41. Soneto Con Sed

Se acerca con un libro en la mano y lo pone sobre el buró que está junto a la cama, para llevarse el que Alonso ha estado leyendo en sus ratos de lucidez y sin decir nada, de nuevo se dirige a la salida. En general Rojas no habla mucho, pero durante estas dos semanas ha estado particularmente silenciosa, se expresa cuando está caliente o cuando me está insultando. Y se vuelve tremendamente parlanchina cuando está caliente e insultándome a la vez. No debo hacer un profundo análisis de su comportamiento, sé que está reorganizando su vida con nosotras en ella y necesita de su silencio.  

41. Soneto Con Sed

Dijeron que un orgasmo de 20 segundos no es suficiente para quedarme con ellas, pero no saben lo que eso significa, no saben cuántas veces soy capaz de renacer dentro de esos segundos. No saben cómo el sabor de la sangre cicatriza todas mis heridas, el dolor físico me alivia los malestares del alma, y los grilletes alrededor de mis muñecas me hacen sentir libre. Puedo gritar y gemir como si no hubiese nadie más en el mundo. Eso es lo que me da el sexo con ellas, un tormentoso placer que desaparece todo lo que hay a mi alrededor.  

¿Qué es el tiempo? Empiezo a medir mi vida en base a experiencias y de esas tengo muchas esta noche. Las sacudidas de mi cuerpo, sus lenguas que parecen haber sido diseñadas para beberse mis orgasmos, uñas clavándose en mi piel con lascivia, mi propia boca sedienta asaltando el manantial entre sus piernas. Varias de mis vidas caben en estas horas, mientras los pechos de Sandra chocaban contra mi cara al mismo tiempo que Beatriz metía sus dedos en mi cuerpo. Y es que, si Sandra es buena con la lengua, Beatriz es única en eso. La energía y habilidad de sus manos no se puede comparar y sé que no importa donde toque, me hará delirar de cualquier manera.  

Y cuando todo cesa es porque para mover un músculo precisaríamos consumir la energía de alguna galaxia completa.  

Ni siquiera sé si tengo los ojos abiertos o cerrados, las imágenes de nuestro encuentro pasan fugaces frente a mí y lo llenan todo de colores vibrantes que me impiden vislumbrar la realidad. Creo que en algún momento me quedo dormida y cuando despierto estoy sobre una mujer y mis dedos se mueven despacio sobre una marca muy peculiar en su cuerpo. Levanto la cabeza para averiguar quién es, ya que ambas tienen el mismo tatuaje, y descubro que se trata de Rojas. Sus ojos brillan y hay una pequeña arruga entre sus cejas, piensa en algo importante y el humo escapa lentamente por su nariz.  

Me quedo otro buen rato apreciando su concentración. Es tan guapa que no admirarla de esa manera sería un pecado.  

Cuando siento que mi cuerpo recupera la capacidad de moverse, me impulso hacia ella, recostándome a su lado y quedando sobre su brazo.  

—Tú nunca duermes — opino y mi voz suena ronca.  

Me acerco un poco más y Beatriz gira el rostro para darme el beso que silenciosamente le estoy pidiendo.  

— ¿Te parece que me dan esa opción?  

Sandra duerme apaciblemente sobre su otro brazo y no puedo evitar sonreír.  

— ¿Te quejas de eso? — pregunto observando lo hermosa que es Vega, aun con el cabello alborotado y los labios hinchados.  

Rojas también se toma un momento para admirarla y percibo que incluso contiene la respiración durante unos segundos. Como si le preocupara despertarla con el movimiento de su pecho al recibir oxígeno.  

— Me quejo de ti — dice finalmente.  

— Si, claro — alargo el brazo para llegar a su mano y quitarle el porro—pero enserio deberías dormir—digo con voz ahogada conteniendo el humo en mis pulmones—ella no irá a ninguna parte.  

Se que esta clase de comentarios no la hacen sentir cómoda, pero es lo que debe enfrentar, debe pasar cada segundo aceptando cuanto la quiere y que no sea una confesión de cada veinte años.  

