42. Abre Las Piernas

Y su lado salvaje, su sed de sangre, su excitación al provocar dolor, su necesidad de gritos desgarradores a mitad de un orgasmo. Eso se vuelve mío. Me lo entrega en este beso.

42. Abre Las Piernas

No quiere hablar conmigo y lo respeto, yo tampoco sé que decirle. Pero camino a su lado y todo tiene sentido. Le encuentro respuesta a las más complejas preguntas y logro conocer el motivo de mi existencia. Es como si cada paso dado me hubiera traído a este momento. A ella.

Beatriz Rojas. Empresarios pagan millones por hablar con ella durante cinco minutos. Las mujeres se someten a sus más sádicos caprichos con tal de que las toque. Inteligente hasta los límites más irritantes; cruel en palabras y acciones; tan astuta que da miedo, tan fría que lastima, tan mía… mía sin más.

No necesita decirlo y no quiero escucharlo.

Me adelanto para colocarme frente a ella y sonrío sintiéndome cómo un insecto bajo esa mirada que conoce 500 maneras de insultarme. Pero soy un insecto jodidamente feliz.

Cuando salí del auto planeé mil poemas, estando a su lado ensayé una declaración cursi. Pero ahora que me observa expectante solo hay una cosa que puedo decir.

— Te odio con todo el corazón.

¿Has sentido que te observan tan intensamente que algo que no sabías que estaba roto se reconstruye en tu interior?

Su respuesta fue esa. Repararme.

Y me abalancé sobre sus labios con una certeza: No estoy enamorada de ella. El amor no es para una mujer como esa. Porque el amor son flores, canciones y poesía. Beatriz inspira en mi fuego, dolor y caos. Mi lado inhumano es exclusivamente suyo.

Y su lado salvaje, su sed de sangre, su excitación al provocar dolor, su necesidad de gritos desgarradores a mitad de un orgasmo. Eso se vuelve mío. Me lo entrega en este beso.

Sin ceremonias, sin promesas, sin estatuillas de dioses contemplándonos y sin intercambio de anillos nos juramos odiarnos para siempre.

 

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— Nadie va a molestarla — les digo untando mermelada en mi pan — te tienen miedo.

— Necesito los expedientes que esos tres — Sandra ignora mi comentario y se dirige a Beatriz.

—Diaz, Torres y Molina; lo tengo controlado —asegura Rojas.

— Si Jessie está aquí debemos ser más estrictos con la clase de personas que admitimos.

— Ella sabe cuidarse — interviene Alonso — y antes no te preocupaban sus amigos.

— Eran chicos de clase media en un vecindario tranquilo.

— ¿Crees que el dinero incrementa el nivel de maldad? —cuestiona Beatriz.

—Les facilita muchas cosas.

—Probablemente Jessie hereda este internado y la fortuna de su familia — dice Alonso mientras señala a Rojas — y eso no la convierte en delincuente.

Beatriz se aclara la garganta y le dirige una mirada de enojo a Castillo.

—¿Qué fortuna? — quiere saber Sandra.

—Ops, creo que metí la pata —dice Alonso y claramente se nota que aquello no le incomoda.

—Esto es algo entre nosotras —le advierte Beatriz a Castillo apretando los dientes.

—Llevas días dándole vueltas a lo mismo — Castillo se levanta—ahora hablen. De nada.

Abandona el comedor dejándonos completamente solas porque Navarro mantiene a los profesores en una reunión.

—Me quieres decir que se traen —le exige Sandra.

Beatriz la mira muy seria.

—Requiero modificar su apellido.

Sandra la mira como si estuviese hablando de aliens.

—Pensé que era algo importante.

—Es importante para mí.

—Me preocupa que se mezcle con delincuentes y ahora sugieres que lleve el apellido de los peores psicópatas que conozco.

Noto como Beatriz se tensa y sin pensarlo pongo mi mano sobre su pierna y comienzo a acariciarla despacio.

—Es mi apellido.

—Oigan no es el lugar correcto para hablar de esto —opino sin apartar mi mano de Rojas.

Sandra respira profundo.

—¿Entiendes la lista de razones por las que eso no es bueno para ella?

Rojas prefiere ignorar esa pregunta y concentrarse en su desayuno.

Regaño a Sandra con una mirada y ella simplemente se encoge de hombros.

