45. Sangre 2 am - El Inicio De Todo

A Sandra Vega le gustan los juegos, le excita el peligro, se corre con el dolor. Y es todo lo que planeo darle. Abro la puerta de la biblioteca y avanzando descalza llego hasta una de las mesas, ¿Cuántas veces hicimos el amor aquí?  

45. Sangre 2 am - El Inicio De Todo

    Sé que voy a morir. Mi vida no fue larga y estuvo siempre sumergida en el rechazo y el caos, resulta hasta cómico que mi única certeza será la última. 

    Los pasillos de Actex son un frío y aterrador cuento macabro, si esta fuese una historia de terror tendría que recordar a Lovecraft cuando escribió “Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí se suceden acontecimientos -incluso próximos a lo cotidiano- que atraen a hados y demonios.” 

    Un día dos mujeres vieron en estos muros la oportunidad de esconder peligrosos secretos y decidieron aprovecharla, pero construyeron su ambicioso y lucrativo negocio sobre el mayor templo de idolatría y no se molestaron en retirar las pinturas que decoran las paredes o las siniestras esculturas que resguardan algunos corredores, vigías de piedra que te observan en silencio mientras pasas juntos a ellos a mitad de la noche. 

    Pero no hay tiempo para buscar referencias de Lovecraft. Porque esta historia no va de eso, esta historia es sobre una estúpida chica que se enamoró de su profesora. 

    A Sandra Vega le gustan los juegos, le excita el peligro, se corre con el dolor. Y es todo lo que planeo darle. Abro la puerta de la biblioteca y avanzando descalza llego hasta una de las mesas, ¿Cuántas veces hicimos el amor aquí?  

    Sonrío recordando a detalle cada una. 

    Ahora ella tampoco las olvidará. Me subo y abro el puño viendo la pequeña pastilla que llevo en la mano, sin pensarlo me la trago y rápidamente suelto la cuerda para atarla a una lámpara… no tengo mucho tiempo, debo morir ahora… 

     

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    Despierto tosiendo y doy un giro brusco sobre la cama que me hace caer a un lado. 

    —Mierda — me quejo sintiendo un dolor atroz en la espalda y me llevo las manos al cuello para quitarme una cadena que Rojas me dejó puesta. 

    Sus malditos juegos me causan pesadillas y me provoca escalofríos solo pensar en eso. Fue demasiado real y está claro que estaban relacionados con Alejandra. 

    — No creerás lo que acabo de soñar –digo levantándome para regresar a la cama y entonces me doy cuenta que no hay nadie en ella—¿Rojas?  

    Camino hacia el cuarto de baño y tampoco hay rastros. Me cruzo de brazos pensando, quizá decidió ver a Sandra, cuando la llevamos a su departamento estaba especialmente afectada después de nuestro “acuerdo” con las brujas y posiblemente Beatriz decidió ir a ver cómo sigue.  

    Por un momento me resulta tentador regresar a la cálida cama, pero después de ese sueño no quiero dormir sola así que decido ir con ellas. 

    Salgo de la habitación pasando por la oficina.  En ese momento sé que algo anda mal, quizá debí saberlo desde que mis sueños me llevaron a la noche en que Alejandra decidió poner fin a su vida. La calma es peligrosa porque te envuelve, te permite aburrirte y te hace creer que se quedará siempre a tu lado. Pero estamos en el internado y la realidad me sacude violentamente. Hay documentos regados por todas partes, las cosas sobre el escritorio están revueltas y cerca de la puerta hay una blusa con manchas de sangre. Cuando la levanto y mis dedos exploran la suavidad de la tela solo puedo pensar en una persona: Sandra Vega. 

    Salgo corriendo porque no necesito otra señal, esa blusa es de Sandra y la sangre también le pertenece, hay conexiones que no pueden ser explicadas y yo que lo he probado todo de ella reconozco ese liquido a la perfección. Sandra me necesita. 

    No pienso llegar tarde, no sucederá de nuevo. Atravieso los aterradores pasillos sin encontrar a nadie, he notado algo en Actex y es que en algún momento de la madrugada cada quien vive su propia realidad, como si por unos minutos te quedaras completamente solo y por desgracia he caído en ellos.  No hay rastros de los guardias que habitualmente mantienen todo bajo control, no hay estudiantes rompiendo las reglas, ni profesores haciendo sus reglamentarios recorridos nocturnos. Y cuando entro al departamento de Sandra tampoco está Jessie.  