—¿Es el amor un mal que puede sanarse? 

— No niego que tus malditas ideas son excitantes — susurro poniendo mis labios en su cuello para lamerlo hasta subir a su oreja—pero dentro de este internado eres un estúpido ser humano más — me levanto un poco para liberar su brazo –y esa es mi especialidad.   

Pongo la mano en su hombro dándole un leve empujón para obligarla a girarse hasta que me da la espalda por completo y levanto su brazo para colocarlo sobre el cuerpo de Sandra.  

— Relájate — susurro sobre su oído—y duerme.  

— No necesito lecciones de… — guarda silencio porque Sandra se mueve un poco e instintivamente la abraza con más seguridad, esto basta para que Vega se acurruque contra su cuerpo y permanezca profundamente dormida.   

Me muerdo el labio, Beatriz no planea seguir discutiendo conmigo y sonrío satisfecha.  

¿Has amado hasta que ya no importa nada más? 

  

  

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Sandra y yo nos movemos despacio rodeando la cama, cada una sumida en sus propios pensamientos. Y la razón por la que ninguna dice algo en voz alta es porque hablar implica contradecir a Rojas y en cierto modo queremos demostrarle que podemos confiar en ella.  

Sería estúpido querer que alguien cambie caminando detrás de él con una lista de errores.   

Por lo tanto, solo miramos a un Alonso inconsciente conectado al suero. Ha despertado un par de veces, pero no suele hablar mucho, las heridas internas son lo suficientemente graves para mantenerlo en ese estado.  

Hay un par de especialistas extranjeros que aseguran que muy pronto se va a recuperar; honestamente si fuera por mi estaría arrastrando esta camilla fuera del internado.  

La puerta de la habitación se abre y ambas giramos repentinamente. Rojas nos dirige una mirada reprobatoria, es capaz de interpretar nuestras expresiones y ya sabe que nos turnamos para vigilar a Castillo.  

Se acerca con un libro en la mano y lo pone sobre el buró que está junto a la cama, para llevarse el que Alonso ha estado leyendo en sus ratos de lucidez y sin decir nada, de nuevo se dirige a la salida. En general Rojas no habla mucho, pero durante estas dos semanas ha estado particularmente silenciosa, se expresa cuando está caliente o cuando me está insultando. Y se vuelve tremendamente parlanchina cuando está caliente e insultándome a la vez. No debo hacer un profundo análisis de su comportamiento, sé que está reorganizando su vida con nosotras en ella y necesita de su silencio.  

Miro la portada del libro que le ha dejado a Alonso. “Discurso del Método”  

Bueno, me consuela saber que no es uno de esos gruesos tomos antiguos que se dedica a estudiar durante casi todo el día.  

— Quedamos en que hablarías con ella de esto — digo señalando el libro.  

— ¿René Descartes?  

— No este, los suyos… me empieza a dar escalofríos cuando entro a la oficina y la veo leyendo eso. 

— Así pasa el tiempo. Tú sales a correr, ella lee.  

— Si quiere leer brujería puede comprarse los libros de Harry Potter, no esos ejemplares cubiertos de piel humana — digo horrorizada.  

— Pensé que ya nada te sorprendería tratándose de Beatriz Rojas — murmura alguien con voz débil y ambas giramos en dirección a Alonso — Empieza a ser incómodo encontrar a dos mujeres en mi habitación cada vez que despierto.  

“Es lo único que puedes presumir en tu vida, zoquete”  

— Bienvenido de nuevo—Sandra le sonríe con amabilidad y se acerca a él — ¿Cómo está todo hoy?  

Castillo suspira y casi de inmediato hace una mueca de dolor.  

— Supongo que mejor, ahora solo me tortura cada vez que respiro — dice mirándonos atento—puedes ayudarme con esto.  

Sandra toma el control remoto y hace que el colchón se levante un poco para que Alonso quede sentado.  

