40. Lluvia

Presa de una locura que no había experimentado antes la tomo con fuerza del cuello y doy la vuelta, haciendo chocar su espalda bruscamente contra la pared. Nuestros pechos laten como si tuvieran el mismo corazón. 

40. Lluvia

Presa de una locura que no había experimentado antes la tomo con fuerza del cuello y doy la vuelta, haciendo chocar su espalda bruscamente contra la pared. Nuestros pechos laten como si tuvieran el mismo corazón. 

—¿Sorprendida? 

Sonríe con maldad. 

—Te tengo tantas ganas que me haces perder la cabeza. 

Me jala con brusquedad para pegar sus labios contra los míos hasta dejarme sin aliento. 

Vuelvo a estar donde quiero estar. 

Por supuesto que le voy  hacer daño. Por supuesto que me va  hacer daño. Por supuesto que nos vamos hacer daño la una a la otra. Pero esa es la condición misma de la existencia. Para llegar a ser primavera, significa aceptar el riesgo del invierno. Para llegar a ser presencia, significa aceptar el riesgo de la ausencia.  

Me roza el labio inferior con la lengua y busca con ella una entrada que no le niego. La acepto en mi boca y nuestras lenguas se baten en duelo. Se le escapa un leve gemido de entre los labios cuando me acaricia la espalda con las manos y sube despacio hasta cobijar mi cabeza entre ellas. Me agarra la nuca con los dedos y apoya las palmas sobre mis pómulos. Sandra interrumpe el beso y yo jadeo ante la pérdida. Sus hombros se elevan y descienden debido a las respiraciones profundas con las que intenta llenar sus pulmones. De repente, apoya la frente contra la mía con los ojos cerrados. Parece estar sufriendo. 

—Puedes pedirme que pare cuando lo necesites. 

Y antes de que mi cerebro pueda procesar sus palabras me empuja fuertemente golpeándome contra la pared, apenas intento recuperarme de aquel movimiento brusco cuando ya me sujeta las manos encima de mi cabeza, tan fuerte que me duele, y sin más me besa desesperadamente, haciéndome un daño horroroso en los labios, intento resistirme, pero es inútil, Sandra es más fuerte que yo. Casi sin darme cuenta le estoy correspondiendo tan agresivamente como ella. Entre sus besos salvajes me conduce hasta la cama y me lanza sobre el colchón, está siendo brusca y eso solo me calienta más. 

—¿Le gusta así profesora Vega? —mi voz suena ronca, pero el fingido tonito de inocencia me sale perfecto. 

Mis palabras tienen el efecto que esperaba, los ojos de Sandra se iluminan y sonríe con malicia mientras se inclina hacia mí, exigiendo que abra para ella el camino entre mis piernas. 

—Me encanta cuando saltas cada vez que te toco aquí —con los índices dibuja círculos en mis puntos sensibles. 

Me cuesta mantener la compostura. 

—Me encanta lo mojada que estás por mí, aquí —Desliza un dedo dentro de mí, arrastra mis fluidos consigo y luego pasa la mano por mis labios. 

Gimo. 

—Sandra... —murmuro apretando los dientes. 

Y sin más me suelta una bofetada que me deja ardiendo la mejilla, abro la boca para reclamar, pero me toma del cuello con tanta fuerza que me quedo sin aire para hablar. No sé cuál de sus manos me tiene más dominada, si la que está alrededor de mi garganta presionando con fuerza, o la que continua en mi interior haciendo estragos. Me está reclamando y recordando a quién pertenezco. 

—Profesora Vega —me corrige mordiendo mis labios—Me encanta cómo sabes —Introduce el dedo en su boca y lo lame lentamente sin dejar de mirarme. 

Me deshago de placer al notarla sobre mí y me besa con la misma fuerza que momentos antes; entonces me dejo de reprimir, tomo su pelo fuertemente y tiro de él. Necesito ver sus ojos más que cualquier cosa. No se resiste y me mira con sus pupilas completamente dilatadas a causa de la excitación. Sus labios están rojos e hinchados. Cegada por el deseo muerdo su labio inferior hasta que noto salir de él un líquido salado, me aparto y veo cómo le sangra. Embelesada por aquello saco mi lengua y lamo la sangre que se escapa de la herida que acabo de hacerle. 

