43. Incendio

“Los prisioneros piensan que observan el mundo real, sin darse cuenta de que son sólo sombras proyectadas en una pared” Pongo los ojos sobre uno de los libros que hay en el escritorio, “Historia de la magia” ¿Estoy en la cueva?

43. Incendio

Jessie permaneció inconsciente más tiempo del que es “habitual” según Sandra y Alonso. El resto de la tarde Vega le llevó comida a la cama y se quedó un buen rato con ella. Ahora ha bajado y camina en la cocina de un lado a otro, está pensando lo mismo que yo. ¿Dónde se metió Beatriz?

No ha regresado y no contesta su teléfono. Su jefe de seguridad nos ha dicho todo está bien y nuestra única opción es confiar en que así es. Pero no puedo evitar sentir un agujero en mi estómago que va creciendo a medida que transcurren los minutos.

Me quedo dormida por un momento con la cabeza recargada en la barra de la cocina, repentinamente siento que mi cuerpo es atraído por la gravedad y me despierto sobresaltada. La oscuridad es intensa. Sandra está sentada a mi lado y tiene una botella de vino a la mitad.

—Perdón —me paso las manos por el rostro y bostezo—debes descansar, debería irme a…

La puerta se abre ahogando mis palabras y llega Beatriz. Su cansancio es evidente, lleva el saco cargando en un brazo, su cabello luce alborotado y da la impresión de que todos esos años que hábilmente disimula tras su elegancia, se han escapado de la jaula.

Pero respiro aliviada al tenerla por fin conmigo.

Sandra camina hacia ella dando largos pasos y cuando la tiene enfrente hace lo último que hubiese esperado. Le da un fuerte golpe en la cara.

—Mi hija no es tu puto experimento —le reclama mientras la coge del cuello, la pone contra la pared y sin vacilar le suelta otro golpe en el mismo sitio, por lo que comienza a escurrir un hilo de sangre por su nariz.

Tomo a Sandra por la cintura para alejarla de Beatriz, pero no soy tan rápida y llega un tercer golpe.

—Demonios basta —la regaño.

Se jodió todo. Sandra también se dio cuenta que Beatriz sabe algo y ahora quiere matarla sin escuchar explicaciones.

—¿Qué fue eso? —le reclama.

Rojas dirige el rostro hacia un lado y la sangre escurre por su barbilla.

Sin mucha paciente Sandra de nuevo va sobre ella, debo poner mi mano en su pecho y hacer presión para impedir que se acerque, pero está furiosa y toma mi brazo para empujarme hacia un lado. Me mantengo firme en mi lugar y levanta su otra mano, anticipando la llegada de un golpe, entrecierro los ojos. Pero este es detenido en el último momento por Rojas.

—Ten cuidado—le dice en tono de advertencia

—Debiste tenerlo tú cuando decidiste usar a mi hija.

—No tienes idea de lo pasó.

—Sabias que se desmayaría.

—¿Entiendes lo absurdo de tu afirmación? —cuestiona Beatriz—yo no podía saber algo como eso.

—Lo suponías… —le reclama Sandra.

—Y había una única forma de averiguarlo —estalla Beatriz—fingir que nada ocurre no se llevará los problemas.

—No quiero que te acerques a ella.

—¿Qué está pasando? —se escucha una voz infantil gritándonos desde la entrada de la cocina— ¿de qué…?

Se calla asustada al notar que Beatriz está sangrando.

—Todo bien—Sandra camina hacia su hija—¿Necesitas algo? ¿Cómo te sien…?

Jessie hace la cabeza a un lado cuando Sandra intenta acariciarla y la mira interrogante.

—¿Están discutiendo por mi culpa?

—No —respondemos Vega y yo al mismo tiempo.

Pero Jessie mira a Rojas esperando una respuesta.

—¿Están discutiendo por mí? —pregunta de nuevo y es obvio a quien se dirige.

—Tomamos decisiones —se limita a decir Beatriz.

Jessie frunce el ceño.

—¿Tiene  que ver conmigo?

De nuevo es la respuesta de Beatriz la que le interesa.

—Sí.

Jessie tiene claro que es ella la única persona que le dirá la verdad, porque no le interesa hacerla sentir mejor. A veces en Beatriz la crueldad es una virtud.