— Bueno te lo mereces — le dice en un aparente tono de broma — ¿Dónde estaba tu instinto de supervivencia cuando mencionaste a Lucrecia?  

Mientras pregunta toma la jarra de cristal que está junto a mesa y llena un vaso de agua, sé que lo hace para aparentar desinterés y hacer pasar este interrogatorio como una charla casual.  

— Al parecer si no eres Sandra Vega o Gabriela Arias solo te escucha cuando la haces enojar — responde Castillo alargando el brazo para sujetar el vaso que le ofrece Sandra.  

— Por eso te dije que yo iría con ella — intervengo con suavidad y fingiendo preocupación digo—pudo haberte matado.  

— No la conozco tan bien como ustedes — admite dejando de lado el vaso de agua—por eso pude darme cuenta de lo que ambas se niegan a ver.  

Sandra y yo lo miramos con curiosidad y Alonso mantiene el suspenso tomando el libro que Beatriz ha dejado al lado de su cama y pasa las páginas despacio.  

— Está perdidamente enamorada de ambas.  

Carraspeo.  

— Todos sabemos que está enamorada de Sandra — puntualizo—pero decírselo no es suficiente para que se quede.  

— Ya ves — dice sonriendo — es como un libro que han memorizado y ahora simplemente lo leen por encima –explica tomando largas pausas—pero nos estamos reescribiendo constantemente y se pierden la oportunidad de leerla y sorprenderse con su nueva versión.  

Sandra y yo intercambiamos miradas fugaces.  

— ¿Viniste para decirnos eso? –pregunta Vega sentándose a su lado.  

— En realidad no, ustedes ya saben por qué estoy aquí.  

Nuevamente nos miramos.  

— En realidad no — lo imita Sandra.  

Alonso la observa, luego a mí, luego sus ojos de nuevo van a Vega.  

— ¿Qué no leen las noticias? –pregunta sorprendido— El mundo entero está condenando la política económica de William.  

Frunzo el ceño.  

— ¿Por esto estás aquí? — le pregunta Sandra sin darle importancia al tema.  

— Es mi trabajo. Llevan dos semanas atacándolo, el estado actual de la balanza comercial del país es deplorable…. ¿Y quién crees que es la mejor economista? Casualmente su hermana. Necesito hacerle algunas preguntas. Sé que eres millonaria, pero el 67% del país no lo es, y por ellos hago este tipo de investigaciones.   

— Llegaste en el momento correcto por casualidad — comenta Sandra con cierta ironía.  

Alonso se encoge de hombres.  

— Mis costillas no dirían que fue el momento correcto—dice—pero sí, yo llegué aquí por un reportaje y terminé presenciando una novela.  

— ¿Beatriz sabe lo que sucede con William? — pregunto preocupada.  

— Sí, pero no puede interferir, están distanciados.  

— Rojas nunca pelea con su hermano — asegura Sandra.  

— Él la necesitaba y ella eligió estar aquí…  

— ¿Cómo sabes eso? — le pregunto bruscamente.  

— Beatriz me lo dijo — responde mirándome fijamente—mientras tanto ustedes siguen dando por hecho que solo las necesita en la intimidad.  

Hay un silencio de medio segundo hasta que decidimos salir pitando de la habitación sin dirigirle una palabra más a Castillo.  

  

 

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Rojas se ha sujetado el cabello en una coleta alta, tiene puestos unos anteojos de montura delgada y parece haber estado muy concentrada escribiendo algo hasta que nuestro escándalo al abrir la puerta la obligó a levantar los ojos.  

Los días con ellas son algo a lo que fácilmente te acostumbras. Tener sexo intenso por las noches, llevar a Sandra a su departamento luego de esto, comer juntas, caminar por los corredores sumergidas en conversaciones triviales y aprovechar cualquier excusa para poner a prueba las leyes de la física cuando nuestros átomos se sacuden convirtiéndonos en algo más que materia.  

Pero, ¿por qué la dejamos sola?  

La hemos cagado...  