Paso un buen rato en silencio preguntándome porque a Rojas le importa qué apellido lleva la hija de Sandra. Seguramente hoy por la noche lo discuten y me entero. Mi mano continua en su pierna y por un momento mis ojos descienden a ella. Beatriz lo nota y también baja la vista, al momento de aparta la mirada nuestros ojos se encuentran. Cuando este tipo de cosas ocurren solo hay dos salidas. Me insulta o prefiere ignorarlo. Esta vez elige lo segundo y yo sonrío, no puedo evitar acercarme más y plantar un beso húmedo en su cuello.

—¿Debo ser yo el enemigo? —murmura Sandra poniendo ambas manos sobre la mesa.

—¿Cuándo fue distinto? —arremete Rojas.

En el fondo logro entender a lo que se refiere. Sandra pone las reglas y decide cuando romperlas. Es la profesora Vega y olvidarlo sería un error.

—Justo ahora —dice mirándola a los ojos y de pronto desaparece de mi campo de visión. 

Miro hacia atrás alarmada. Los alumnos que aún permanecen en el comedor se encuentran distraídos en sus propias conversaciones y Sandra se mueve bajo la mesa llegando hasta Rojas.

—Abre las piernas.

Entonces noto que Rojas se tensa y de nuevo analizo a los estudiantes que desayunan.

—Esperen… —intervengo al ver que Beatriz no piensa detenerla.

Tienen la costumbre de exponerse así en cualquier lugar del internado, yo misma he participado en eso. Pero ahora estamos dentro del enorme comedor y hay cientos de estudiantes.

—¿Piensas insistir? —pregunta buscando acceso a su intimidad.

—Ahora tengo mejores razones —Rojas se acomoda en el borde de la silla—empieza de una vez. 

Mete las manos bajo la mesa y la sujeta del cabello empujándola a su objetivo.

Me pongo las manos en la frente. Rojas aprieta el puño en un intento por callar todos los sonidos que despierta en su cuerpo el hecho de la lengua de Sandra esté trazando el abecedario completo sobre su clítoris.

—Me van a enfermar de los nervios —reclamo unos minutos después cuando Sandra de nuevo regresa a su lugar—esto lo vio un degenerado, estoy segura. 

Vega alarga su brazo y pasa un dedo húmedo sobre mis labios.

—¿Quieres un poco?

—No te me acerques—la reprendo dándole un manotazo.

—Relájate cariño —se ríe e inclinándose a Rojas dice—pide otra cosa, lo que sea.

Beatriz mantiene el codo sobre la mesa y la cabeza recargada en su puño mientras normaliza el ritmo de su respiración.

—Arias —murmura sin levantar la vista.

Sandra se muerde el labio y su sonrisa desparece mientras me mira.

¿Yo qué?

—¿Yo qué?

—Beatriz…

—Es lo que pido —declara muy seria y levanta los ojos en dirección a Vega.

—Podrían hablarlo y…

—Ya perdió su oportunidad —interrumpe Rojas.

Sandra me mira y frunce el ceño.

—¿Yo qué? —insisto

Vega mira a Beatriz y responde.

—Está bien.

Abro mucho los ojos. Porque siento que me acaba de vender.

 

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Bueno ya ha hecho de todo conmigo, ¿Qué tan malo puede ser ahora? Después de que me obligó a soportar el paseo de una serpiente sobre mi intimidad, nada podría ser peor.

“A mi oficina en dos horas” fue su orden antes de abandonar el comedor y ahora camino hechizada por el peligroso embrujo de la curiosidad.

Cuando abro la puerta la localizo detrás de su escritorio organizando algunos archivos.

—¿Sabes que no necesitas el permiso de Sandra para cogerme? —digo acercándome a ella.

—Me queda claro. 

Se hace hacia atrás en su silla y pone la mano en mi cintura.

—¿Qué pasa por tu cabeza? —pregunto al ver que sube un poco mi blusa para dejar al descubierto mi abdomen.

—Me estaba planteando si engañarte con una bebida o hacerlo más interesante —murmura acariciándome el vientre.

Frunzo el ceño y como si hubiese emito un sonido mis ojos descubren una jeringa sobre el escritorio.

—¿Estas consumiendo…?

Antes de terminar la pregunta extiende su brazo para tomarla y por instinto me alejo un poco.

—¿Qué es eso?

Se levanta ignorando mi pregunta.

—Es para ti, pónmelo un poco difícil. Por favor.

Primero pienso que es una broma, luego algo me convence de huir, mi última opción es pelear. Pero ninguna funciona, cuando Beatriz me alcanza de inmediato siento como la aguja perfora mi piel.

