47. Sangre 4 am - Todo Por Mí

—Los deseos que sentimos por los grandes crímenes son siempre más violentos que los que sentimos por los pequeños. —Levanta su otra mano a la altura de mis ojos y al abrirla me muestra una pequeña pastilla de color lila— los placeres que nos dan tienen una sal mil veces más excitante.  

47. Sangre 4 am - Todo Por Mí

Tomo a castillo del hombro, ni siquiera se puede mantener en pie, mis golpes mezclados con las heridas internas que dejó Beatriz le están pasando factura, ¿esta es la recompensa por intentar ser el héroe?  

Lo empujo contra uno de los muebles y usando las correas aseguro su cuerpo para que no pueda moverse, cuando me acerco con la intención de pasar una cadena alrededor de su cuello Alonso susurra en mi oído. 

—En el fondo sabes que no eres como ellas — dice débilmente—aun estás a tiempo. Tú no eres una criminal. 

“Ellas” esa palabra me hace recordar que siguen aquí y cuando giro encuentro a ambas mujeres mirándome con atención, deleitándose ante mi iniciativa. Hay algo en esos ojos que me enciende aún más. 

Beatriz se me acerca, pone su mano en mi abdomen y sus labios dejan un beso húmedo en mi cuello para después susurrarme al oído. 

—Los deseos que sentimos por los grandes crímenes son siempre más violentos que los que sentimos por los pequeños. —Levanta su otra mano a la altura de mis ojos y al abrirla me muestra una pequeña pastilla de color lila— los placeres que nos dan tienen una sal mil veces más excitante.  

Muerde el lóbulo de mi oreja con intensidad. 

—Gabriela –murmura Alonso— te está manipulando para que te conviertas en ella. 

Los pasos firmes de Sandra lo interrumpen y cuando se detiene a mi lado sostiene una daga por el filo, ofreciéndomela, pero mantiene los ojos fijos en Alonso. 

— No importa cuantos horrores hayas leído o presenciado, y no importa quien los haya echo, una cosa te puedo asegurar. Todo fue por mí. 

Sonríe y voltea para verme, en ese momento alargo el brazo y tomo la daga. 

“Sólo soy en sus manos una máquina que ella mueve a su capricho, y no hay ni uno de mis crímenes que no le sirva.” 

El metal se abre camino sobre su carne y esos gritos hacen eco dentro de mi cabeza, provocando vibraciones deliciosas a mis sentidos. La droga empezó a hacer efecto porque veo mis propias manos como si pertenecieran a alguien más. La sangre caliente resbala por mi cuerpo y la lengua de Beatriz juega con mi oreja, mordisqueando mis puntos débiles.  

—El rojo es tu color — escucho decir a Sandra mientras toma mi barbilla y me hace girar el rostro para pasar su lengua sobre las gotas de sangre que hay en ella—compláceme. 

Y lo hago, sigo sus instrucciones al pie de la letra, me deleito raspando los nervios de aquel hombre con un cortaplumas, ya he olvidado su nombre y la sangre sobre su rostro le ha desaparecido las facciones, le he arrancado la lengua y no puede emitir palabra alguna, ya no es una persona, es el juguete que uso para deleitar a mis mujeres. 

Quemar carne humana es una de esas cosas que tienes que hacer por ti mismo para entender el aroma, porque no se puede describir, pero una vez que lo hagas lo reconocerás siempre. 

Y una vez que lo haces, si eres una persona ordinaria, no querrás olerlo de nuevo nunca. 

Es inquietante, para nada agradable y, de hecho, considero que es un poco doloroso emocionalmente... porque cuando puse el mechero sobre la entrepierna de aquella criatura fui consciente de que un ser humano, como yo, recibía una dosis del peor dolor que una persona puede experimentar. 

Unas manos van despojándome de la ropa mientras los gritos de ese hombre continúan rebotando en mi cerebro. 

—Lo estás haciendo bien, nena — susurran despacio. 

Siento una mano pellizcarme los pezones con la punta de los dedos y eso hace que mi deseo se desboque. Tengo que reprimir un gemido. 

—Dime que quieres que te chupe los pezones, que los succione. —la voz de Beatriz suelta calor sobre mi oreja y siento que las piernas me tiemblan. 

—Quiero que me chupes los pezones… —Jadeo cuando gira un poco sus dedos provocando que una corriente eléctrica me sacuda por dentro. 

—Sigue —ordena, negándose a darme lo que deseo si no se lo pido.  

—Quiero que los succiones.  

Inclina la cabeza y me roza cada erizada cima con la lengua antes de metérselas en la boca. Enredo los dedos en su pelo para que no se retire. Chupa uno, mordisqueándolo con suavidad, antes de dedicar al otro el mismo tratamiento. Cuando por fin levanta la cabeza, hay fuego en su mirada. 

Cierro los ojos y respiro profundo, huele a dolor... a sangre. El cosquilleo en mi entrepierna lo justifican dos dedos resbalando sobre mi humedad, Sandra entra tan profundamente que me pongo de puntillas y luego hace hábiles movimientos en mi interior, al mismo tiempo que me frota el clítoris con el pulgar. 

Y mientras ellas me dan placer la vela encendida chorrea cera ardiente sobre los ojos del desconocido, quien lanza un lamento agónico y Beatriz se pega más a mi cuerpo. 

—Ahora abre la boca muy despacio.  — dice colocando una copa frente a mí, mientras la otra mano continúa sujetándome la cintura con firmeza — Deja que caiga, que resbale por tu barbilla.  

Separo los labios y permito que el ardiente líquido se deslice entre ellos. Me gotea por la barbilla y la garganta, desde donde se dirige hacia la izquierda para dejar un reguero por el pezón antes de gotear encima de mi muslo izquierdo. Desde allí, chorrea para caer por el interior de mis piernas, hasta mi sexo. Sandra se arrodilla y lo detiene con la lengua. 