La adolescente suspira y mira al suelo.

—Ya no voy a conducir —dice en voz baja—pueden dejar de pelear por eso. Iré a clases e intentaré no desmayarme de nue…

—Si pudieras controlarlo no lo estarías prometiendo—dice Rojas acercándose a ella—estás enferma. Acéptalo y busca la forma de que eso no frustre tus planes.

—No puedo conducir así...  podría provocar un accidente o lastimar a alguien.

—Importa lo que tú quieres, no las consecuencias para los demás—dice Beatriz pasando por su lado—lo único que necesitas es un mejor auto y yo me encargaré de eso.

Jessie se queda sin palabras mientras la observa salir de la cocina.

—¿Me vas a comprar un auto?

Pero Rojas ya no dice nada más.

Sandra estrecha el cuerpo de la adolescente contra el suyo, abrazándola. Juzgarla por preocuparse por su hija es la estupidez más grande que puedo hacer, así que paso por su lado y murmuro un:

—¿Te espero afuera?

Ella asiente más tranquila, pero evita mirarme y salgo detrás de Rojas. La encuentro en el pasillo, levantando la cabeza y con un pañuelo intenta controlar el sangrado.

—Se adelantó Sandra —murmuro parándome a su lado —yo planeaba reaccionar igual.

Le toma un tiempo poder responderme.

—Vi la oportunidad y la aproveché.

—Arriesgando su salud y de paso nuestras vidas.

—Es la única forma.

—Si, algo así debió pensar Josef Mengele durante sus experimentos con sulfamida.

—Yo sé controlarlo.

Muevo la cabeza hacia los lados.

—Ni siquiera sabes lo que es. Yo no entiendo una mierda… ¿Qué hay en este lugar y por qué Jessie está relacionada? Digo… Sandra la adoptó a kilómetros de aquí, y ahora casualmente necesita estar en Actex.

—Casualmente—repite Beatriz en voz alta.

—Me cuesta ver la casualidad como una explicación.

—Perfecto —dice Rojas y cierra por un momento los ojos—por fin tenemos algo en común.

—Pero si vuelves a hacer pruebas con Jessie ahora si te matará—pienso viendo el pañuelo cubierto de sangre.

—¿Crees que lo harías mejor? —pregunta irritada.

—Es lo más frustrante, saber que tus métodos inhumanos son los únicos.

Va a decir algo pero prefiere quedarse callada cuando Sandra sale del departamento y se coloca frente a nosotras de brazos cruzados.

Beatriz arroja el pañuelo a un lado, se acerca a Vega y la atrae contra su cuerpo. Sandra responde al abrazo soltando el aire y cerrando los ojos. Relajándose por primera vez en el día.

—Me pidió que no te mate hasta que le compres un auto —murmura Vega desanimada.

—Por cosas como esa debería llevar mi apellido —responde Beatriz sin reprochar nada.

—Necesitas un golpe más fuerte —Sandra suspira— ¿estabas con ellas?

—Aun no entiendo mucho.

—Me sentí igual cuando las visitaba —se aleja un poco de Rojas y es ella la que empieza a limpiar su herida con calma—¿Por qué Jessie? ¿Por qué el internado? ¿Es mi castigo por Alejandra?

—Eso tendría más sentido y casi desearía que así fuera.

—Quieren el internado y a Jessie —les recuerdo—¿si entienden que esto de nuevo terminará en una masacre?

Sandra se muerde el labio antes de responder.

—Siempre ha sido así —y mirando a Rojas dice—que vengan, quiero que intenten quitarme algo para darme el gusto de amputarles los brazos.

 

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Llega a mi boca para compartirme mi sabor en sus labios con besos lentos. Subo las manos recorriendo el largo de sus brazos hasta rodear su cuello y la acercó más a mi cuerpo. Después de las explosiones viene la calma y acomodo mi cabeza en el hueco de su cuello mientras se aferra a mi cintura desnuda.

Mi vida funciona perfecto con Sandra en ella.

—¿Esto era parte del plan? —pregunta acomodándose el cabello.

—Nunca funcionan nuestros planes.