Sandra cruza la oficina dando grandes zancadas y rodea el escritorio, sujeta el respaldo de la silla y la hace recorrerse hacia atrás para sentarse sobre las piernas de Rojas, devorándole los labios antes de que esta pueda decir una palabra.  

Me he dado cuenta que no puede disimular su sonrisa cada vez que Vega hace esto tipo de cosas. Y no es su típica mueca de burla o altanería, se trata de una sonrisa real. El gesto de una mujer feliz.  

— ¿Por qué no habías dicho nada? — le reclama poniendo los dedos en su barbilla para levantarle el rostro y hacer que la vea a los ojos.  

— ¿Esa es una disculpa?  

Sandra se acerca y le muerde la mejilla.  

— Sin tonterías. ¿Qué está pasando?  

Beatriz me mira.  

— ¿Cuánto tiempo necesitas para que tu cerebro procese un movimiento?   

Rudo los ojos y me acerco despacio.  

— Te ves guapa.  

Me dirige su habitual mirada de aburrimiento.  

— ¿Es tu descubrimiento del día?  

Me siento sobre el escritorio levantando la pierna al recargar mi pie en la parte superior de su muslo.  

Beatriz mira de reojo la posición de mi pie, tentadoramente cerca de su entrepierna y pone su mano en mi pantorrilla subiendo y bajando despacio.  

— Y no será el único —respondo mordiéndome el labio.  

Entonces ella se impulsa para levantarse y coloca a Sandra sobre el escritorio, a mi lado. Casi de inmediato se abalanza sobre su boca mientras me sujeta del cuello con fuerza para acercarme a ellas.  

Pero Sandra con un movimiento igual de brusco la aparta, empujándola con fuerza la obliga a sentarse de nuevo en su silla. Esta se desliza hacia atrás varios centímetros.   

— ¿Así lo quieren? — pregunta apartando los anteojos y por un momento olvido la razón por la que estamos aquí.  

Beatriz de nuevo se levanta quitándose el saco.  

A ver Gabriela, concéntrate.  

Pero olvido esa orden cuando comienza a abrir su blusa mientras se acerca de nuevo, mirándome directo a los ojos.   

Algo se sacuden en mi estómago cuando la veo liberar sus pechos, y poniendo una mano detrás de mi nuca me da un beso posesivo. No puedo frenarme ya, le aprieto los senos mientras su lengua recorre la humedad de mi boca. Sus besos me hacen delirar, pero necesito algo más. Desciendo dejando un camino de saliva que termina en uno de sus pezones, succiono y muerdo hambriento mi parte favorita de su cuerpo.  

— Hay espacio para ti — le dice a Vega mientras cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.  

Entonces todo se va a la mierda.   

Sandra se abalanza sobre Rojas y ya no hay vuelta atrás.  

  

 

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¿Esto era parte del plan?  

Mis labios acarician la pierna de Rojas y Sandra se acuesta a un lado intentando controlar el ritmo de su respiración.  

— ¿Por qué sigo sangrando? — pregunta de pronto levantando una mano, tiene los dedos enrojecidos.  

Beatriz y yo analizamos de inmediato la herida en su cuello.  

— Te has pasado — la regaño levantándome para ir hacia el cuarto de baño por el botiquín.  

— Eso lo hiciste tú — dice cuando he vuelto y me arrebata el algodón para limpiar la herida de Sandra.  

— Yo no soy tan salvaje.  

— Tú no sabes hacerlo. Me pregunto si es posible que seas un poco menos torpe.  

Por estas cosas no la echo de menos cuando está tan callada.  

De nuevo me acuesto entre sus piernas y comienzo a mordisquearle la piel, mientras ella coloca una pequeña venda adhesiva en la herida de Sandra.  

Poco a poco noto como la tensión disminuye, no es tan difícil lidiar con ella, a fin de cuentas.  

— Estoy bien — dice Sandra y se acuesta de lado recargando la cabeza en su brazo para mirar atenta a Rojas — ¿Qué tal tú?  