Estoy tan ensimismada que no oigo como gime del dolor, paro en seco... Ella me mira con los ojos como platos y para mi sorpresa sonríe, no puedo ver más porque se me lanza encima besando y mordiendo mis labios hasta mi cuello, pasando por mis pechos donde se perdió. 

No sé si grito o gimo, solo sé que siento su respiración en mi piel y eso hace que se acelere mi orgasmo. Forcejeamos un poco hasta que consigo quedar sobre ella, buscamos quitarnos la ropa al mismo tiempo y la cama se convierte en un campo de batalla donde cada una busca tener el control y someter a la otra. Cuando finalmente está desnuda ante mí me tomo el tiempo de contemplarla con la boca abierta, hipnotizada por la perfección de su cuerpo. 

Sandra se sienta en la cama conmigo sobre ella y me toma de las caderas para guiar mis movimientos, aprieto los ojos con fuerza y suplico que mi autocontrol aguante su irresistible contacto, desesperada empiezo a clavarle las uñas en el antebrazo, esto provoca que sus movimientos se vuelvan más agresivos, chocamos con fuerza, nuestros cuerpos colisionan y tengo que morder su hombro para ahogar un grito. 

—¡Mierda, Vega! 

Beso las marcas que han dejado mis dientes. 

—Vuelve a morderme en el hombro —jadea. 

Ah, le gusta. Recuerdo las veces que la he mordido y que le he clavado las uñas. Hago lo que me dice y gimo contra ella mientras vuelvo a morderla dominada por el choque de nuestros cuerpos. 

Poco después caemos desplomadas en la cama y dedicamos unos minutos a mirar al techo. 

Me acuesto de lado y sigo las pequeñas gotas de sudor sobre su frente. Ella voltea y me sonríe. 

—Quédate —pide mientras me aparta el pelo de la cara; los ojos le brillan de satisfacción. 

—Aquí estoy. 

—Permanentemente, en mi habitación. 

—¿Cómo si estuviera secuestrada? 

—Te quiero aquí cuando me voy a dormir —Lame mi labio inferior—. Y te quiero aquí al despertarme. Empezar y terminar mi día contigo es todo cuanto necesito. 

—No —respondo sin titubear— y a las peticiones siguientes también me voy a negar. No sabemos qué es esto. Nos gustamos, la pasamos bien, nos tenemos cariño, pero... no hay que apresurar las cosas. 

—Yo sé lo que no es —pasa sus dedos mi mejilla y descubro que aún me duele a causa de su bofetada— no es una ridícula historia donde nos prometemos amarnos para siempre, no te voy a dar flores, ni comprar chocolates —su mano desciende despacio hasta mis pechos —Seamos sólo un dulce amor platónico, no te toco, no me tocas. No te hiero, no me hieres. Ni me alejo, ni te acercas —deposita un cálido beso en mis labios— Solo la distancia necesaria para seguir sintiendo esto por ti. —me mira con tanta ternura que siento que me va a absorber— Y así el dulce amor platónico nunca se acaba y si se acaba, ni lo sientes. 

Le sonrío sin abandonar la prisión de sus ojos. 

—¿Esa es tu anti promesa de amor? 

—Yo te dejo ser tú, y tú me dejas ser yo —me dice muy seria— esa es mi anti promesa. 

Todo mi ser cobra vida cuando su lengua, caliente y húmeda, se desliza entre mis labios y da vueltas lentamente por toda mi boca. Tener sexo con la misma persona que te dice que te quiere con ojitos de amor, es un privilegio que pocos se dan. 

—Vamos —pide levantándose. 

—¿Qué? —la cuestiono un poco atontada mientras veo como busca su ropa. 

—Anda levántate. 

Va hacía el closet y me lanza ropa para que me cambie. 

—¿A dónde vamos? 

Pero no responde, en lugar de eso entra al cuarto de baño y yo me quedo sentada en la cama tratando se procesar sus instrucciones. Es tarde, está lloviendo y hace un frio de otro mundo. ¿A dónde vamos? ¿a la biblioteca? Es el único lugar que viene a mi mente y el último al que quisiera ir esta noche, bien si, acepto lo que ella sea, pero ya se acostó hoy con Rojas y conmigo, puede dejar a la muerta por esta noche. 