Me queda tiempo para insultarla, maldecirla y darle una bofetada antes de perder la conciencia.

 

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Unas voces irreconocibles golpean las pareces vacías de mi conciencia.

A mi alrededor se desarrolla una conversación que no tiene sentido y aunque he despertado mi cuerpo se niega a obedecer la orden de moverse, buscar a Beatriz Rojas y romperle la cara a puñetazos.

—Eres mi mejor creación —por fin algo que puedo entender—no lo estropees con vanidades.

—¿Se te olvida que soy la dueña de tu clínica?

—Por eso te cuido, querida, ¿Cómo está William?

—Maldiciéndome.

—¿Y el general?

—Decepcionado de mí.

Esa es la voz de Rojas.

—Temo preguntar por Sandra Vega.

Ante ese nombre una sensación gélida se instala en mi abdomen y muevo las manos para colocarlas en ese sitio.

—Conmigo.

Abro los ojos y no hay nadie cerca.

Respiro hondo sintiendo una parte de mi cara hinchada.

—Ya despertó, ahora es asunto tuyo—dice el hombre—déjala descansar un rato.

Escucho pasos y una puerta cerrarse. Aprieto los ojos y al volver a abrirlos intento incorporarme, pero me encuentro mareada.

—¿Qué fue lo que me …?—guardo silencio al ver que se acerca.

Me mira completamente inexpresiva y alarga su brazo, para quitar una venda que fue colocada cuidadosamente sobre mi rostro, pone sus dedos en mi mejilla y hace que gire un poco, acariciando el sitio donde una vez hubo una llamativa cicatriz, y digo “hubo” porque puedo garantizar que ya no existe.

Sus dedos recorren ese sitio para asegurarse que todo esté perfecto. Si, perfecto para ella.

Frunzo el ceño y me muevo un poco alejándome de su mano.

—Compórtate —me regaña

¿Es enserio?

—Me drogaste… ¡otra vez! Ni siquiera sé qué es lo que metes a mi cuerpo. Podría tener un infarto en cualquier momento y te importa una mierda.

—No hagas dramas —ordena con fastidio—te advertí que esa cicatriz me provocaba asco.

Pongo los ojos en blanco.

—Necesito descansar.

—Fue laser no un trasplante de riñón —dice ignorándome mientras camina hacia uno de los muebles que está a mi derecha.

Desde que Alonso estuvo medio muerto a montado esta especie de consultorio privado.

—Y era completamente innecesario dejarme inconsciente para ello —sigo reclamando.

Veo que sostiene unas tijeras grandes cuando regresa.

—Así pude estar unas horas sin escuchar tu insoportable voz.

—¿Qué vas a…? —me tenso notando que comienza a cortar mis jeans—¿Qué demonios estás haciendo?

Intento moverme, pero aún me siento mareada y solo consigo empeorarlo.

—Necesito descansar, no me siento bien, no sé qué mierda me inyectaste para…

Me quedo callada y completamente inmóvil cuando pone las tijeras sobre mi garganta y hace una ligera presión en ella.

—Si no te callas voy a drogarte de nuevo —sisea amenazante.

Le dirijo una mirada de odio, pero decido obedecer porque sé que es perfectamente capaz de hacerlo y permanezco mordiéndome los labios para no hablar mientras ella destroza toda mi ropa. Cuando ha terminado observa mi cuerpo desnudo.

Consigue que me ruborice y cierro los ojos para no mirarla. Es imposible adivinar lo que piensa o lo que hará ahora, aunque la duda no se alarga demasiado, porque a los pocos minutos siento como su peso hunde el colchón mientras se coloca sobre mí. No abro los ojos al sentir sus labios sobre los míos y mi pelvis se levanta en automático cuando sus dedos rozan mi intimidad.

—Así me gusta más —dice cerca de mi boca.

Sus palabras son acompañadas por el gemido que suelto cuando hunde sus dedos, pero estos se alejan tan inesperadamente como llegaron.  Y abro los ojos confundida al notar que se levanta.

—Debes descansar —dice acomodándose el saco —ya no usarás este tipo de ropa—señala las prendas que ha destrozado— ¿Alguna duda? —millones, abro la boca. pero se me adelanta—pensándolo bien no me apetece escucharte.

Y gira para marcharse.

—¿Qué se supone que voy a ponerme para salir de aquí? —le grito molesta—¡Rojas!

Pero ignorándome por completo sale de la habitación.

