Juegos De Sangre

Necesitaba darle ese descanso a su mente y a su cuerpo, por eso no mide las consecuencias de sus acciones, actúa por instinto, busca el placer propio y cuando ha terminado de saciarse con la intimidad de aquella chica la toma del cabello, usa el anillo para desgarrar sus ropas y después la empuja sobre un potro.

Juegos De Sangre

Ya perdió la cuenta de los shots de vodka que se han deslizado por su garganta, generalmente no pierde el control a la hora de ingerir alcohol, conoce sus límites y es lo bastante lista como para no retarse a sí misma en cuestiones que nada le aportan. Pero también conoce sus límites en el sexo y está a punto de ignorarlos.

Necesita desahogarse, liberar la tensión y cuando entra al sótano se lleva una tremenda desilusión, fue muy específica a la hora de solicitar a su amante, así que no entiende por qué le han enviado a esta chica. La mira con detenimiento, es joven, alarmantemente joven y no aparenta en lo absoluto ser el reto que ha exigido.

—Largo —dice cuando la chica se percata de su llegada y la mira con el ceño fruncido— ¿Qué no escuchas?

—Me pagaron por estar aquí —la joven se cruza de brazos.

—No eres lo que pedí, largo —Rojas da media vuelta, parece que si quiere algo bien debe hacerlo ella misma.

—¿No puede conmigo? —escucha que la joven pregunta altiva.

Sobria no caería en niñerías, pero el alcohol en su cuerpo la hace girar y ver a la chica con el mayor desprecio que es capaz de reunir.

—No estoy para juegos —le advierte— largo, si sabes lo que te conviene.

La desconocida pone los ojos en blanco y entonces camina decidida hacia ella.

—Bien, pero más le vale pagarme… —declara pasando por su lado— esto me pasa por aceptar visitar a señoras…

La última palabra no le sienta nada bien a Beatriz y mueve el pie para ponerlo en el camino joven que sigue avanzando, luego hace un movimiento hacia atrás con su pierna y con esto provoca que la chica caiga de bruces contra el suelo.

Ahí está, dominada y sangrando sin el menor esfuerzo.

—¿Demasiado para ti? —pregunta con aburrimiento— lárgate al colegio…

La joven se levanta y limpia la sangre que escurre de su nariz.

—¿Un poco de sangre es su mayor reto? —pregunta acercándose a Beatriz y mirándola a los ojos, intenta disimularlo, pero lo inesperado de aquel golpe fue demasiado excitante.

—Parece que es todo lo que tú me puedes ofrecer —declara la mayor con aburrimiento.

Es experta en mujeres, la chica puede llegar a fingir indiferencia todo lo que quiera, pero sus pupilas delatan lo ansiosa que está por más. A alguien como Beatriz esto ya no le provoca nada, está acostumbrada a que las mujeres reaccionen de esa forma en su presencia, pero son pocas las que pueden disfrutar de un encuentro con ella y no porque le guste alardear, en realidad no muchas mujeres saben aprovechar el dolor.

—Puedo ofrecerle más de eso —dice la chica lamiendo el dedo con el que se ha limpiado la sangre y sus ojos se desvían hacia abajo fugazmente— ¿quiere probar?

Rojas aprieta la mandíbula, ha entendiendo esa oferta y sin saberlo esa niña ha adivinado su debilidad. ¿Hay algo que te garantice todos los favores de Beatriz Rojas? Sí, no hay duda que esto la hace cambiar de opinión, ebria o no, no podría rechazarlo.

—Muéstrame —ordena firme caminando hacia la silla de cruz que está en un extremo de aquel sótano.

La joven sonríe satisfecha, las instrucciones al entrar ahí han sido mostrarse reacia, le han indicado que esta clienta prefiere someterte por la fuerza, pero tiene en mente algo mejor que desobedecer a su orden y da media vuelta para caminar hacia ella despacio, dejando que los ojos de la guapa pelinegra analicen detenidamente el vaivén de sus caderas, se acomoda en el hueco que deja la silla, entre las piernas abiertas de Rojas, pero sin llegar a rozar su cuerpo y se inclina ligeramente para quitarse la panty de encaje, la pequeña prenda se desliza entre sus piernas y tarda más de lo necesario, para dejar que los ojos de Beatriz disfruten un poco de su escote.