— Nadie me mordió el cuello hasta desangrar, no puedo quejarme.  

Pongo los ojos en blanco y clavo mis dientes con más fuerza en su piel. Beatriz tiene una forma experta de lidiar con el dolor, en lugar de quejarse o gritar, relaja sus músculos y cierra los ojos.   

— ¿Cuándo pensabas decirme que no le hablas a William?  

— Consiguieron interrogar a Castillo — concluye.  

— ¿Qué ocurre Beatriz? ¿Por qué hablas con él y no con alguna de nosotras?   

— Él lo pregunto.  

Esa respuesta es un golpe seco en mi estómago.  

— Paso contigo todo el día — alega Sandra—me quedo aquí a tú lado viendo cómo le dedicas horas a descifrar idiomas que algún loco de remate inventó —mientras habla se va sentando en la cama, y yo no sé si ponerle la mano en la boca para que se calle o salir huyendo antes de que tengan otra pelea y deba perseguir a alguna de ellas bajo la lluvia — en algún momento puedes mirarme y decir que algo te molesta y yo exploto el mundo contigo si es necesario.  

Contengo el aire hasta que Beatriz responde.  

—Todo está bien, Sandra. Lo hablé con Alonso no porque me importe sino porque tiene la intención de hacer un análisis y pretendo ayudarlo.  

¿Ayudar a Alonso? Bueno ya no es tan absurdo ahora que comprendo su extraña habilidad para hacer que delatemos nuestros sentimientos.  

— ¿Ahora son amigos? — Sandra no termina de confiar en Castillo a pesar de conocerlo mejor que nosotras dos.  

— No — garantiza Rojas—pero está aquí y no pierdo nada devolviéndole un favor.  

— ¿Vas a hablar con la prensa sobre tu hermano? — pregunto levantando el rostro para mirarla.  

— Es mejor para el apellido que mi crítica llegue primero — responde e intenta incorporarse, pero Sandra lo impide montándose sobre ella.  

— ¿Por qué dejaste solo a William?  

— Es su trabajo.  

— Es el abogado del diablo, no economista — le hace ver Sandra — ¿Te ha buscado?  

— Está ocupado, tiene planes y…— pretende zanjar la conversación ahí y pone las manos sobre las piernas de Sandra para hacerla bajar de su cuerpo, pero esta se aferra aún más.  

— No hemos terminado.  

— Es él quien no te habla—comprendo mordiéndome el labio y subo para acostarme a su lado.  

— Jamás ha querido que estés conmigo—comprende Sandra — joder al país es su berrinche.  

Beatriz niega con la cabeza despacio.  

— Yo estoy aquí — le dice mirándola a los ojos y una las manos con las que le acariciaba los muslos comienza a descender—y si él no puede entender esto…— su mano y la mía se encuentran en el pequeño espacio que hay entre nuestros cuerpos y la electricidad sube por mi brazo — ese es su problema.  

Como dos amantes que se han extrañado nuestros dedos se entrelazan y me aprieta con fuerza. Sandra por su parte mira a Rojas largamente y baja despacio hasta quedar acostada sobre su pecho.  

— Lo estoy haciendo fatal—declara mientras Rojas le acaricia el cabello con la mano libre.  

— No me puedo quejar de ti–le dice con un tono apenas audible — pero tú estás a cargo, porque yo no sé cómo dirigir esto.  

Gira la cabeza en mi dirección y su mirada brillante demanda algo que no podría negarle jamás.  

Me acerco y aprieto más fuerte su mano cuando nuestros labios se sumergen en un pausado intercambio de besos.  

Con la punta de su lengua recorre la forma de mi boca recogiendo todos los sabores que quedaron en ella luego del encuentro y no pasa mucho hasta que otros labios se incorporan al proceso.   

Debo releer a las mujeres que amo.  Tal vez encuentro algo diferente, quizá ambas me sorprenden.  

