39. Antihistoria

Siendo tan necia como lo es Sandra Vega, tengo que tomarla de los hombros y hacerla a un lado para que me permita pasar a su oficina. El lugar es un desastre, hay cristales rotos cerca de la puerta y papeles esparcidos por todo el piso. Honestamente si la oficina fuese mía el caos sería normal, pero ya conozco las exigencias de Sandra lo suficiente como para entender que esto está realmente fuera de lugar. 

39. Antihistoria

Siendo tan necia como lo es Sandra Vega, tengo que tomarla de los hombros y hacerla a un lado para que me permita pasar a su oficina. El lugar es un desastre, hay cristales rotos cerca de la puerta y papeles esparcidos por todo el piso. Honestamente si la oficina fuese mía el caos sería normal, pero ya conozco las exigencias de Sandra lo suficiente como para entender que esto está realmente fuera de lugar. 

—¿Qué...? ¿Qué ha pasado? —pregunto mirando a mi alrededor, sobre el escritorio sólo está una botella. 

Hacía relativamente poco que he estado en su clase y para nada vi que estuviese tan mal. 

—Vamos a la cama —pide caminando hacia la habitación— o tal vez no —añade al darse cuenta que en lugar de seguirla tomo asiento frente al escritorio— como prefieras —vuelve sobre sus pasos y se sienta frente a mí. 

—¿Qué pasó aquí? 

Cierra los ojos y echa su cabeza hacia atrás. Entonces puedo notar también algunas marcas en su cuello. 

—¿Sabes cuál es la diferencia entre el amor verdadero y una simple cama caliente dónde pasar el rato? 

Su pregunta me toma por sorpresa. 

—¿Es por lo que dijeron las chicas en el dormitorio? Ya sabes como son, ellas en realidad no saben... 

—Me acosté con Beatriz. 

Mi corazón ya está roto, vamos, retuerce el cuchillo. 

—Oh, bien... —no sé qué más podría decirle. 

—No te voy a mentir —admite mirándome a los ojos— ya has tenido suficiente de eso. 

Estira su mano para coger la botella, pero en estos momentos tengo mejores reflejos que ella y la hago a un lado, poniéndola fuera de su alcance. 

—Sé que tienes algo con ella. —intento que mi voz suene indiferente— Me refiero a tu estado. No creo que estés bebiendo por haber tenido sexo. Normalmente es al revés. 

—Necesito dejar de pensar un rato —estira la mano para pedir con un gesto que le devuelva la botella, pero la ignoro—¿Sabes que desde tu fiesta ya no puedo tener tanto alcohol en mi oficina? 

—Eso debieron prohibírtelo desde antes y aun así parece que tienes el suficiente. 

—Mi aspecto debe ser terrible. 

Sonríe y pasa una mano por su cabello para hacerlo hacia atrás. No le hace bien a mi salud emocional que sea tan guapa. 

—Espantoso. —confirmo mirando hacia otro lado para no caer en sus trampas— Me he dado cuenta que... todo el tiempo estás buscando dejar de pensar. 

—¿Es algo malo? 

—Tienes que enfrentar las cosas —miro la botella que tengo en la mano— y mejor hacerlo en tus cinco sentidos. Así tienes más oportunidad de ganar. 

—Tal vez no quiero ganar —dice cruzando los brazos sobre la mesa e inclinándose hacia mí— Cuidado cuando expulses tus demonios, no vayas a desechar lo mejor de ti. 

—¿Qué? —pregunto confundida. 

—Nietzsche... —supongo que mi cara es un signo de interrogación, por que decide preguntar— ¿Qué libros has leído? 

—Oye ese no era el tema. ¿Te estás burlando de mí? 

Sandra no puede evitar reírse. 

—Estás perdida —murmura. 

—¿En serio? —la cuestiono señalando la botella— ¿Yo soy la perdida? 

—Ya me encargaré de ti en clases —amenaza— lamentarás no saber quién es Nietzsche. 

—Me estás intentando cambiar la conversación —le reclamo sin poder evitar que me contagie su sonrisa. 

—La botella y te respondo. 

—No voy a negociar. 

—Debo tener algo a cambio. 

—El placer de mi compañía es suficiente. 

Ella levanta una ceja provocadoramente y, maldita sea, me ruborizo como una niña estúpida. 

—Llevo tiempo tomando malas decisiones —confiesa y sus ojos se deslizan por la oficina. 

—¿Qué pasa con Rojas? —pregunto entendiendo a qué se refiere— y esta vez dime la verdad. 

Se muerde el labio. 

—No va a ser tan fácil dejarla. 

Duele escucharla, pero de algún modo prefiero saberlo que ser alimentada con mentiras una vez más. 

—¿La amas? —no hay pregunta más difícil esta noche. 

—No —ni siquiera titubea— no, jamás la he amado. 