Sobre la mesa hay 15 libros que Rojas nos ha enviado a leer. Los mismos que ella ya ha estudiado y se sabe de memoria. Finalmente lo ha dejado en nuestras manos porque se niega a explicar un tema tan absurdo. Pero después de pasar tres páginas ya tenía a Sandra sobre mi y ahora busco mi ropa mientras ella se acomoda la suya.

—Los leeré esta noche —dice levantándose para ir hacia las estanterías y coger otro libro.

Frunzo el ceño.

—¿No iras con nosotras? —pregunto estas últimas noches ha preferido quedarse cuidando a su hija.

—Debemos resolver esto. Quiero entender que sucede antes de que lleguen.

Y es que a la petición de visitarnos respondieron: Pronto.

¿Cuándo es pronto?

Ya pasó una semana desde el desmayo de Jessie y ellas no aparecen.

Cuando por fin estoy lista alargo el brazo para coger un libro y lo abro encontrando en él una figura humanoide con cabeza de cabra.  Puedo incluso aceptar que hay una maldición en el internado y por eso las locas se volvieron más locas, como Alejandra y Paula. Pero ¿Jessie qué tiene que ver con todo eso? ¿Su destino era llegar aquí? ¿Por eso hace cinco años Rojas fue a prisión y yo me fui con Prats, así Sandra se quedaría sola y decidió adoptarla? No… cierro el libro bruscamente y niego con la cabeza. Aceptar eso es aceptar que algo más rige nuestras vidas, es darle el poder a un Dios demente para definir cada uno de nuestros movimientos. Es aceptar que alguien ya conoce el final de mi historia y saber que yo no puedo hacer nada para cambiarla.

—Creo que voy a vomitar —murmuro cubriéndome la cara con ambas manos.

—Necesitas dormir más —se sienta junto a mí y cruza su brazo detrás de mi espalda atrayéndome a su cuerpo para abrazarme— sé que nada de esto tiene sentido, pero seguimos juntas y vamos a resolverlo.

Me concentro en controlar el ritmo de mi respiración mientras su mano me acaricia despacio. Un rato después se escuchan unos pasos firmes y acelerados que conozco a la perfección.

Beatriz camina hacia nosotras, mirando al frente con la cabeza en alto, como si nadie se mereciera sus ojos.

— ¿Nuestro cerebro altera la realidad?

Sandra frunce el ceño y aprieta ligeramente los labios, como si estuviera analizando detenidamente esa pregunta.

—La realidad existe. Pero lo que tú percibes, no es la realidad que existe. Lo que tú percibes es una construcción virtual de tu sistema nervioso, hecha para ayudarte a sobrevivir —explica Sandra.

Rojas se pone la mano en la cintura acercándose un poco más a la mesa.

—Si fuera una construcción de la percepción, todos percibiríamos solo nuestra realidad y no coincidirían dos de ellas.

— Si, lo que llamamos realidad coincide: en el hecho que envejecemos, que una herida puede dolernos, que si comemos ciertos hongos morimos... esa realidad es la que compartimos. La pregunta y los grandes debates no es si existe o no, sino el cómo podemos conocerla.

—Explica—ordena Rojas mirando a Sandra con intensidad.

Vega suspira y sus ojos se elevan un momento al techo mientras piensa.

—En el mito de la caverna es un diálogo escrito por Platón. Imagina a un grupo de prisioneros, encadenados desde su infancia en una cueva, detrás de un muro. Una hoguera ilumina el otro lado del muro y los prisioneros pueden ver las sombras proyectadas por objetos que se encuentran sobre él y también el movimiento de las personas que pasan. Los prisioneros piensan que observan el mundo real, sin darse cuenta de que son sólo sombras proyectadas en una pared —mientras habla mueve los brazos lentamente — En un momento dado, un prisionero logra liberarse y ascender. El hombre acaba observando las estrellas, la luna y el sol. Regresa entonces a la caverna para liberar a los otros presos y que puedan también ver el mundo real. Ya en la cueva, el hombre, acostumbrado a la luz exterior, no puede ver bien. Sus compañeros piensan que el viaje le ha causado daños y no quieren acompañarle fuera. De hecho, harían lo posible para evitar la salida y podrían llegar a matar a quien quisiera liberarles.