Resoplo frustrada y por alguna razón también me siento furiosa con Sandra.

 

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Que la cicatriz haya desaparecido no es tan malo. Que Beatriz hace lo que quiere sin importarle mi salud, eso ya lo sabía. Pero lanzar a la basura toda mi ropa fue la gota que derramó el vaso. No, no fue el hecho de que se deshiciera de mi ropa, más bien fue que ella decidió lo que usaré a partir de ahora.

—No puede ser cierto —dice Sandra cuando me ve.

Arqueo las cejas retándola y atravieso el pasillo con la cabeza en alto y una diminuta toalla cubriendo mi cuerpo.

—Tienen diez segundos para llegar al comedor —ordena Rojas con sus ojos clavados en mí.

No hace falta más. Afuera graniza y nadie quiere tentar a la suerte ganándose un castigo. De inmediato los estudiantes huyen olvidando a la loca que está semidesnuda en el pasillo.

—Gabriela, ¿Qué crees que haces? —pregunta Sandra.

—Quiero mi ropa de vuelta —les exijo.

—¿Qué tiene de malo la ropa nueva?

—No es mía.

Sandra suelta el aire con fastidio.

—¿Enserio vamos a discutir esto? Vístete y ya.

—No pienso discutirlo —dando un tirón me quito la toalla y comienzo a caminar desnuda con destino al comedor.

Beatriz alarga el brazo hacia Sandra dándole la taza de café que tiene en la mano y entonces cuando paso por su lado me sujeta con fuerza de la cintura levantándome y atraviesa el pasillo dando largas zancadas hasta que nos encerramos en uno de los salones.

—Devuelve mi ropa—le grito.

—Esto no se va a negociar —me regaña—te acostumbras.

—Claro, porque si no me pongo un ridículo traje no soy digna de ti — me cruzo de brazos—¿Qué te hace pensar que me interesa ocupar ese lugar?

—¿Acaso crees que tienes otra opción? —me dice y abre la puerta— ve al comedor, da tu espectáculo y luego te vistes.

—Perfecto —me encaminó hacia la salida, pero Vega lo evita interponiéndose.

—Dame un minuto Beatriz —le dice sin apartar los ojos de mí.

Rojas se marcha dando un portazo.

—No voy a ponerme un estúpido traje…

—¿Has pensado que todas tenemos algo que corregir?

—¿Por qué importa cómo me visto? —reclamo.

—A ella le importa. Tiene los recursos para darte todo lo que mereces, pero te cuesta aceptarlo y decides pelear por lo poco que tenías.

—Quiere controlar cada aspecto de mi vida. Ahora ni siquiera me puedo vestir como me gusta.

—¿Por qué tú le puedes pedir que no se acueste con otras mujeres, pero ella no te puede pedir que te pongas un estúpido blazer?

—Hay muchas diferencias… yo no intento cambiar su… —me faltan palabras para describir todo lo que pasa por mi cabeza.

Sandra arquea una ceja.

—No puedes aceptar si decide algo que no se amolda a tu gusto.

—Ella intenta cambiarme, yo solo quiero que funcione…

—Que funcione para ti. Pero esta relación no se trata solo de lo que quieres de nosotras.

 

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Con Sandra como instructora dejarle el auto a Jessie ya no es un suicidio y aunque intentamos pasar tiempo con ella sigue aferrada a la idea de tomar clases con el resto. Capricho que Sandra ha aceptado en un 10%, por lo menos ya le permite hablar con otros chicos sin que Navarro u Orozco la vigilen, claro que Beatriz no está de acuerdo. Rojas jamás está de acuerdo en algo si no lo propone ella, y ante cada decisión de Vega le dirige una mirada reprobatoria, pero tiene su recompensa cuando puede azotarla a su antojo.

Otra persona que pasa tiempo con nosotras es Alonso. Ya he leído algunas cosas y aunque no entiendo mucho de política y menos de economía, sí sé que el nombre de Beatriz ha salido bien librado de todo el caos que se vive en el país, algo que su hermano no puede presumir.

— Esta nación, que durante mucho tiempo buscó liberadores, por una torpeza inaudita no encontró jamás sino amos —puntualiza Castillo

Dejo escapar un bostezo, ha sido mala idea sentarme entre ellos dos, pero Rojas no me dio otra opción.

—La ciudad es un precipicio donde vienen a hundirse todas las riquezas y empobrecen por tanto al resto de la nación. Estudio esta capital y ¿qué veo? Por una parte, nobles casi reyes; por otra, ciudadanos más que esclavos. Y por todas partes, el vicio de la desigualdad, veneno destructor de todo gobierno— expresa Beatriz.

