I. En Atlantis

Seguramente en el infierno aplauden la habilidad de Vega para escapar de sus guardias. Beatriz consulta su reloj por tercera vez y el chofer, que alcanza a ver aquel gesto desde el retrovisor, la conoce lo suficiente como para saber que aquello no es una buena señal. Y por supuesto que no lo es, la experta en gestión y evaluación de proyectos de inversión debería encontrarse sobrevolando el atlántico y no persiguiendo a una joven rubia por los barrios más peligroso de la ciudad.

I. En Atlantis

Seguramente en el infierno aplauden la habilidad de Vega para escapar de sus guardias.

Beatriz consulta su reloj por tercera vez y el chofer que alcanza a ver aquel gesto desde el retrovisor, la conoce lo suficiente como para saber que aquello no es una buena señal. Y por supuesto que no lo es, la experta en gestión y evaluación de proyectos de inversión debería encontrarse sobrevolando el atlántico y no persiguiendo a una joven rubia por los barrios más peligroso de la ciudad.

Después de un largo recorrido, el elegante Rolls-Royce Wraith se detiene en la entrada de una escandalosa discoteca y la pelinegra echa un vistazo a la ruinosa fachada; según el último mensaje de Velasco ese nido de ratas es el lugar donde puede encontrar a Vega a esas horas. Pone los ojos en blanco antes de abandonar la seguridad de su vehículo y se dirige a la entrada, sabe qué clase de lugar es ese y que la vean ingresando a un sitio con esa reputación supone un peligro para su imagen. Le paga al tipo de la puerta sin intercambiar palabras con él, ni se toma la molestia de mirarlo.

Tratándose de placer prefiere la privacidad de su mansión y obviamente la limpieza, cualidades que Atlantis está lejos de poseer. Cuando el impacto de las luces de neón la dejan momentáneamente ciega, comprende que encontrar a Sandra le tomará más tiempo del estimado y se pasa la mano por el corto cabello negro un tanto malhumorada.

La hará pagar por esto. Claro que la hará pagar.

Ahora gracias a la joven rubia va a perder un negocio de millones. Esta vez no solo está irritada, apenas le ponga las manos encima le demostrará que incluso ella tiene límites.

Un rato después logra localizarla, si creyera en el destino podría apostar que es eso lo que siempre termina guiando sus pasos hacia Vega. O tal vez es algo más simple, la conoce bien. Cerca de las bebidas y de las mujeres.

Está acompañada por una mujer un poco más joven, cuya magnética mirada sigue el movimiento de los labios de Sandra, mientras le dice algo que seguramente ni siquiera alcanza a escuchar por el sonido de la música, pero aún así le sonríe embobada y Vega acerca esos labios que tanto la enloquecen al cuello de la desconocida.

Se detiene y la observa a un par de metros de distancia. Sandra posa su brazo en la cintura de la joven y puede apreciar la firmeza de su agarre justo en el lugar donde puede tenerlo todo, pero no reclama nada. Por eso es la chica quién al final se mueve y pide el contacto de sus cuerpos, pegándose más a ella y cediendo de esta forma al discreto control que Vega desea ejercer sobre ella.

Las continúa observando y no pasa mucho tiempo antes de que Sandra descubra su presencia, ahí está de nuevo, el destino o la mala suerte que siempre las une, y ambas se miran fijamente por unos momentos mientras la desconocida besa el cuello de Vega, quien le dirige una sonrisa insinuante y arquea una ceja.

Rojas se humedece los labios olvidando su enfado con Sandra, sin duda ha sido una buena estudiante y quien mejor la ha entendido en mucho tiempo. Aún tiene una jaula preparada para ella, pero esta noche necesita relajarse y las piernas de aquella chica, que besa apasionadamente a su mujer, parecen un buen refugio.

 

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Se mantiene a una distancia prudente analizando aquella escena.

Sandra sabe que está ahí, atenta a cada detalle y aprovecha a seducirla recorriendo el cuerpo de la señorita Prado mientras sus lenguas se encuentras en un ritual lento y provocador para que la joven pueda seguir el movimiento de sus labios. Tantea un poco el terreno y la muerde despacio, siente todo su cuerpo tensarse, pero no interrumpe el beso y eso la anima a aumentar el ritmo. La sostiene con más fuerza y se permite ser un poco ruda, no tarda mucho en darse cuenta que aquel juego le gusta y piensa aprovecharse de ello. La siguiente mordida logra perturbar un poco a la joven y no es para menos, una delgada gota de sangre colorea sus hermosos labios. Sandra la analiza despacio y Prado se abalanza de nuevo sobre ella juntando sus bocas.

—Sabes muy rico —le dice entre besos mientras la joven rehúye inocentemente a sus dientes— quiero probar más.

—¿Sangre? —ríe Prado, con la respiración entrecortada.

Sandra de nuevo gana terreno sobre su boca y logra atrapar con sus dientes el labio inferior de la joven, lo muerde y escucha fascinada el quejido de dolor que escapa de su boca.

—Tu sangre —declara pasando la lengua sobre el labio que ha atacado, brindándole un poco de alivio.

—¿Sabes que es extraño? —se burla la guapa chica de ojos verdes sin alejarse ni un poco.

—Y tiene recompensas —promete Vega en voz baja.

Atlantis, es el lugar perfecto para que nadie interrumpa aquello, mete su mano bajo la blusa de la joven apretando esos pechos que captaron su atención desde el momento en que la vio. La escucha jadear entre sus labios cuando aprieta uno de sus pezones.