  

  

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Avanzo arrastrando los pies. Esta mañana Beatriz me insultó en tres idiomas distintos porque y cito “Mi único talento es dormir”   

Si hay algo que a ambas las pone insoportables es que me salte las comidas, en la ciudad madrugar no implica ningún problema. Pero en Actex siempre frio y tormentoso solo quiero quedarme pegada al cuerpo de Sandra y no salir de cama.   

Propuesta que ambas han descartado porque cuando abro los ojos la loción de Rojas ya inunda toda la habitación y Sandra está en la ducha.  

Excepto hoy, después de estar con nosotras Vega decidió ir con Jessie y yo tuve que soportar a Beatriz empujándome a la ducha a las 6 am.  

Entro al comedor echando la cabeza hacia atrás y tallándome los ojos.  

— Buenos días, “agente Arias” — pongo los ojos en blanco al escuchar a Navarro pasar por mi lado.  

Le respondo haciendo una seña obscena con la mano mientras tomo mi lugar junto a Rojas.  

— Necesitamos calefacción — opino preparándome café.  

— O un despertador — dice Sandra dedicándome una sonrisa.  

Noto que Beatriz mira por unos segundos su reloj y luego de nuevo dirige su atención a Alonso. Ha conseguido que lo dejen salir de la cama por algunas horas al día y ese tiempo lo pasa conversando con Rojas. Sé que el país es un caos, pero por el momento no me interesan las noticias, Jessie le hace un rostro con chocolate a sus panqueques y mientras ella juega Sandra le comparte de su propio desayuno, tengo todo que importa enfrente. El resto del mundo puede desmoronarse.  

—Detrás de toda gran fortuna, se esconde un gran crimen —alcanzo a escuchar esa frase en medio de la charla que mantiene con Rojas. 

—Es esa ideología el consuelo de los miserables —aporta Beatriz — ¿es a la virtud a quien se destinan los puestos, los honores, las riquezas?, ¿acaso no vemos todos los días al malvado colmado de prosperidad, y al hombre de bien languidecer en las cadenas? 

—En ese sentido que paguen la crisis los ricos, no los pobres 

No confío del todo en él y una parte de mi cabeza me regaña por eso. Está aquí haciendo su trabajo, no le interesa dañar a nadie, enfrentó a Beatriz cuando se dio cuenta que le rompía el corazón a Sandra y aún después de los golpes le pone la cara para decirle que está escribiendo acerca de su hermano. Fue claro con sus intenciones desde el inicio y no tiene reparo en dar su opinión cuando no está de acuerdo con Rojas. De alguna forma me tranquiliza que no pretenda ponerse un disfraz de inocencia y con ello se ha ganado el respeto de Beatriz. Cuando terminan su conversación se levanta y se va, noto que tiene una pequeña grabadora en la mano y no se molesta en ocultarla cuando se despide de todas.  

Frunzo el ceño.  

Tranquila Gabriela. Está haciendo su trabajo.  

Continuó mi desayuno en silencio mientras me pregunto si ya se ha publicado algo de lo que Alonso ha escrito sobre William estando aquí. Tal vez puedo echarles un ojo a esos artículos. Tomo mi teléfono y comienzo a teclear un mensaje, conozco a alguien que me puede proporcionar esa información.  

— Eres más joven — escucho que Sandra dice.  

— Y mucho más lista — se defiende Jessie—¿Qué sentido tiene serlo si no puedo alardear?  

— Tendremos esta discusión dentro de 5 años — le advierte Sandra en un tono que da a entender que no admitirá réplicas —hoy por favor permite que respire.  

¿De qué me perdí?   

— Eso díselo a ellas — reclama Jessie molesta y entonces Rojas también les pone atención —pero yo necesito hablar con alguien de vez en cuando.   

Molesta se levanta y arroja su servilleta para salir del comedor.   

— Un perro hubiese sido una decisión más sensata — Beatriz no puede pasar más de cinco minutos sin soltar un comentario desagradable y yo debo aprender a que estos no me causen gracia cuando Sandra está enfrente.  

— ¿Exactamente qué ocurrió? — pregunto para que Vega deje de mirarme de esa forma.  