Al finalizar la sostiene con el dedo índice y se muerde el labio. Rojas arquea las cejas y extiende su mano para tocarle la zona intima, pero la joven tiene otros planes y entonces usa su mano libre para tomar el cuello de Beatriz, la empuja hacia atrás y cuando la mayor abre la boca para recuperar un poco el aire que este inesperado movimiento le ha robado, aprovecha para meterle la panty y con sus dedos la empuja.

Rojas sabe que puede tener el control cuando quiera, pero justo ahora disfruta del arrebato que la joven ha tenido y deja que aquel sabor invada por completo cada uno sus sentidos, su estúpido sentimentalismo la había privado de saborear a una mujer en ese estado desde hace mucho y ya lo extrañaba, cierra los ojos y echa la cabeza atrás dejando que la joven deslice sus dedos dentro de su boca y luego se masturbe con ellos, mezclando estas actividades para darle una dosis extra de ese sabor metálico que tanto la excita.

—¿Esto es suficiente para usted licenciada? —le susurra al oído.

Rojas respira agitada, solo tiene una respuesta para eso.

Mete la mano en su saco y siente el frio metal de un anillo rozar su piel.

—Tu nombre —ordena saber mientras abre los ojos para contemplar como la joven desliza los dedos humedecidos en su entrepierna.

—Francia Serrano —responde la chica despacio y satisfecha, sabe que para que un cliente se interese en ti debes ser muy buena.

—No, señorita Serrano. Esto no es suficiente —se pone en anillo y antes de que Francia pueda reaccionar desliza la filosa punta por su vulva.

El grito que esta acción provoca invade cada espacio del sótano y la joven da un paso atrás mientras la sangre se escurre entre sus piernas.

Se levanta y la toma del cuello para empujarla contra una camilla con cadenas, obligándola a levantar las piernas sobre los laterales, para poder comer de ella con total comodidad.

La joven aún está en shock, intenta moverse, pero es detenida por un azote, y cuando las púas de la pala se clavan en su intimidad un nuevo grito inunda la estancia. Ha tenido antes clientes con ese fetiche por la sangre, pero se limitaban a pequeños cortes, tanto como consigues con un alfiler al picarte el pulgar. Rojas lo disfruta a otro nivel, y los quejidos de Francia no hacen más que aumentar lo deseosa que está por probar más de ella, lame, succiona, muerde… se libera como hace mucho no podía hacerlo.

Necesitaba darle ese descanso a su mente y a su cuerpo, por eso no mide las consecuencias de sus acciones, actúa por instinto, busca el placer propio y cuando ha terminado de saciarse con la intimidad de aquella chica la toma del cabello, usa el anillo para desgarrar sus ropas y después la empuja sobre un potro.

Toma una máscara de latex y la coloca sobre el rostro de Serrano, nada le gusta más que la desesperación que sacude a los cuerpos de sus víctimas cuando los pulmones empiezan a contraerse desesperados, buscando más oxígeno.

Observa la colección de fustas que han puesto a su disposición y los ojos le brillan al contemplar el knut, un látigo ruso que termina en una delegada hoja metálica muy flexible.

Sonríe con malicia, y camina despacio por los costados del potro tomando las cadenas para inmovilizar a Francia. Esto será más divertido de lo que esperó en un inicio, piensa quitándose el saco y doblándose las mangas de su blusa.

Se coloca detrás de ella sosteniendo el mango con fuerza y se acerca a la joven, usa su mano firme para recorrer un trasero perfecto, con apenas rastros visibles de las marcas que han dejado sus antiguos clientes, y cuando la chica menos se lo espera levanta el knut y lo estrella contra su piel. Puede sentir como su propio cuerpo reacciona al infligir daño, la humedad entre sus piernas crece cuando se desgarra la carne tras cada azote, pierde la cuenta de las veces que el látigo se estampa contra el cuerpo de Serrano, la imagen ante ella se vuelve cada vez más exquisita, los gritos son ahogados por el latex creando una atmosfera tétrica y desoladora, y aunque al principio la joven se sacude desesperada, buscando liberarse, sucede lo mismo de siempre, el cerebro lo procesa antes de que ocurra, y se rinde ante su inminente destino.