—Es tan delicioso el placer que se dan las mujeres entre sí que no aspiro a casi nada más.

Sonríe al escuchar a Beatriz detrás de ella y Prado se sobresalta.

—¿Quieres probar? —la invita provocadoramente y aprovecha la cercanía de Rojas para buscar sus labios. La boca experta de aquella mujer que tiene dosis altamente adictivas de placer ocultas tras cada músculo. Pero no se detiene mucho en Beatriz y regresa a los labios de la joven, para su suerte Prado no se aleja. Puede darse cuenta que huir no es lo suyo, por eso terminó en un lugar como Atlantis.

—¿Vienes con nosotras? —la cuestiona Sandra dedicándole una sonrisa tras la que oculta las ganas que tiene de hacerla suya.

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Melanie hasta entonces había decidido que quería tener algo con la guapa rubia, pero la idea de que una mujer más estuviese involucrada le asustaba un poco.

Analiza fugazmente a la recién llegada, una mujer mayor, mucho más que Sandra, de aspecto autoritario con un fino traje negro y cabello corto.

Tal vez si la mano de la rubia no estuviera haciendo maravillas sobre sus pechos podría negarse, pero en ese momento el infierno estaba entre sus piernas y necesitaba que lo apagaran, supuso que un par de manos serían de mucha ayuda en una situación así, y no lo pensó dos veces al ceder.

—No iré muy lejos de aquí —declara tratando de ordenar sus ideas, lo cual es sumamente complicado con la lengua de Sandra deslizándose sobre su cuello— he venido con amigos.

Beatriz no espera más respuestas y comienza a caminar hacia la salida. La joven deja que su lengua trace la sonrisa que han dibujado los labios de Vega, y mientras la conduce a un lugar más privado disfruta en el trayecto de sus manos recorriendo su cuerpo.

—Te gustará —promete Sandra en su oído.

—¿Hacen esto seguido?

—Sí, pero hoy no es uno de esos días —le confiesa con una sonrisa—ella me quiete matar.

—¿Es tu novia?

—La única relación que tengo con ella es de problemas.

—Parecen ser tu especialidad —le sonríe Melanie.

—No tienes idea —susurra Sandra empujándola contra el auto.  

Un hombre las espera y abre la puerta, no le da mucho tiempo para apreciar el lujoso vehículo al que ingresan, encontrándose con Beatriz esperándolas dentro. Sandra va sobre ella y Prado puede apreciar con mayor claridad la apasionante escena entre esas dos, mientras recuerda las palabras de la desconocida.

Es tan delicioso el placer que se dan las mujeres entre sí que no aspiro a casi nada más.

¿De dónde salieron esas extrañas que parecen redefinir el concepto de un beso? Los músculos de su entrepierna se contraen pidiendo atención y ya que está ahí no piensa perder la oportunidad, no es una mojigata y lo demuestra acercándose para participar en aquel magnifico beso. Un choque de planetas provocaría menos caos en el encuentro de aquellas bocas, la búsqueda egoísta que cada una emprende por su propio placer las conduce a un éxtasis compartido donde pronto ya no sabe de quién son las manos que están metiéndose entre su ropa o de quién es la sangre que escurre sobre su barbilla, pero puede apostar a que el origen viene de su boca, siente dolor y arde, pero los dedos que se mueven con destreza entre sus pliegues y aquellos que aprietan con fuerza sus pezones le hacen olvidar su necesidad de quejarse, y aumentan aquellas incontrolables ganas de más.

Sus manos bajan por el cuerpo de Vega, pasean entre sus pechos y tira de su blusa desnudando aquel torso espectacular ante ella, cuando lo consigue los labios de Beatriz van al encuentro de los senos que acaba de desnudar, no pasa mucho tiempo y decide acompañar ese recorrido para terminan adorando la escultura de una diosa.

Beatriz la mira adivinando la urgencia que asalta su cuerpo y baja la mano delicadamente por su sexo, se acomoda sobre ella y lame la entrada de él con lentitud, no puede evitar proferir un gemido de placer. Ese demonio de cabello negro sabe perfectamente lo que hace. Intenta moverse, apartarse de ella, pero ésta mueve la lengua cada vez más rápido sobre su clítoris y al instante uno de sus dedos entra ansioso a su cuerpo. Jadea suavemente y se retuerce, si Rojas no deja de lamerla explotará como loca al instante. Sandra se inclina, desliza los dedos hacia sus pezones y los pellizca bruscamente retorciéndolos paulatinamente, primero uno y luego el otro.

Sus uñas se clavan en el brazo se Vega y siente su sexo cada vez más hinchado y más mojado.

Rojas succiona y lame, de vez en cuando mete la mano bajo sus nalgas y un suave pellizco controla el impulso y su orgasmo.

Está a punto de correrse, sus fluidos empapan la mano de Beatriz y su lengua relame cada centímetro de su cavidad, mientras contrae su pelvis intentando no sucumbir a su propio placer.

Nota la presión en el clítoris, como las manos entran en su cuerpo y sus pechos están sujetos por otras manos, no es necesario más para que un orgasmo espantoso se apodere de ella y grita como loca mientras la boca de Sandra la calla metiendo su lengua con firmeza. Tiembla y se arquea como puede hasta quedar exhausta.

—Vamos a mi casa —declara Rojas incorporándose— quiero enseñarte un par de cosas que te gustarán más que esto.