    Me llevo las manos a la cabeza. Si no aparecen en dos minutos voy a empezar a gritar sus nombres hasta quedarme sin voz. 

    Abandono el departamento sintiéndome mareada, me duele el cuerpo, me arden los ojos y mi cabeza da vueltas. El pánico está tomando el control de cada uno de mis átomos y si dejo que las cosas continúen así no voy a poder hacer nada para ayudar a mis mujeres. Avanzo por el pasillo con una densa niebla pegada a mis parpados, debo sostenerme de las paredes para continuar caminando y me sobresalto al sentir la presencia de alguien más. 

     — ¿Gabriela? ¿Todo está bien? 

     En estos días he aprendido reconocer la voz de Castillo. 

     — Aléjate de mi 

     Justo hora no me interesa lo que ese idiota tenga que decir. 

     — ¿Gabriela? — pregunta preocupado — ¿Estás...? 

    Siento su mano posarse en mi brazo y cuando intento alejarme pierdo el equilibrio. ¿Qué diablos me está pasando? Me tallo los ojos, pretendiendo que eso me ayude a recuperar la vista. 

    —¿Estás ebria? quieres saber colocándose a mi lado. 

     Muevo la cabeza negativamente 

     —Sandra... 

     Alonso me mira con el ceño fruncido y luego voltea hacia el desierto pasillo como si fuese capaz de ver algo que yo no percibo. 

    Ella siempre se queda con ustedes. 

    No está —musito débilmente— No está Beatriz... 

     Me pongo la mano en el pecho. Estoy teniendo un ataque de pánico en el peor momento. Intento levantarme, pero mis músculos son gelatina y Castillo no parece dispuesto a ayudar. 

    Quizá están juntas sugiere intentando calmarme. 

     Jessie tampoco está — informo. 

     Alonso de nuevo mira al frente y se queda en silencio por lo que parecen minutos hasta que su fingida amabilidad se esfuma.  

     —Quizá decidió escapar, quizá ya sabe la verdad... ustedes la entregaron. 

    Me arrastro hacia atrás, tratando de poner la mayor distancia posible entre nosotros. 

    —No sabes lo que dices—espeto. 

    Yo sé de egoísmo y de crueldad. No sé dónde están Beatriz y Sandra, pero la justicia tarde o temprano las va a alcanzar. 

    Esas palabras son el impulso que estaba necesitando, me levanto y el mundo recupera sus colores. 

    —Mas tarde me encargaré de ti le digo con asco y paso por su lado. 

    Necesito encontrarlas. Atravieso los pasillos con esa única idea en mente y decido no perder el tiempo adivinando, voy hasta la habitación de Navarro y golpeo la puerta una y otra vez hasta que una rubia con gesto malhumorado aparece frente a mí. 

    —Tú te lo estás buscando –camina afuera y me empuja. 

    Pero no la dejo emitir un reclamo porque de inmediato le ordeno. 

    —Muéstrame las cámaras. No logro encontrarlas. 

    Navarro se cruza de brazos. 

    —¿Y eso te sorprende? 

    —Déjame ver las putas cámaras en este momento. 

    —¿Ya notaste que no tenemos luz, imbécil? 

    En un arrebato de ira tomo a Marcela y la estampo contra la pared. 

    —No me jodas… 

    —Yo no controlo el clima, hace cómo dos horas hubo una tormenta y se fue la luz, los guardias están revisando el sótano y los alrededores, fue lo que Rojas ordenó si sucedía algo como eso. 

    —¿Que está pasando? –pregunta Orozco saliendo de la oficina bastante desorientada. 

    Suelto a Navarro y le doy la espalda con mi cerebro trabajando a tope. ¿Dónde diablos se metieron? 

    —¿Gabriela? – la voz de Orozco suena preocupada. 

    —No están... Sandra, Beatriz... ni Jessie. 

    —Vamos a buscarlas—sugiere— tenemos que dividirnos y… 

    —Alto, mujer maravilla —interrumpe Navarro — que usted no se mueve de aquí hasta que no sea seguro. 

    Estoy pensando en tantas posibilidades que la cabeza me da mil vueltas y no puedo escuchar la discusión entre Orozco y Navarro.  

    ¿Dónde están? 

    Cierro los ojos dejando que mi corazón sea el que de opciones. Las conozco. No pueden haberse alejado demasiado, no pueden...  

    Volteo hacia Orozco y le pido un rápido favor antes de salir corriendo. 

    Si, son mis mujeres y sé exactamente dónde están.