—Es el cuerpo humano es algo fascinante —murmura Rojas inclinándose hacia ella y apretando por detrás la máscara de latex para cortarle aún más la respiración— sabe cuál es su lugar en el mundo, reconoce cuando está destinado únicamente para proporcionar placer.

Su pelvis choca contra el trasero ensangrentado de la joven y la desesperada búsqueda de aire la hace mover su cuerpo contra el de la mayor, con frenesí.

Rojas finalmente la deja respirar, aún no quiere terminar con ella. La libera de las cadenas y sujetándola con fuerza del cuello la lanza contra el piso, la joven está débil pero apenas se nota libre comienza a intentar quitarse la máscara. Beatriz contempla los objetos a su alrededor pensando cual será más divertido usar, mientras inconscientemente se acaricia la entrepierna, hace mucho que no está tan húmeda, caer en las estupideces del romance la ha obligado a privarse de esos crímenes que tanto disfruta, solo ahí encuentra el éxtasis real, cuando su cuerpo se calienta sobre las suplicas de una sumisa.

Toma una cadena que mantiene unidas tres pinzas de araña y antes de que la joven llegue a la puerta la empuja de nuevo contra el piso y se monta sobre ella.

Está sudando y sus ojos revelan que el miedo la invade, ya no es la joven altanera que se plantó ante ella y eso le dibuja un gesto burlón.

—Ya para —dice débilmente la chica— por favor.

Rojas acerca la pinza a sus pezones y cuando los filosos picos se clavan en ellos la joven se estremece y sus ojos enrojecidos sueltan otra lagrima.

—Mi alma es el receptáculo de todos los vicios y de todos los crímenes más increíbles —dice en voz baja y toma la tercera pinza para colocarla en el clítoris de Serrano quien intenta escapar, pero con una bofetada Rojas consigue evitar que siga luchando— Incendiaria, parricida, incestuosa, sodomita, tríbada, asesina, envenenadora, culpable de violaciones, robos, abortos y sacrilegios —sujeta la cadena y tira de ella haciendo que se levante, no necesita aplicar mucha fuerza, el dolor anima a la chica a obedecer, pero está tan adolorida que se tambalea peligrosamente y Rojas sin mucha paciencia la lleva hasta un trípode para suspensión —cabe afirmar con certeza que no hay crimen en el mundo que no haya cometido o hecho cometer.

—Afuera hay personas —solloza débilmente mientras un grillete se cierra alrededor de su cuello— no me puedes matar.

Beatriz activa un mecanismo que la hace ascender ligeramente, provocando que empiece a ahogarse, hasta que sus piernas logran posarse en los peldaños que sostienen el trípode dejando su cuerpo suspendido y ligeramente inclinado, a la altura adecuada para que Rojas tenga acceso total a cualquier zona.

—El mundo ya te considera muerta, solo respiras para mi placer.

Tras decir esto toma un dildo metálico y lo mete en la boca de Serrano por completo, provocándole arcadas. Rojas coloca la mano sobre sus labios, ejerciendo presión con el dildo dentro y pronto un líquido caliente escala por la garganta de Francia, al sentir la presión del vomito Beatriz acerca la garra a su cuello, los 15 centímetros de acero se clavan en ella, y con un movimiento completa el desgarre. Los líquidos ardiendo fluyen de la chica, bañándola por completo.

Se sostiene del cuerpo que da sus últimos espasmos y deja que la sangre continúe resbalando, mientras su otra mano se desliza por su entrepierna, buscando ese orgasmo increíble que solo el olor y el sabor de la sangre sobre ella le pueden brindar.

Sabe que aquello no le dará problemas, es Beatriz Rojas, ni siquiera es lo peor que ha realizado.  Su único dios es el placer, y está siempre dispuesta a sacrificarle todo. Es lista, hábil y ha cometido muchos crímenes.