—Te cargaré y haré que salgas desnuda si no te vistes en 2 minutos —me regaña cuando sale y ve que no me he movido. 

Se ha recogido el cabello, lavado la cara y trae puesta una ropa muy común. No es normal me que siga enloqueciendo. Es una bruja y me ha hechizado, no encuentro otra jodida explicación. 

—Sigues sin decirme... Ya voy, ya voy —exclamo cuando veo que se acerca decidida, no sé por qué, pero si la creo muy capaz de sacarme desnuda de la habitación. 

Me visto con la ropa que me ha dado, y salgo de la recámara a su lado. Había olvidado lo que es caminar con ella abrazándome como si no existiera nada más en el mundo. 

—¿Me dirás a dónde vamos? —pregunto mientras avanzamos por los oscuros y tétricos pasillos. 

—¿Por qué no puedes sólo lanzarte conmigo al vacío sin hacer preguntas? 

—Estoy aquí —respondo con obviedad— ya me he lanzado suficiente ¿no crees? 

—Estas aquí —repite con sus labios sobre mi cuello mientras no dejamos de caminar y no es tan fácil mantener el equilibrio con ella besándome, apretando mi trasero o mordiéndome el brazo. Nos balanceamos de un lado a otro, cualquiera al vernos puede pensar que estamos ebrias. 

—Dime que a ti también te asusta este lugar —le pido en voz baja mientras el sonido de nuestros pasos irrumpe bruscamente la tranquilidad del silencio— es que parece el lugar ideal para los fantasmas. 

Ella se ríe. 

—Sigues con eso. 

—Hace un rato... fui a buscarte a la biblioteca —le cuento— pensé que estabas allí y diablos, casi podría apostar que había unos 5 duendes ocultos mirándome. 

—No seas tan miedosa. A mí me gusta —confiesa— no me imagino en otro sitio —mira con nostalgia las paredes, como si hay algo en ellas que sólo es visible a sus ojos —y lo vamos a mejorar aún más— enreda sus dedos entre los míos— más estudiantes, más profesores... Beatriz está consiguiendo unos contratos bastante buenos. 

—¿A pesar de todo lo que pasó... digo con... las chicas muertas? 

Ella se aclara la garganta antes de responder. 

—Principalmente por eso. 

—No entiendo —le confieso mordiéndome el labio— digo, hubo un detective... una investigación... tu misma detenida... ¿Cómo conseguirán más alumnos? 

—Bueno hay personas que piensan que... —baja un poco más la voz— si puedes ocultar lo sucedido con Inés y Alejandra... puedes ocultar cualquier cosa. 

—¿Cómo que cualquier cosa? 

Se queda pensativa. 

—Si te soy honesta, no tengo todos los detalles, te dije que odio la parte administrativa... pero te sorprendería saber cuántas personas hay en el mundo que prefieren dejarle a un sitio como este la obligación de cuidar a sus hijos —levanta nuestras manos entrelazadas y me besa los nudillos— no quiero mentirte, y en cuanto tenga los detalles sabrás más. Pero le he advertido a Beatriz que tenga cuidado, tampoco quiero a nadie peligroso conviviendo contigo. 

—¿Confías en Rojas? 

—Sí —responde segura— es un poco burócrata, pero le importa este lugar tanto como a mí, y no haría ninguna estupidez que lo pusiera en peligro... por eso tu fiesta la estresó tanto —me reprocha— hiciste que todos desaparecieran en un parpadeo, pasaron un millón de cosas por mi cabeza. 

No puedo evitar reírme. 

—Te lo merecías. 

—¿Sabes que te mereces tú? —susurra cerca de mi oído provocando que se me estremezca todo el cuerpo— un látigo con el que pueda —pone sus manos sobre mi trasero y lo aprieta— darte una lección que no vas a olvidar. 

—Puedes hacerlo ahora —la reto. 

Nos detenemos a mitad del pasillo y se inclina para besarme. 

—Para eso tenemos que ir a mi casa —sonríe y pasa su lengua sobre mis labios. 

—¿Tu casa? —repito extrañada. 

—¿Piensas que vivo aquí? 

—Es lo más lógico. 

Tira de mi mano para que continúe caminando. 

