II. El Cuarto De Limpieza

Más allá de sus habilidades físicas, a Beatriz le gusta presumir su capacidad intelectual. Algo que al parecer también ha mermado con este repentino encuentro, porque le toma más tiempo del necesario comprender que aquella chica se está escondiendo de alguien.

II. El Cuarto De Limpieza

El eco de sus pasos es acompañado por la orquesta de una tormenta infernal que se ha desatado sobre el internado.

El mal clima es la única razón por la que decidió pasar la noche en ACTEX, cada vez es más aburrido hacer el largo camino de regreso a casa y cada vez encuentra menos razones para estar visitando aquel viejo edificio. Sandra puede mantenerlo bajo control, y Héctor se encarga de vigilarla. ¿por qué entonces continúa pasando noches aburridas recorriendo esos interminables pasillos? Honestamente ha intentado evadir la respuesta a ese cuestionamiento por años. Sobre todo ahora, que la rubia que la enloquece está demasiado entretenida bajo la falda de una estudiante.

Debería hacer un viaje largo, quedarse en la Isla Calivigny por un tiempo, las excusas para visitar el internado cada vez son más estúpidas, Sandra ha salido adelante y ella debería hacer lo mismo. Solo es una mujer, y ella tiene cientos. ¿Por qué la sigue rondando? Definitivamente otra pregunta que prefiere evadir, pues la respuesta de esta y la anterior es la misma. Una realidad que no soporta, que le provoca nauseas, que va en contra de su filosofía.

Se encuentra tan perdida en sus meditaciones, que no consigue escuchar a la chica que corre en su dirección y cuando va a tomar el pasillo del lado derecho, la estudiante se estrella contra su cuerpo.

Intenta mantenerse calmada, generalmente no le gusta explotar contra estudiantes tanto como lo hacen el resto de los profesores, a fin de cuentas, ella no trabaja en ACTEX y la disciplina es asunto de Sandra, no suyo. Por eso, el gesto aterrado de la chica cambia abruptamente al darse cuenta que frente a ella sólo está la licenciada Rojas.

—Lo… lo lamento —susurra apenada.

Beatriz no le presta mucha atención y está a punto de abrir la boca cuando la chica la toma del brazo y tira de ella para meterla en uno de los cuartos más próximos. Por lo general no es fácil tomarla por sorpresa, puede presumir de fuerza, agilidad y sorprendentes reflejos. Pero el movimiento de la joven es tan irreal, que no atina a recuperar el sentido común hasta que percibe el olor de los desinfectantes que abundan en el cuarto de limpieza.

—Señorita…

Y como si aquello no pudiese ser más ridículo la joven coloca una mano sobre su boca y la mira con los ojos muy abiertos, claramente asustada.

Más allá de sus habilidades físicas, a Beatriz le gusta presumir su capacidad intelectual. Algo que al parecer también ha mermado con este repentino encuentro, porque le toma más tiempo del necesario comprender que aquella chica se está escondiendo de alguien.

Esos tacones, los pasos firmes, largos y apresurados tienen una dueña. Solo conoce a alguien en el mundo que camina de esa forma, como si fuera intocable, como una reina, como si pudiera hacer exactamente lo que quisiera… no es otra, que su mujer. Empuja a la chiquilla torpe y quiere salir de ahí, pero Ferro se interpone en su camino.

—Estoy a prueba —dice en voz tan baja que a Rojas le cuesta escuchar esa confesión— Me va a expulsar.

Los pasos cada vez se oyen más lejos. ¿por qué Vega no está con la boba de Castro?

—Señorita Ferro, las reglas en este instituto son muy claras —empieza a decir Rojas sin saber muy bien porque le sigue el juego de susurrar— mi deber es llevarla ante la directora, y que sea ella quien determine su…

—Es la profesora Vega —explica Ferro con timidez— me quiere expulsar… no puedo ir a mi casa, más bien no tengo una casa… —habla tan rápido que Beatriz solo entiende la mitad— es complicado.

—Cuestiones que no me atañen —declara aburrida, su cabeza se ha ido detrás de Sandra y ahora no puede pensar más que en salir de ese asqueroso armario para cogerse a su mujer a mitad de un pasillo— ahora fuera de mi camino y la espero mañana en la oficina de la directora.

Pasa una mano por su pecho, alisando el traje que la impulsividad de Ferro le había arruinado, mientras la chica se hace a un lado. Está decidida a ir tras Vega, tiene ganas de ponerla contra la pared y demostrarle que sigue siendo suya. Pero algo en el gesto de aquella joven la detiene, ¿acaso la edad es lo que la está sensibilizando tanto?