Esa puta grabadora siempre encendida en las manos de Castillo me da escalofríos. Pero ya acepté que si hubiese algo mal en él Beatriz ya lo hubiera descubierto, es un soso que hace su trabajo y ahora debo soportarlo cerca.

—Este embotamiento tiene su fuente en la política de William, que, para mantener al pueblo en su dependencia, le cierra la puerta de las riquezas — es Sandra quien interfiere. Está sentada en el lado del copiloto mientras Jessie permanece concentrada conduciendo.

—No vale la pena querer dominar una nación para conducirla de esta manera. Cuestiono que un soberano, incluso un déspota, pueda ser feliz cuando su pueblo no es próspero. No encuentro sus máximas económicas en ninguna parte — apunta Rojas — He estudiado sus leyes civiles: son buenas, pero mal ejecutadas. La gente prefiere vivir sumida en su corrupción a pedir su reforma, porque teme, y con razón, que tal reforma engendre infinitamente más abusos de los que destruiría; se dejan las cosas como están. Se entregan al lujo… a la frivolidad..., a los espectáculos. Sucede que aquí el gusto por las pequeñas cosas sustituye al de las grandes, que el tiempo que se debería dedicar a estas se pierde con las futilidades, y que tarde o temprano terminan siendo subyugados por el mejor postor.

Me quedo embobecida ante las palabras de Rojas. Mierda. Que jodidamente lista es.

Y es que cuando uno pasa tiempo con ella y es capaz de ver algo más que la fría mujer que recorre los pasillos de Actex sin mirar a nadie, te encuentras con una profesionista sumamente inteligente que cada día te sorprende más. Y es que ni siquiera habla de salvar al mundo. Ella simplemente reflexiona con frialdad recalcando algo: no es hacer el bien, es hacer lo que te toca.

El mundo no se corrige con las buenas acciones de unos pocos, cambia cuando cada uno hace un poco de lo que debe.

Castillo y Sandra piensan lo mismo que yo y permanecen en silencio hasta que Alonso dice.

—La próxima vez yo votaría por ti. Tal vez el mundo estaría mejor si fuese gobernado por sádicos malvados que saben lo que hacen, que por idiotas cuyo propósito es aparentar ser buenos.

—Te llevarás una mala sorpresa —responde.

Sonrío y me muero por sujetar su mano y besarla.

—Aquí es aburrido conducir —alega Jessi llamando la atención de todos— ¿Cuándo podré conocer tu mansión?

La expresión de Beatriz cambia por completo, Sandra se aclara la garganta y voltea para dirigirle una mirada asesina.

—Debes seguir practicando los cambios —intenta distraerla Alonso.

—Podríamos ir un fin de semana —sugiere la adolescente.

—Jessie concéntrate en el camino —le pide Vega claramente incomoda.

—Es aburrido. Demos una vuelta en el pueblo.

Y noto que toma el camino hacia la enorme reja que cerca el internado.

—Aun no estás lista—le dice Sandra—vamos, regresa.

—Solo un par de calles. Ya llevo semanas dando vueltas en el mismo sitio.

—Y te juro que no volverás a tocar el auto si cruzas —le advierte Sandra — ya fue suficiente por hoy.

Noto que Beatriz se ajusta el cinturón de seguridad. La miro extrañada y ella solo alarga el brazo para también colocarme el cinturón sin dar más explicaciones.

La adolescente disminuye la velocidad y pone su mano sobre la palanca, pero no la mueve, hay un ligero ajetreo y mi cuerpo se impulsa hacia adelante bruscamente cuando el auto se detiene de golpe.

Frunzo el ceño y me quedo inmóvil mientas todos salen del bugatti para ayudar a Jessie quien sorpresivamente se ha desmayado.

La preocupación de Alonso y Sandra es evidente, pero Beatriz mira detenidamente como suben a la adolescente al asiento trasero y luego Alonso toma el volante para conducir de nuevo hacia la entrada principal de Actex.

—Beatriz—la llama Sandra para que suba al auto.

—Te alcanzo en momento —le dice con la mirada en un punto lejano.

Veo a Jessie a mi lado, parece que duerme y su piel está helada.

También veo el cinturón aferrando mi cuerpo al asiento.

Beatriz sabía que esto pasaría. No entiendo cómo ni porqué.

Pero volteo y ya no está.