—Tengo una casa, cómo cualquier persona normal. Hay cosas que es mejor tener en otro sitio, porque a muchos se les hace extremadamente fácil entrar a mi oficina y robar... 

—Va con eso... ya entiendo —admito resignada— pero tienes que llevarme un día. 

—Claro que te voy a llevar —asegura con maldad. 

—Dios, espero que tengas una buena razón para no estar ahora desnudas en tu cama —le reprocho en voz baja— ya dime a dónde vamos. 

—Saldremos. 

Se detiene junto a la puerta que conduce al campo, ¿está bromeando? Observo con pánico como mete la llave a la cerradura y al abrirla una corriente de aire helado me deja sin poder respirar. 

—¡Está diluviando! 

—No eres de azúcar —me dice mientras sale a enfrentarse a la tormenta y con la mano me indica que la siga. 

Cruzo los brazos sobre mi pecho. Hay una cama caliente o mejor aún, una tina de hidromasaje, donde la podemos pasar tan bien, y ella me trae aquí donde o muero de hipotermia o me alcanza un rayo. 

Ruedo los ojos y voy hacia ella. 

—¿Las duchas con agua helada no te parecen suficiente castigo? 

Sandra me jala y siento las pesadas gotas caer sobre mi piel, casi al momento mis dedos se entumecen y ella se acerca más a mí. 

—¿Es genial no? 

Hubiese dado igual salir desnuda, ya mi ropa es totalmente inútil en estos momentos. 

—No veo lo genial. 

Señala hacia la pista. 

—Te podría haber dejado allí toda la noche corriendo —recuerda mientras se coloca detrás de mí— me encantaba como se pegaba el uniforme tu cuerpo —susurra sobre mi oreja— no sabes las ganas que tuve ese día de hacer esto —desciende despacio hasta quedar de rodillas y hace que me gire— no me gusta quedarme con las ganas de algo. 

Cierro los ojos sintiendo como me levanta la blusa para besarme el abdomen, su boca comienza a descender y me permito contemplar el espléndido paisaje creado ante mí. Sandra de rodillas bajando mi ropa despacio ¿frio? ¿lluvia? Eso dejo de ser relevante de un momento a otro. 

Recorre con las palmas de las manos mis piernas, desde los tobillos hasta mi trasero, y tira de mí hacia su boca con impacienta. Su inesperada invasión me reduce a una montaña de gemidos. Siento su lengua pasear por todo mi ser, de esa forma experta que incluso me nubla la vista. Mis manos encuentran su cabello como punto de soporte y mis caderas trazan círculos hacia su boca sin que mi cerebro sea capaz de reaccionar a nada. 

Echo la cabeza atrás y se siente tan bien la combinación de agua helada sobre mi cuerpo en llamas. 

—Mierda —gimo mientras mi sexo palpita y se acelera hasta llegar a una vibración constante. 

—Desde ese día no puedo quitarme esto de la cabeza —masculla contra mi piel, cosa que sólo sirve para acercarme un poco más al éxtasis total. 

Introduce un dedo en mí. Con un grito desesperado le suelto la cabeza e intento alejarme, mis piernas tiemblan, no puedo seguir de pie con ella desatando el infierno en mi interior. 

—Necesito apoyarme en algo. 

—Tu puedes con esto Arias —me anima al tiempo que su dedo se mueve en círculos. 

Estoy a punto. Mis músculos se aferran a su dedo con avidez. 

Mete otro dedo y empuja la mano más adentro. Entre eso y la vibración de su lengua contra mi clítoris, no doy más. Con una nueva arremetida acaba conmigo. Siento que el corazón se me va a salir del pecho. 

Se incorpora y me da un beso en la frente. 

—¿No tenías frio? —pregunta divertida y yo ni siquiera puedo hablar. 

¿Qué mierda acaba de pasar? ¿Enserio la dejé hacer esto en un sitio donde cualquier que se asomara por la ventana podría vernos? 

Le devuelto la sonrisa y la beso con suavidad, sus labios ya están bastante dañados como para que mis ansias y mi desesperación los acaben de nuevo. 

Ella cierra los ojos y se acomoda en mi pecho mientras mis brazos la rodean. 

—No te vayas a enamorar de mi Arias — advierte. 

Y el agua pesa demasiado sobre mis hombros para atreverme a confesarle que su advertencia llega demasiado tarde.