—No sentir nada por ella parece que te pone muy mal —comento con sarcasmo. 

—Siento algo por ella, pero no es amor. 

—¿Cómo estás tan segura que no es amor? 

—Vamos a la habitación —pide poniéndose seria y se levanta sin esperar una respuesta. 

Iré tras ella, lo sé... lo sabe. No puedo odiarla por eso, ni condenarme. Uno no elige de quién se enamora. Es un juego en el que alguien más reparte las cartas y al final sólo debes aprender a jugar con lo que te tocó, ser lo suficientemente astuto para avanzar o abandonar la partida si no sabes controlar tu miedo. 

Su habitación se encuentra débilmente iluminada. Sandra está mirando por la ventana y me doy cuenta que ya tiene otra botella en la mano, me acerco despacio y adopto la misma postura que ella. 

Afuera el cielo tiene carteles oscuros que anuncian la llegada de una tormenta en cuestión de minutos, el aire golpea furioso las ramas de los árboles y hace volar sobre los terrenos del internado cientos de hojas secas. Honestamente es un paisaje hermoso, ahora sé por qué Sandra mandó a construir estas ventanas gigantes, la oscuridad pinta para ella paisajes hermosos cada noche. 

—Te extraño, lo siento, te quiero, perdón, te necesito, fue mi culpa —dice en voz baja. 

Mis ojos la buscan, pero su mirada continua sobre el caótico paisaje de afuera. 

—¿Sabes qué es el amor? —pregunto uniendo con una línea imaginaria los lunares de su rostro. 

—Cuando le dices a alguien algo malo acerca de ti mismo y tienes miedo de que no te quieran; pero te sorprendes al descubrir que no sólo aún te aman, sino que te aman aún más. 

Volteo hacia el cristal que ya es golpeado por las primeras gotas de lluvia de la noche. Sandra me acaba de confesar que no podría dejar a Rojas y aquí sigo, junto a ella. ¿Eso es amor o ser estúpido? Depende mucho en qué posición te encuentres dentro de la historia, ¿si Paula hubiese tolerado que estoy con Sandra sería estúpida por ello? ¿Yo hubiese tolerado que Pula se enamorara de alguien más? Sé que inicialmente habría enloquecido, sé que esto no es lo más común, pero estoy entendiendo que juzgar a una persona por su capacidad de amar es de mentes muy estrechas.  

—Bebe conmigo —propone inesperadamente acercándose a mí. 

Me alejo despacio, pero ella no deja de caminar y termino chocando contra la pared. 

—¿Por qué haría eso? —intento controlar mi respiración para disimular al menos un poco lo mucho que me enloquece. 

—Para olvidar que nos queremos. 

—¿Te ha funcionado? 

Cuando la veo sonreír de esta forma no sé quién de las dos es más feliz. 

—¿Tienes otro plan? —pregunta ofreciéndome la botella que tiene en la mano. 

Doy un largo trago antes de responder. 

—No olvidarlo. 

Tal vez tengo que empezar a asumir que no está en nuestra naturaleza ese amor exclusivo y dejar de culparnos una a la otra en una espiral de dolor que no conduce a ninguna parte. 

—No quiero volver a lastimarte. 

¿Y porque lo dice tan cerca de mi boca? Lo único que me lastima ahora es no sentir su lengua sobre la mía. 

—Pues no vuelvas a mentirme —le pido sintiendo el roce de sus labios sobre los míos. 

El movimiento de sus manos me hace bajar la mirada y no puedo evitar mojarme los labios al ver como lentamente va desprendiendo los botones de su camisa. Revelando un escote que en cualquier momento podría provocarme un infarto. 

—Tal vez sigo teniendo sexo con Beatriz —me confiesa muy seria. 

Me muerdo los labios y hago un esfuerzo sobrehumano para volver a verla a los ojos. 

Debo aceptar quién soy. Mi corazón me pertenece a mí y soy libre de amar con él a quien me proponga. 

—Quiero llamar a Paula. 

Ella sonríe. 

—Estoy segura que ninguna historia con final feliz comienza de esta manera —susurra mientras mis brazos rodean su cintura. 

—No quiero un final —le digo con calma acercando mis labios a su oído— Dice Drexler que uno sólo conserva lo que no amarra. 

—¿Quién? —pregunta sin aliento disfrutando como mi lengua viaja a lo largo de su lóbulo. 

—Lamentarás no saber quién es Jorge Drexler —le digo imitando su amenaza de hace un momento. 

Me encanta como el calor hace enrojecer su piel, impulsada por el deseo mis dientes capturan el lóbulo que hace unos segundos apenas y me atrevía a acariciar con la lengua, por un momento me da la impresión de haber sido muy brusca pero ella se pega más a mi cuerpo y con sus labios sobre los míos susurra. 

—Hazme lamentarlo ahora.