— Quiere tomar clases con el resto.  

— No — sentencia Rojas.  

— Tranquila, tampoco pienso permitirlo.  

Las miró a ambas sin comprender esa decisión.  

— Es una adolescente y solo pide estudiar más. Pueden relajarse.  

— No tomará clases con esos ineptos — dice Sandra cerrando la conversación y bebiendo su café.  

— Oye, yo estuve aquí—alego.  

— Por eso deberías estar de acuerdo conmigo, Jessie aún es muy joven para involucrarse con estas personas.  

— Pero no puedes prohibirle tener amigos.  

— Puedo limitar las interacciones que tiene con ellos.  

— Sé que lo haces, envías a Orozco a vigilarla y eso no es sano, nadie la va a… ¿Tú a dónde vas? — pregunto notando que Rojas se levanta.  

Su respuesta es una mirada de hastío antes de marcharse.  

— Amo nuestra buena comunicación—digo con sarcasmo clavando el tenedor en mis panqueques—quítale esos libros que a mí no me hace caso.  

— No me molesta, necesita mantenerse ocupada.  

— Cualquiera que la vea pensará que se prepara para fundar una secta diabólica.  

— Es eso o las sumisas en su mansión, tú decides.  

— ¿Por qué no puede tener un pasatiempo normal?  

— Termina tu desayuno, quiero cogerte en las escaleras.  

El calor sube por mis mejillas mientras volteo para asegurarnos que nadie más escuchó eso y Sandra me sonríe levantando sus cejas expectante.  

— Hoy no tengo mucha hambre en realidad    

  

 

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— ¿De dónde lo sacaste? — pregunto mirando el libro que Sandra lleva en las manos.  

La última vez que lo vi apareció en la biblioteca, justo donde estaba un ridículo libro sobre el infierno. Pero ahora esos parecían problemas de otra vida. Sandra se detiene frente a mi mientras pasa las páginas y pequeñas hojas secas se refugian en su cabello.  

— Lo tenía Beatriz.  

— ¿Por eso está tan cursi? — me río poniendo las manos sobre la cintura de Vega y ella se concentra en buscar un poema.  

— Página 76 — dice girando el libro hacia mí.  

Cierro los ojos arrugando la nariz. Leer poesía no es lo mío.  

— Te sale mejor.  

— Pero es tu turno.  

Abro los ojos y me quedo pensativa, es imposible recordar eso.  

— Probablemente haces trampa.   

Se escucha el pesado movimiento de un vehículo y ambas nos giramos, justo a nuestra izquierda se aproxima un elegante bugatti.  

Avanza haciendo un peligroso zigzag, varias veces se queda a centímetros de estrellarse contra un árbol, eso sin mencionar que el motor se apaga cada tanto y por largos minutos ninguna de las dos es capaz de reaccionar.  

—¿Qué demonios...?  

—Genial, ahora si se volvió completamente loca —alcanzo a decir y justo en ese momento el auto pasa tan cerca de un árbol que me provoca un pequeño infarto.  

No necesitamos otra señal, ambas corremos hacia el bugatti.  

—¿Qué diablos crees que haces? —¿Le grita Sandra a Beatriz, quien va muy tranquila leyendo mientras Jessie “conduce”  

Ambas están dentro del auto y mientras Sandra abrió la puerta del copiloto para gritarle a Rojas yo me recuesto en la ventanilla hablando con Jessie.  

—No has progresado mucho.  

— Necesito un auto — me dice la adolescente.  

Muevo la cabeza hacia los lados y sonrío.  

— Yo también.  

— Ambas necesitan callarse — nos reprende Sandra—y tú y yo vamos a discutir esto en la oficina. 

— Ella insistió en aprender — se defiende Rojas.  

— Dijo que podía tomar el auto y matarme — la delata Jessie.  

Sandra le dirige una mirada asesina.  

— No es capaz de seguir una instrucción básica.  

— Voy a incendiar este auto si no salen ahora — les advierte Sandra.  