—No quiero que me expulsen —dice Ferro en voz baja notando que la licenciada Rojas no se marcha.

Beatriz pone los ojos en blanco, no le interesa, pero aun así pregunta.

—Si es el caso entonces, ¿por qué decide deambular por los pasillos a estas horas?

La joven se muerde ligeramente el labio y agacha los ojos apenada, sin tener una respuesta para eso. O, mejor dicho, sin atreverse a dar una respuesta.

—No quería estar en el dormitorio.

Rojas entrecierra los ojos intentando comprender el desastre que tiene por cerebro aquella chica, de nuevo su mente prodigiosa tarda en darle respuestas. Ha escuchado un par de veces que Héctor y Sandra hablan sobre las actividades que realizan los chicos en el dormitorio, pero desde hace un tiempo prefiere dejar que sea Vega quien tome las riendas en esas situaciones, cuyas consecuencias pueden ser más complicadas que un examen reprobado. Sandra odia todo lo relacionado con la administración, pero dirigir un instituto como ACTEX implica más que dar clases y debe aprender a hacerlo. Ya le advirtió en reiteradas ocasiones que si una estudiante resulta embarazada ella deberá enfrentar las consecuencias con los tutores.

—Señorita Ferro —intenta ser paciente— en esos casos debe dirigirse con las personas adecuad…

—¿Para qué me maten? —pregunta sin dejar de cuidar el nivel de su voz— no gracias.

La estudiante se rasca la barbilla inconscientemente. Y Rojas no sabe si es porque la acaba de interrumpir de manera insolente, el haber escuchado a Sandra o el llevar más de dos semanas sin sexo, pero muy tarde se da cuenta que le está prestando a esa chica más atención de la que debería.

La delgada blusa se pega a su cuerpo dejando en evidencia unos pechos espectaculares, que delatan el cúmulo de emociones a las que se está enfrentando en esos momentos y Beatriz tensa los labios ligeramente. Nunca se ha contenido a la hora de buscar placer, pero definitivamente exige en sus amantes cierto nivel de experiencia, cualidad que sinceramente la chica frente a ella está lejos de poseer.    

—Diríjase a su dormitorio y no volveré a pasar por alto una situación como esta, queda advertida señorita Ferro.

La estudiante asiente varias veces nerviosa y humedece sus labios inocentemente, pero no se retira.

—Se lo agradezco mucho, licenciada Rojas —declara atreviéndose por fin a mirar los ojos de Beatriz.

Rojas se tensa aún más, su cuerpo ha decidido por ella y aunque se siente orgullosa al presumir que no se reprime en el sexo, someter a una estudiante supone muchos riesgos y no quiere problemas con la familia equivocada.

Pero cuando ha terminado de pensar eso, sus estúpidos antojos la han traicionado y pasa la mano por el cabello de la chica, enredando su dedo en la punta de una mecha que cae peligrosamente cerca de sus pechos.

La blusa es tan delgada que puede adivinar la suavidad de la piel que se oculta debajo.

¿Ferro? Intenta pensar si ese apellido le dice algo.

¿Qué tan importante es la familia de esta chica?

—Deberías irse, señorita —pasa la punta de la lengua sobre su labio, sabiendo lo que puede provocar con aquel gesto.

Beatriz no es sólo una mujer guapa, es inteligente, segura y tiene habilidades muy bien desarrolladas a la hora de hacer caer a sus amantes en su juego. Por eso no le sorprende que Ferro ni siquiera se inmuta cuando abandona su cabello para seguir jugueteando por encima de la blusa.

—¿Por qué no se quedó en el dormitorio? —cuestiona, dirigiendo su voz a ese punto medio donde puede provocarla y someterla con una sola palabra— ¿algo le asusta?

La joven se muerde ligeramente el labio sin atreverse a responder: “Usted”

Una verdad que ya se extiende por los largos pasillos del internado y no sólo para ella. Lo cierto es que la licenciada Rojas, con sus pocas palabras, su porte, la forma en la que mira y esa sensación que provoca en los demás, como si flotara siempre sobre ellos. Es algo que para muchos otros alumnos resulta magnético. Por eso el tenerla ahora deslizando los dedos sobre su blusa y aumentando las vibraciones de los átomos que componen su cuerpo, parece una más de sus fantasías.

