropella mi boca sin ninguna piedad, la recorre con su lengua, muerde mis labios y se apodera de su humedad.  

40. Normal

Observo con desconfianza la copa de vino que está frente a mí.   

—La última vez que acepté una bebida aquí me drogaste.   

Rojas sonríe con descaro, toma un sorbo para después acercar su boca a la mía, y deposita un poco de vino en ella. Pero cuando quiere apartarse lo impido poniendo las manos alrededor de su cintura y alargo ese beso. 

—No estropearía un musigny añadiéndole algo más.   

Se aleja solo lo necesario para llenar su copa y mantiene una mano sobre mi pierna.   

Miro de reojo la entrada de la cocina, Jessie juega « Days Gone » en la sala y Sandra se ha quedado con ella por un momento, no sin antes advertirnos que no hiciéramos tonterías.   

—Lo lamento —digo mirando el líquido rojo sobre mi copa porque es imposible decir esto enfrentándome a sus ojos —por no ir detrás de ti. 

—De no haber acompañado a Sandra para esta hora ya estaría aterrizando en otro continente.   

—Tampoco te quería dejar sola —declaro en voz baja.   

—Fue mejor así—dice bebiendo de su copa y después de soltar un suspiro decide mirarme.   

—Sé que esto es difícil para ti y enserio es suficiente—me aclaro la garganta—Sandra lo necesitaba.   

Rojas asiente levemente    

—Lo hago por ella.   

La imito moviendo mi cabeza de arriba abajo.   

—Yo también.   

No me he movido y puedo asegurar que Rojas tampoco lo ha hecho, entonces ¿por qué estamos tan cerca una de la otra?   

—No quiero que te confundas —dice bajando la voz.   

—Yo lo tengo claro —aseguro mordiéndome el labio—estoy enamorada de Sandra… tu y yo solo…  

—Jamás podría sentir lo mismo por ti —el aire que crean sus palabras se desliza dentro de mí boca.   

—Apenas y nos soportamos —susurro bajando la vista a sus labios que brillan a causa del vino.   

—Es por ella.   

No me toca, pero mi respiración agitada provoca que mi pecho roce el suyo al subir y bajar.   

—Porque tú eres tan arrogante…—declaro con hilo de voz cerrando los ojos.   

—Ordinaria.   

—Engreída.   

No sé en qué momento me muevo, pero ahora estoy atrapada entre la pared y su cuerpo.   

—Obtusa. 

—Pretenciosa. Cruel. Mentirosa.   

—Esa es una lista bien estructurada —pasea sus labios sobre los míos.   

—Te odio…   

—Como nunca he odiado a nadie.   

Me agarra por la nuca silenciándome con un beso. Atropella mi boca sin ninguna piedad, la recorre con su lengua, muerde mis labios y se apodera de su humedad.  

Necesito respirar profundo varias veces cuando se aleja.    

—Te propongo un juego —sonrío al ver el ligero tono rosáceo en sus mejillas.   

—Esta noche ya duró demasiado —dice consultando su reloj.   

—No seas amargada —bromeo sentándome frente a ella y probando el vino. Vaya que es delicioso.   

—Esto debe costar una fortuna —murmuro cogiendo la botella para servirme un poco más.   

—Tú deberías saberlo mejor que nadie —dice llenando su copa—lo estas invitando.   

Frunzo el ceño.   

Beatriz dispone del dinero a su antojo. Lo comprobé cuando me convirtió en billonaria dejando los bienes de Sandra a mi nombre.   

En ese momento Vega entra a la cocina. Como si mis pensamientos la invocaran.   

—Alonso sigue inconsciente—informa en voz baja—y yo no sé cómo explicarle eso a Jessie.   

Se aproxima a la isla y coge la botella de vino para tomar un trago. Es la única mujer en el mundo que puede hacer eso y seguir luciendo irresistible.   

—Puedo encargarme —le ofrece Rojas.   

—Obviamente no, la traumatizarás de por vida.   

—Ya tiene trece años.   

Sandra la mira amenazante.   

—Seré yo quién se lo diga —vuelve a tomar de la botella—ahora habla tú, ¿qué fue lo que hizo?   

Esa misma pregunta da vueltas en mi cabeza como un molesto insecto.   

—Nada —responde Rojas cortante, pero eso no es suficiente para zanjar la conversación.   

—Llegó sin que nadie lo esperara, se fue detrás de ti y decidiste quedarte, medio matándolo en el proceso —resumo en voz baja porque Jessie está cerca—¿tiene que ver con…? —todas las locuras que nos acosan no caben en una palabra—con lo que está sucediendo aquí.   

Rojas se toma el tiempo de descorchar otra botella y beber antes de hablar.   

—No.   

Sandra y yo permanecemos expectantes, pero Beatriz elije este momento para volver a ser la mujer misteriosa de siempre.   

—No —repite Sandra cruzándose de brazos—no vas a hacer esto Beatriz.   

—¿Ahora qué estoy haciendo mal? –pregunta perdiendo la paciencia.   