“Los prisioneros piensan que observan el mundo real, sin darse cuenta de que son sólo sombras proyectadas en una pared” Pongo los ojos sobre uno de los libros que hay en el escritorio, “Historia de la magia” ¿Estoy en la cueva?

“Sus compañeros piensan que el viaje le ha causado daños y no quieren acompañarle fuera.” ¿Quiénes viven cegadas, las brujas o nosotras?

Rojas asiente levemente, mientras analiza las palabras de Sandra y por fin me mira.

—Arregla tu cabello—ordena para luego dar media vuelta y marcharse.

Pongo los ojos en blanco mientras Sandra me ve con expresión divertida.

—¿Por qué ustedes son tan listas?

—Yo soy lista, Beatriz es... Beatriz seguro planea destruir el mundo.

—¿Y si la de la nosotras no es la “verdadera realidad”?

Sandra mira justo el punto el que estaba Rojas.

—Supongo que por eso está estudiando tanto últimamente.

 

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Sandra frunce el ceño y Rojas mira el tablero por encima, como intentando restar importancia al echo de que les estoy dando una paliza.

—¿Se rinden?

Beatriz levanta los ojos con esa típica mirada que me sentir que se deleita imaginando mi muerte. Sandra es quien alarga el brazo para mover a su rey.

Si, no lo notaron.

Me tomo unos minutos para mover mi dama por a6.

—Jaque —me muerdo el labio con una sonrisa de satisfacción.

Ahora no tienen muchas opciones.

—¿No piensas ayudar?—le reclama a Rojas.

—Lo estas estropeando muy bien tú sola.

Hace una mueca de frustración y se talla los ojos para luego concentrarse de nuevo en el tablero.

Está sentada en el regazo de Rojas, quien se rasca la nariz con índice, claramente concentrada. Me encanta verlas así, al menos una cosa se les escapa de las manos a ambas y no puedo evitar celebrar esta pequeña victoria.

Rey por d4. Rojas ha hecho el siguiente movimiento, esto es mejor de lo que imaginé. Estiro el brazo sobre el escritorio para tomar mi peón cuando la puerta se abre de golpe y entra Jessie totalmente descolocada y respirando acelerado. De inmediato las tres nos levantamos.

—Se ha quemado —dice y la observamos interrogantes mientras camina hacia Beatriz extendiendo una revista—¡Tú casa!

Rojas en lugar de poner atención a la hoja mira a la joven rubia directamente

—Es una pena—lo dice en un tono que da a entender que aquello no tiene la mínima importancia.

Al final es Sandra quien coge la revista y de inmediato voy hacia ella. Nuestros ojos se abren cada vez más a medida que avanzamos en el artículo.

Un frío inexplicable comienza a subir por mi espalda.

—Beatriz es… —Sandra no encuentra palabras y yo aún estoy en shock.

—Trágico —murmura Rojas sentándose de nuevo en su lugar.

—Tu mansión ha desaparecido —exclama Jessie preocupada.

—Ya era muy anticuada.

—¿Estás investigando? —pregunto cuando por fin puedo decir algo.

Es inevitable recordar cuando Alejandra provocó una explosión en esa misma casa.

—Fue un accidente —asegura.

La miro a los ojos por un largo rato. Supongo que hay cosas que no pueden ser dichas en voz alta.

“Te amo”

“¿Quieren ser mis novias?”

“Incendié mi castillo de perversiones hasta los cimientos”

—Tendré una casa mejor — esto lo dice dirigiéndose a Jessie.

Sandra sonríe y gira hacia Beatriz para inclinarse y plantarle un tierno beso en los labios, en lugar de separarse pasa la mano por su espalda y con la otra le acaricia la mejilla.

—La tendrás. La tendremos —promete mirándola a los ojos.

—Esto es hermoso. Perdón si no lloro.

Las cuatro volteamos hacia la puerta y ahí, recargado en el marco, está William.

—¿Alguien ha visto a mi hermana?

—¿Qué quieres William? —pregunta Rojas y se recarga sobre el escritorio con los puños apretados.

Su hermano ríe con ganas.

—Ese papel te queda grande cariño —exclama burlón— esto es patético, te jodiste tú sola.