—Prefiero estar aquí —su voz la traiciona, revelando todo lo que la licenciada está provocando.

Beatriz sonríe satisfecha. Ahí está la respuesta que quería, un solo roce y puede poner a sus pies a la mujer que se le apetezca. Debe parar con ese juego y enviar a Ferro a la cama… o quizá podría divertirse un poco más.

—Este no es un buen lugar —declara con ese mismo tono que hace flaquear las piernas de la joven.

Siente lo duro que está el pezón de Ferro cuando lo atrapa entre el índice y el pulgar. El instinto de la chica la atrae hacía ella y entiende que si no apaga esa chispa puede provocar un incendio.

—Pero la compañía es buena.

Mira hacía un lado. No quiere cometer una locura, esa es la clase de tonterías que hace Sandra, no ella. Ella es meticulosa, y si algo es seguro es que no se cogerá a una estudiante en el cuarto de limpieza.

—Retírese —ordena apartando la mano.

Sabe jugar y no duda de su habilidad. Pero hay juegos que pierdes, aunque ganes, y la brillante mirada de la joven no predice más que problemas.

—Una vez más, gracias por no delatarme. Licenciada Rojas —dice mirando al suelo.

Beatriz aprieta los dientes y cuando siente que el calor de la joven empieza a abandonar el pequeño espacio que compartían se da cuenta que la llama no es tan pequeña como creyó. A veces es tarde para correr, para pedir ayuda o para apagar el fuego… a veces solo tienes que consumirte y aceptar tu trágico destino. Es exactamente eso lo que la lleva a tomar con fuerza a Ferro y ponerla contra la pared para besarla, si es que a esa invasión posesiva de sus labios se le puede llamar beso. La chica pasa sus manos sobre los hombros de Beatriz y ella la levanta haciendo que enrede las piernas en sus caderas, logrando con esto un contacto más profundo entre sus cuerpos, mientras la batalla en su boca continua. Es tan inexperta como imaginó, pierde el aliento con facilidad, los labios le tiemblan cuando la muerde y su lengua la recibe con torpeza cuando se adentra en su boca, pero es justo eso lo que la mantiene aún más interesada en continuar, ha estado rodeada de amantes entrenadas justo para darle lo que necesita, para complacerla toda la noche. Ahora solo quiere perderse cinco minutos, disfrutar del placer de lo cotidiano y descargar todo lo que le ha provocado Vega sobre esa chica.

Toma el extremo inferior de la blusa de Ferro y lo levanta para perderse en esos pechos que tanto llamaron su atención, es toda una hazaña no atraparlos salvajemente entre sus dientes y beber de ellos un poco de sangre, hace mucho que no disfruta de una mujer tan joven y solo imaginar el sabor de Ferro la pone a mil.

¿Enserio se la va a tirar en el armario de limpieza?

Antes de poder responder a eso ya se ha desprendido de su propia blusa y es la joven quien devora sus pechos con una entrega casi religiosa.

La toma del cabello para obligarla a echar la cabeza hacia atrás y trabaja impecablemente sobre su cuello, mientras sus manos buscan el acceso a la húmeda intimidad que ya late ansiosa por recibirla.

Los gemidos de Ferro seguramente recorren todo el pasillo, pero el que alguien las pueda sorprender aumenta su interés en aquella experiencia.

Le encanta el sonido que hacen sus dedos entrando y saliendo de un cuerpo que se derrite por ella, que le suplica cada vez más. Es tanta la humedad que no puede resistir sacar los dedos y llevarlos a su boca para probar a la joven que se rinde ante ella.

—Mucho mejor de lo que esperaba —confiesa satisfecha y acerca esos mismos dedos a la chica— pruébate… —Ferro retrocede un poco, pero Rojas la fuerza a lamerle.

Pasa los dedos entre su lengua, entrenándola, enseñándole a moverse, a aplicar la fuerza suficiente, a disfrutar el olor y el sabor del sexo femenino.

—¿Te gusta?

La chica asiente, pero eso no es suficiente para ella y le da una bofetada.

—Sí —alcanza a afirmar Ferro, volviendo a recibir los dedos de Beatriz después de que esta juega brevemente con su intimidad.

Rojas es experta en lo que hace, pero justo ahora le precisa mas recibir placer que darlo, así que comienza a desprenderse de su propia ropa y toma a Ferro del cabello para obligarla a ponerse de rodillas.

—Pues vas a probar algo mejor que eso —la empuja contra su intimidad— comienza de una vez.