Comienza a lamer aquel elixir desde mi rodilla hasta la parte superior del muslo, dibujando la curva de los músculos. Saborea la piel, acercándose cada vez más al lugar donde palpita mi clítoris, algo que siempre parece ocurrir cuando ella está cerca, pero se detiene antes de llegar, cuando está tan cerca que me dan ganas de gritar para animarle a continuar. Entonces sigue el rastro que la sangre ha dejado en mi estómago hasta el pezón, que lame y chupa hasta que cada gota está en su boca. Rojas vierte otra poca de sangre, esta cae por el centro de mi barbilla hasta mi esternón, entre los pechos y abre un nuevo sendero por el centro de mi estómago. La primera gota que se desliza entre el cuidado vello púbico acaba llegando hasta mi sexo, tan sensible y receptivo que lo siento como escape de una corriente eléctrica. Permito que el resto de la sangre chorree de entre mis labios, muy consciente de que aquella lluvia ardiente no se detendrá hasta que alcance el lugar que tanto anhelo. Sandra alarga el brazo y mueve un dedo entre mis muslos, empapándolo en el líquido que acaba de llegar. Sus ojos buscan los míos cuando se lleva el dedo a la boca.  

—Me encanta… —susurra. Inclina la cabeza y me besa la parte interior del muslo—. Pero no sabe tan bien como la tuya. —Con un largo lengüetazo, lame la abertura entre mis piernas. Su boca está muy cerca de mi centro empapado, tan cerca que siento su cálido aliento—¡Tu sabor me enloquece…! 

Rojas atrapa mis labios para probar la sangre, mi lengua tiembla al sentir que sus labios succionan el interior de mi boca, en ese momento Sandra coloca las manos en el interior de mis muslos y los separa todavía más para cubrir mi sexo con su boca. Con un rápido envite, noto dentro su lengua. Mis rodillas no aguantan y por suerte Beatriz es lo suficientemente fuerte para sostenerme. Solo quiero que siga y casi se lo pido a gritos al sentir que su lengua me abandona y se levanta despacio. 

—Dame un poco más — me pide Beatriz y Sandra llega hasta mi boca, las tres compartimos un húmedo beso con sabor a sangre. 

—Quiero que tu mano entre por su ano con un escalpelo para romperle las entrañas –ordena Vega — sigue nena, no sabes todo el placer que nos estás dando. 

Entonces toma a Rojas la hace girar para ponerla contra su pecho, esto la deja mirando directamente a nuestra víctima, y mientras yo me acerco a él siguiendo las instrucciones de Vega, esta comienza a masturbar a Rojas. 

Si leyera a Sade tan religiosamente como ellas podría justiciar de una mejor forma todo lo que pasó, pero mi mejor excusa es el placer. No puedo hablar de lo que experimenté mientras arrancaba gritos de dolor a un hombre al mismo tiempo que Sandra y Beatriz me guiaban al orgasmo por nuevos caminos. Mucho de lo que hice solo pude verlo en los cuadros que decoraban aquella lujosa mansión y que ahora solo son cenizas, 150 pasiones criminales... Todas en orden, todas sobre el hombre que llegó aquí queriendo atrapar a mis mujeres.  

 

“Le introduce fuegos de bengala en el ano” 

“Lo amarra a una cruz de San Andrés suspendida en el aire y allí lo azota con todas sus fuerzas por toda la parte de atrás” 

“Le clava grandes alfileres en todo el cuerpo” 

“Lo obliga, con la pistola en el pecho, a masticar y tragarse un carbón ardiendo” 

“Arranca dientes y araña las encías con agujas. A veces las quema” 

 

Cuando la pastilla comienza a perder efecto y los colores ya no son tan vivos, siento el aliento de Sandra en la oreja. Algo se mueve en mi interior. Percibo el aire sobre mi piel cuando me lleva a la cama. De pronto hay un colchón bajo mi espalda y un cuerpo caliente atrae mis nalgas hacia un objeto duro que reclama la entrada a mi interior. Sandra no duda al clavarse profundamente y sus caderas me golpean tan fuerte que por detrás algo más me entra al cuerpo. Estando acostada en medio de ellas, Beatriz sujeta mi cintura guiando los movimientos para que el arnés de ambas se clave más profundamente en cada envite. El éxtasis se acerca, el placer es demasiado intenso. Las sensaciones que me atraviesan me indican que estoy a punto de desmoronarme. Un poco antes de cerrar los ojos, impotente, veo que Sandra me separa las piernas aún más para que Rojas pueda frotar mi sensible brote con el pulgar. Las paredes de la habitación amortiguan nuestros gemidos. 

Descansamos juntas, regresando lentamente a la tierra. La respiración de Sandra es pesada junto a mi oreja. Cuando me he recuperado un poco del resuello, noto los labios de Beatriz en mi cuello. Giro despacio notando por primera vez cuan resbaloso está mi cuerpo y supongo que, al igual que ella, estoy cubierta de sangre. Alzo la cabeza y busco su mirada. No estoy segura de qué dicen sus ojos, pero creo que mi corazón sí lo entiende. 

Aquí se termina esta historia. 

Abandono la realidad cubierta por los brazos de unas mujeres que siempre me tendrán bañada en sangre y no puedo cuantificar lo protegida que me hacen sentir. 

¿Lo matamos? No, porque una vez que pruebas este tipo de diversión no puedes renunciar a ella, de cualquier forma, si las brujas dicen la verdad, ya estamos en el infierno. 

Dicen que en Actex todos encuentran una razón para quedarse... yo encontré dos.