—Debes hablar con nosotras —le pido, intento evitar que este desacuerdo escale— no confío en Castillo, claramente Sandra tiene sus dudas y la única que sabe lo que ocurre eres tú.   

« Cómo siempre » debo apretar los labios para no soltar esa última frase. Resulta ridículo pedirle a alguien que cambie, pero reprocharle una y otra vez su pasado.   

— ¿Por qué Alonso está aquí? —le pregunta Sandra.   

Beatriz la mira.   

—No lo sé.   

—¿Por qué lo golpeaste?   

—Porque tuvo la gentileza de recordarme a Lucrecia. 

No estoy lista para enfrentar este tema, aparentemente Sandra tampoco. Si algo descubrí estando con Prats en la ISN, mientras William arrasaba en las elecciones, es que ocultar cadáveres es la especialidad de su familia, principalmente sus propios cadáveres.   

Todos los millonarios tienen sus leyendas, la de ellos es que nadie muere de manera « natural » y aunque ya no debería sorprenderme nada de Rojas, me quedo sin palabras al escucharla mencionar a su madre.   

—Si no lo mataste tú lo haré yo —dice Sandra muy seria—voy a…   

—No tiene importancia —la interrumpe —dijo lo que necesitaba escuchar.   

—Él no tenía ningún derecho a… yo no se lo dije.   

Beatriz niega con la cabeza.   

—La madre del presidente se prendió fuego en su casa de campo. ¿Esperas que el país guarde secretos? 

Sandra se acerca a ella.   

—¿Todo bien? —le pregunta en voz baja poniendo una mano sobre la suya.   

—Eso deberías preguntárselo a Gabriela que está paralizada.   

Mi piel se eriza cuando la escucho pronunciar mi nombre.   

Entonces ambas mujeres me miran.   

—¿Castillo llegó por casualidad en el momento correcto? —pregunto esquivando el tema y sé que Beatriz me lo agradece.   

—Lo averiguaremos hasta que despierte —dice Sandra.   

—Es mejor no involucrar a Jessie —opino—hasta saber por qué está aquí.   

Sandra tuerce los labios, claramente en desacuerdo.   

—Sé cómo son las cosas, pero Jessie lo aprecia y si le ocurre algo será más difícil explicárselo.   

—No más difícil que tener que decir que era un psicópata y tuvimos que matarlo para evitar que te lastimara… o algo peor.   

—Tal vez tienes razón. Vamos a esperar a que…   

—No lo es –interfiere Rojas—no tiene nada que ver con lo que estuvo sucediendo aquí.   

Ambas la miramos desconcertadas.   

—¿Cómo estás tan segura? —le pregunta Sandra.   

—¿Puedes dejar que yo me encargue?   

Vega suspira.   

—¿Todo está bien?   

Rojas asiente sosteniendo su mirada.  

—Ya no hay nada. El caso terminó cuando entregamos ese cadáver. Emma no tiene algo para perseguirte. Alanna está muerta —resumo analizando mi copa vacía— tal vez debemos aceptar que ya terminó el caos.

Sandra toma asiento a mi lado y coloca su mano sobre mi pierna.  

—No te vayas —pide sin mirarme.  

—No hoy… tenemos un juego pendiente.   

Le sonrío y me acerco a su boca para darle un beso.  

—¿Qué juego? —pregunta Sandra.  

Beatriz me mira de reojo como si quisiera lanzarme por la ventana y eso ensancha mi sonrisa.     

—Se llama: pasar cinco minutos sin ser un dolor de cabeza —responde Rojas.    

—Eso sí que suena complicado para las dos —inquiere Sandra.   

—Ahora estás perdiendo —le hace ver.  

—Responde y bebe —me estiro para quitarle la botella y alejar la copa de Beatriz.  

—Suena a un interrogatorio —dice Vega.  

—No son ese tipo de preguntas —explico— tengamos algo « normal » por unas horas.  

—Siempre somos normales.  

La miro entrecerrando los ojos, básicamente cogimos al lado del cadáver que teníamos que entregar a la policía. Eso sin mencionar que todas nuestras conversaciones giran en torno a asesinatos y planes perversos.  

—¿Solo me embriagaré si acepto el estúpido juego de Arias? —pregunta Beatriz.  

—Básicamente son las reglas, cariño— digo con fingida ternura.  

—¿Cuáles son preguntas « normales »? —quiere saber Sandra.  

Me quedo pensativa unos minutos, en los cuales Beatriz intenta recuperar su copa, pero se lo impido.  

—Todo lo que hemos evitado hablar en estos años —les explico— cosas simples —volteo a ver a Rojas — ¿cuántos años tienes?  

Sandra carraspea y respira profundo, pero no logra su objetivo que es evitar reírse fuerte ante aquel cuestionamiento.  

La reacción de Rojas es todo lo contrario, aunque no puedo decir que su gesto ha cambiado, la amenaza que hay en sus ojos no se puede disimular.  

—Ya amo este juego— dice Sandra divertida.  

