44. Visitas

Y cuando ellas se marcharon no me moví. No grité, no peleé… mierda, simplemente me rendí. Nos rendimos porque esa es una guerra que no íbamos a ganar. ¿Vale la pena seguir viviendo como un cobarde.

44. Visitas

—Ya para que abrirás un surco y me pones más nerviosa —me regaña Sandra.

Me paso los dedos entre el cabello y me detengo por unos segundos.

—Ya llevan una hora encerrados, ¿Qué pueden estar hablando? — tras decir esto de nuevo comienzo a caminar de un lado a otro.

—Sé lo mismo que tú –responde y se acerca para tomarme del brazo y empujarme contra una silla—ahora contrólate.

Comienzo a mover el talón de arriba abajo desesperada.

—No… no es verdad — la miro y me levanto de nuevo—tú los conoces mejor que yo. ¿Por qué crees que vino William?

—Alonso a publicado demasiadas cosas dichas por Beatriz y no olvides que su adorada casa acaba de ser destruida.

Aprieto los labios y me pongo las manos en la cintura. Eso es tan obvio que no me parece correcto.

—Su problema somos nosotras —le aseguro— la opinión de otros no le interesa, la casa la pueden reconstruir en tres días... él está aquí para que Beatriz nos mande al diablo.

—Tranquila. Cuando estaba conmigo lo único que hacía era llenarle la habitación de mujeres.

Cierro los ojos y muevo la cabeza de izquierda a derecha.

—¿Hablas en serio? — reclamo molesta—y apenas lo dices.

Doy un par de pasos largos con la intención de llegar a la oficina de Rojas, cuando Sandra pregunta.

—¿Confías en ella?

“Ciegamente”

—William está ahí—le recuerdo.

Sandra se encoge de hombros.

—Tú y yo sabemos que Beatriz terminó con ese juego.

Bajo la vista recordando la foto donde se apreciaba con claridad como la casa de Rojas era consumida por el fuego.

—Yo confío en ella –declaro convencida.

—Entonces vamos a dejar que hable con William.

Y esa conversación se alarga durante tres horas. Esto es ridículo, no pueden hablar por tanto tiempo y Beatriz no es muy conversadora. Casi podría cuantificar sin mucho esfuerzo las palabras que emplea al día.

Estoy corriendo alrededor del campo, Sandra me envió lejos porque ya no soportaba mi histeria y el ejercicio es la única forma que se me ocurrió para liberar el estrés. No sé cuántas vueltas llevo pero el sonido de mi teléfono me detiene en seco y veo un mensaje de Rojas.

“Oficina”

“También te eche de menos” pienso mientras atravieso los terrenos de Actex como si un lince estuviera detrás de mí. Me maldigo internamente por haber estado corriendo, no tengo tanta fuerza, hábilmente patino sobre los pasillos esquivando alumnos. Me pregunto qué pensaran al verme, al “vernos”. Supongo que ellos desarrollan sus propias teorías.

Cuando llego al corredor donde está nuestro dormitorio me encuentro con Sandra casi a punto de abrir la puerta, pero al poner su mano sobre el pomo escucha mis pasos y gira.

—¿Dónde estabas? —quiere saber notando que estoy bañada en sudor.

—Me echaste –le recuerdo cuando estoy frente a ella y pongo las manos sobre mis rodillas inclinándome para controlar la respiración.

—Te van a castigar— dice divertida—estás echa un desastre.

Y sin esperar abre la puerta y las dos nos quedamos en shock por varios minutos. En la oficina está Beatriz con tres mujeres.

Para ser honesta hubiera preferido que estas mujeres estuvieran desnudas sobre Rojas. Así al menos estaría furiosa, no aterrada. Ellas me asustan.

Es el lado más próximo a la puerta está una peligra alta, el tono cadavérico de su piel resalta bajo un impecable traje oscuro. Es la mujer a la que Rojas golpeo la primera vez que las vimos. Junto a ella está una rubia que claramente es la mayor de las tres y su mirada dominante me lo corrobora, tiene un traje tan elegante como su compañera bajo un trench turquesa opaco, exactamente el mismo color de sus ojos. La tercera visitante es pelirroja, y no lleva un traje a la medida, aunque también predomina el negro en su ropa, su estilo es más boho, falda larga, chal, joyas de plata. Si vienen con el cuento de brujas, a ella es a la única que se lo puedo creer, porque las otras dos parecen litigantes de bufete jurídico.

—Me estaba empezando a preguntar por esa cortesía de la que alardeaban el primer día que nos vimos—dice Sandra mientras entramos a la oficina y nuestros pasos nos colocan al lado de Rojas que se mantiene de pie detrás del escritorio.

—Les dimos una generosa cantidad de tiempo para reflexionar — asegura la pelinegra mientras su diabólica mirada pasea por nosotras— tienen algo que nos pertenece y venimos a recuperarlo.

Se hablaron muchas cosas, Rojas estaba preparada para esto y hacia referencias a obras clásicas de literatura para que Sandra no se perdiera ni un solo detalle, ambas hicieron frente a las brujas como expertas, expertas en un tema que aprendieron en cuestión de días.

A veces la vida se trata de dar saltos de fe hacia destinos desconocidos, sin pensar y sin miedo, solo dejar que el viento te lleve.

“20 metros, no permitiré menos” Rojas tiene un tono de voz especial cuando decide no aceptar negociaciones sobre una oferta y en ese momento lo usó.

No fue un encuentro agradable y cuando terminó una parte de mi solo quería coger un arma y dispararles hasta que las manos se me desprendieran del cuerpo.

Y cuando ellas se marcharon no me moví. No grité, no peleé… mierda, simplemente me rendí. Nos rendimos porque esa es una guerra que no íbamos a ganar. ¿Vale la pena seguir viviendo como un cobarde.

—Deberíamos estar en el infierno — dice Sandra un rato después, interrumpiendo el sepulcral silencio que estaba creciendo dentro de la oficina.

—Posiblemente no nos quieren ahí — murmura Rojas.

Acabamos de ofrecer la vida de un inocente a cambio de nuestra paz, si el infierno no es el lugar perfecto para nosotras entonces, ¿a dónde vamos?