— Ya casi lo tengo — reclama Jessie y las tres la miramos con incredulidad — ¿o es que tienen algo mejor que hacer?  

— Manipuladora — susurro en su oído mientras Sandra saca a Beatriz del lugar del copiloto para subir ella y le golpea el pecho con el libro dejándoselo en las manos.  

— Yo si tengo algo mejor que hacer — digo planeando huir de ahí.  

Beatriz mira su auto con el ceño fruncido y se pregunta si es buena idea dejarlo sin protección con Jessie al volante y Sandra de copiloto.  

— Sube al maldito auto—me ordena muy seria — o quieres que te ayude con eso.   

Niego con la cabeza y me cruzo de brazos.  

— No creas que…  

En ese momento Jessie enciende el motor y sin pensarlo las dos nos apuramos a subir.  

Dar vueltas alrededor del internado no es tan malo como parece. Por algo Sandra es profesora y definitivamente con su hija es más paciente que durante las clases de literatura. Me alimenta el alma verla así y miro el libro de poesía en el asiento.   

Extiendo el brazo y busco la página 76 “Soneto Con Sed”  

Mis ojos recorren cada palabra con detenimiento.  

— ¿Es lo más complejo que puedes leer? — la voz de Rojas interrumpe mi concentración.  

— ¿Tú podrías leer algo como esto?  

— ¿Ridículo?  

— Eso significa que no — concluyo con una pequeña sonrisa.  

Beatriz me arrebata el libro y por unos minutos se queda en silencio contemplando el poema hasta que finalmente dice.  

— Lo tengo — vuelve a arrojar el libro hacia un lado y se acerca más girando su cuerpo para mirarme.  

Frunzo el ceño viendo como pasa la punta de la lengua por su labio inferior.  

— ¿Enserio lo acabas de memorizar…?  

Levanta el dedo para indicar que me calle y por un momento cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos un destello brillante escapa de sus pupilas.  

 

—Leyendo un libro, un día, de repente, 

hallé un ejemplo de melancolía: 

Un hombre que callaba y sonreía, 

muriéndose de sed junto a una fuente. 

 

Mis labios se quedan separados, tras haberse preparado para protestar, pero la voz de Beatriz me hace olvidar porqué estoy tan enojada con ella cada cinco minutos.  

 

—Puede ser que, mirando la corriente, 

su sed fuera más triste todavía; 

aunque acaso aquel hombre no bebía 

por no enturbiar el agua transparente. 

 

Sus ojos siguen la forma de mis labios como si por primera vez estuviese contemplando mi boca.  

 

—Y no sé más. No sé si fue un castigo, 

y no recuerdo su final tampoco 

aunque quizás lo aprenderé contigo; 

 

Despacio sus pupilas llegan hasta mis ojos, si yo me acerque o fue ella no lo sé. Lo cierto es que mientras recita la punta de su nariz acaricia el puente de la mía.  

 

—yo, enamorado, soñador loco, 

que me muero de sed y no lo digo, 

que estoy junto a la fuente y no la toco. 

 

No siento que esté en el mismo planeta. Pero tampoco pude sentir la fuerza que me arrojó lejos. Fue parpadear y despertar en otro mundo, uno que es iluminado por esa mirada que me observa atenta.  

— Nada complicado — murmura mientras sus ojos bajan a mis labios de nuevo.  

— No lo es cuando puedes sentirlo.  

Se aleja repentinamente, toma el libro de nuevo y me golpea con él en la cara.  

— Fui a clases, idiota.  

Sin decir más sale del bugatti y se aleja, cuando por fin me ubico en el espacio-tiempo pongo los ojos al frente y descubro que Jessie me observa desde el retrovisor y hace rato que se ha olvidado de conducir.  

— Ella te compraría un auto –me dice la joven rubia.  

Sonrío de lado.  

— ¿Acaso debe imprimirte una invitación para que la sigas? —me regaña Sandra.  

Y estas palabras son el impuso que necesito para salir corriendo detrás de Beatriz.