Me cruzo de brazos mirando a Beatriz con decisión, supongo que será divertido ver como un juego tan simple se convierte en un verdadero reto para ella.  

—¿Ya me viste bien? —sisea inclinándose hacia mi— las cifras no me intimidan.  

—Pero no has respondido— la reto en un susurro— dame un número.   

Probablemente está pensando que me vería muy bien dentro de un ataúd.  

—Cincuenta y uno.  

Al escuchar esto extiendo la copa hacia ella.  

—¿Lo ven? les dije que sería fácil —sonrío para mis adentros— ¿Con quién estuviste estos cinco años?  

Al terminar de formular mi pregunta volteo a ver a Sandra, quien me dirige una mirada de sorpresa.  

—¿Crees que yo…?  

—No se vale mentir —le recuerdo. Por instinto extiende su mano buscando la botella de vino, pero soy más veloz—y tampoco puedes beber sin responder.  

Beatriz la mira seria, y sé que espera esta respuesta más que yo.  

—Nadie importante, no tuve tiempo para eso —responde frunciendo el ceño— pasaba por casa de Isabella de vez en cuando.  

—Pregúntame lo que sea, necesito un trago—exige Beatriz.  

—¿Quién es…?  

—Mi prima —tras responder vacía su copa.  

Abro la boca asombrada. 

—¿Te cogías a su prima? 

—Nunca fue para tanto, ni siquiera me quedaba a dor… 

Beatriz le advierte que se calle con una mirada. 

—La odia —me explica Sandra— y me la cogí en su cama un par de veces. 

—Un par de veces —repite Rojas con una sonrisa fingida. 

—Demasiadas veces —corrige Sandra imitando esa sonrisa. 

Respiro hondo y me cubro la cara con ambas manos. 

—No tienen remedio. Mejor que sean preguntas más simples. 

—Nada de eso —interviene Vega—Ya empezaste.  

Camina hacia mí de forma provocadora y me pone la mano en el pecho empujándome contra Rojas.  

—Esta no es una pregunta —digo notando la mano de Beatriz sobre mi cintura.  

Sandra se acerca y deposita un húmedo beso en mi cuello para luego subir hasta mi oreja y preguntar.  

—¿Quién te lo come mejor?  

Elegí un mal momento para olvidar como se reza. Sandra se estira para llegar a los labios de Rojas, que está detrás de mí y me prieta contra su cuerpo mientras responde al beso.  

Tengo la cabeza en blanco y unos segundos después la mirada atenta de Sandra está sobre mí.  

—Debes responder —Susurra con una sonrisa diabólica.  

Estoy entre la espada y la pared. Esta es una mala idea, ellas lo convierten todo en una competencia y no es sano dar un nombre ahora.  

—Esa no es una preguntan simple —intento salvarme.  

—No seas cobarde —dice en voz baja—ya tienes una respuesta.  

Una de las dos me matará.  

—Tú… —respondo temerosa y Beatriz suelta un sonido de incredulidad.  

Es que las dos tienen una habilidad indescriptible, pero si debo elegir la mejor en ese ámbito es Sandra. La forma en la que me ve a los ojos cuando lo hace, los movimientos de su cadera, como relame sus labios cada tanto. Estimula mi cuerpo y mi mente. Es eso nadie la supera.  

—No necesito competir—Susurra provocando a Rojas.  

—Claro— murmura Beatriz con ironía y puedo sentir como sus uñas se clavan en mi cuerpo.  

—Dudas de mi habilidad —Sandra asoma la punta de la lengua y se humedece el labio—Tal vez debo refrescarte la memoria.  

—Sandra…  

Vega ignora el tono de advertencia en su voz y se aproxima buscando acceder a mi boca, casi enseguida entiendo lo que pretende y le sigo el juego permitiendo que nuestras lenguas realicen una danza erótica enfrente de Rojas.  

—¿Enserio estás rechazando esto? —le pregunta seductoramente.  

Beatriz la toma por la cintura, empujándola contra la isla, y golpeándola con su propio cuerpo.  

—Termina con tus juegos —la amenaza al oído.  

—¿Te lo vas a perder? —le sonríe con descaro. Sabe que la está enloqueciendo.  

—No quiero tu sexo de cinco minutos.  

Vega se muerde el labio.  

—Marcela cuidará a Jessie.   

Rojas aprieta los dientes.   

—¿y por qué estoy aquí perdiendo el tiempo? —pregunta molesta y sin previo aviso me toma del brazo para jalarme—tienes 10 minutos para despedirte de tu hijo, te espero afuera.  

—Oye yo… —en medio de quejas consigo atrapar mi copa de vino mientras Beatriz me arrastra afuera del departamento—podíamos esperar adentro —me quejo cuando estamos en el pasillo—y no puedes jalonearme cuando…   

Me empuja contra la pared y sus manos sueltan el botón de los jeans que traigo puestos.  

—Me vas a decir ahora quién te lo come mejor.  

Se arrodilla frente a mí y todos mis átomos colapsan. Son las malditas mujeres más diabólicas y competitivas del mundo.